Irán advierte que solo ha usado una parte de su arsenal tras el ataque masivo sobre Teherán
La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una fase de intensificación que empieza a afectar a buena parte de Oriente Medio. En su séptima jornada, la ofensiva militar ha dejado claro que el conflicto no se limita ya a un intercambio puntual de ataques, sino que corre el riesgo de convertirse en una confrontación prolongada con múltiples escenarios.
El Ejército israelí lanzó una nueva oleada de ataques a gran escala sobre Teherán, la capital iraní. Medios locales informaron de fuertes explosiones en distintos puntos de la ciudad, en lo que testigos describen como uno de los bombardeos más severos desde el inicio de la escalada. Entre los lugares alcanzados figura la Universidad de Teherán, un símbolo político dentro del país y escenario de protestas contra el régimen en los últimos meses.
Mientras tanto, Israel también afirmó haber interceptado drones y proyectiles lanzados desde territorio iraní. Aunque no se han confirmado víctimas en ese episodio concreto, el intercambio de ataques demuestra que el conflicto se ha convertido en un enfrentamiento militar directo, algo que durante años se había mantenido en el terreno de las operaciones indirectas.
La expansión geográfica del conflicto añade más tensión. Arabia Saudí, Catar y Kuwait interceptaron misiles que atravesaban su espacio aéreo. Qatar también aseguró haber frustrado un ataque con drones contra la base de Al Udeid, una de las instalaciones militares estadounidenses más importantes de la región. El tablero se está ampliando y cada nueva pieza que entra en juego aumenta el riesgo de una guerra regional.
Irán advierte de un conflicto largo mientras aumenta el número de víctimas
Las autoridades iraníes han respondido con un mensaje claro. La Guardia Revolucionaria sostiene que el país solo ha utilizado una parte limitada de su capacidad militar y que está preparado para un enfrentamiento prolongado. Según su portavoz, Teherán podría desplegar en fases posteriores una nueva generación de armamento estratégico.
Ese aviso no es solo retórica. En la lógica de los conflictos modernos, anunciar capacidad militar también forma parte de la estrategia. Se busca disuadir al adversario, ganar margen político interno y enviar señales a aliados potenciales.
En paralelo, el ministro de Exteriores iraní ha señalado que China y Rusia respaldan políticamente a la República Islámica, una afirmación que, aunque poco detallada, introduce un elemento geopolítico de gran calado. Si el conflicto se prolonga, el riesgo de que se convierta en un pulso indirecto entre grandes potencias no puede descartarse.
Las cifras de víctimas ya reflejan la gravedad de la situación. Más de 1.200 personas han muerto en Irán desde el inicio de los ataques, mientras que los bombardeos israelíes en Líbano han dejado más de un centenar de fallecidos y cientos de heridos. En Israel, los ataques iraníes han provocado al menos diez muertos y más de un centenar de heridos. También se registran víctimas en Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Baréin.
Un conflicto que revela el fracaso de la diplomacia
Más allá de la dinámica militar, lo que se está viendo es el resultado de años de deterioro diplomático. La confrontación actual no surgió de la nada. Es la consecuencia de un largo ciclo de sanciones, tensiones regionales, guerras indirectas y desconfianza mutua.
Cuando las vías políticas se debilitan, la guerra acaba ocupando su lugar como una especie de lenguaje brutal entre Estados. Es como si el tablero diplomático hubiera sido retirado y sustituido por un campo de batalla. El problema es que, una vez iniciada, una guerra rara vez sigue el guion previsto.
El propio debate en Estados Unidos refleja esa tensión. El Congreso rechazó una resolución que pretendía limitar la intervención militar ordenada por el presidente Donald Trump sin autorización previa. Esa decisión abre interrogantes sobre el control político de una guerra que podría alargarse durante años.
La historia reciente ofrece demasiados ejemplos de conflictos que comenzaron como operaciones rápidas y terminaron convirtiéndose en guerras interminables. Afganistán o Irak son recordatorios de que la superioridad militar no garantiza estabilidad ni soluciones duraderas.
Por eso el verdadero desafío ahora no es solo militar, sino político. Frenar la espiral de ataques requiere reconstruir algún tipo de marco diplomático internacional. Sin esa salida, Oriente Medio corre el riesgo de quedar atrapado en un conflicto que se extiende lentamente, como una grieta que se abre en el suelo y amenaza con tragarse todo lo que encuentra a su paso. @mundiario