Hungría acoge la cumbre Trump-Putin que podría dejar a la UE al margen del futuro de Ucrania
La anunciada cumbre entre Donald Trump y Vladímir Putin en Budapest ha encendido todas las alarmas en Bruselas. La posibilidad de que el presidente estadounidense y el líder ruso discutan un acuerdo de paz sobre Ucrania en territorio de la Unión Europea, pero sin participación europea, representa un golpe simbólico y político para el bloque comunitario.
Hungría, bajo el mando del primer ministro ultranacionalista Viktor Orbán —considerado el aliado más cercano del Kremlin dentro de la UE—, se ha erigido en anfitrión de un encuentro que podría redefinir la diplomacia internacional y marginar el papel europeo en el conflicto más grave del continente desde la II Guerra Mundial.
El gesto tiene una fuerte carga política. Trump y Putin se reunirán en suelo europeo, pero la UE ni siquiera está invitada. En Bruselas, varios diplomáticos califican la cita como una nube negra que se extiende por todos los esfuerzos de Bruselas por hacer rendir cuentas al Kremlin por su invasión: no solo porque Hungría sea miembro de la OTAN y de la Unión, sino porque la reunión se celebra mientras Europa mantiene un régimen de sanciones que prohíbe a aviones rusos sobrevolar su espacio aéreo. Para que el líder ruso llegue a Budapest, algunos países tendrían que autorizar excepciones a la orden de arresto internacional dictada por el Tribunal Penal Internacional (TPI), exponiendo así las grietas del bloque frente a Moscú.
Orbán, que ya generó malestar el pasado año con su “misión de paz” a Moscú sin aval europeo, busca consolidarse como mediador entre Washington y el Kremlin. La elección de la capital magiar como sede no es casual: fue allí donde en 1994 se firmó el Memorándum de Budapest, en el que Ucrania renunció a su arsenal nuclear a cambio de garantías de integridad territorial por parte de Rusia, EE UU y Reino Unido. Putin rompió aquel compromiso en 2014 al anexionarse Crimea. Hoy, que el propio mandatario ruso regrese a Budapest para discutir una “paz” a su medida constituye, para muchos analistas, una ironía histórica y un desafío directo a la credibilidad occidental.
Para la UE, la cita no solo representa un desaire, sino una amenaza a su cohesión interna. El encuentro refuerza a Orbán en su pulso con Bruselas, le concede visibilidad internacional antes de sus elecciones nacionales y alimenta la narrativa de un bloque dividido respecto a la política hacia Moscú.
Kiev teme que Europa no esté tampoco en la mesa
Mientras tanto, la política exterior de Trump continúa guiándose por el pragmatismo de su “ley del péndulo”. Tras su reunión en Washington con el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, el mandatario estadounidense decidió posponer nuevas sanciones a Moscú y el envío de misiles Tomahawk hasta después de su cita con Putin. La estrategia aparentemente busca mantener abiertos los canales con ambas partes, aunque en Kiev se percibe como una señal de abandono. Desde que EE UU redujo su aportación militar, la ayuda a Ucrania ha caído un 43 % respecto al primer semestre de 2025, según el Instituto de Kiel.
Zelenski, que insiste en que solo la presión militar puede forzar a Putin a negociar, teme que el encuentro de Budapest legitime al Kremlin y debilite la unidad occidental. El líder ucranio se reunió en el Despacho Oval este viernes en busca de armamento avanzado, pero se marchó sin garantías. Trump, por su parte, reiteró que no desea “una escalada” y que “Putin quiere la paz cuanto antes”, una afirmación que contrasta con la realidad sobre el terreno, donde Moscú mantiene la iniciativa militar.
Para Bruselas, el riesgo es doble: quedar marginada del proceso de negociación y, al mismo tiempo, ser la principal responsable de la reconstrucción ucrania si el acuerdo se impone bajo los términos de Washington y Moscú.
La posible cumbre en Hungría no solo desafía el liderazgo europeo en la crisis ucraniana, sino que también refleja la reconfiguración del orden mundial. Si Putin logra aparecer nuevamente como socio negociador y Trump se consolida como el árbitro de la paz sin contar con Europa, el equilibrio geopolítico que surgió tras la invasión de Ucrania podría cambiar radicalmente. En ese nuevo tablero la UE corre el riesgo de ser, más que un actor decisivo para su propia arquitectura de seguridad, un espectador obligado a financiar la factura de una paz impuesta desde fuera. @mundiario





