Guerra entre Pakistán y Afganistán: talibanes, TTP y el riesgo de una escalada nuclear
La guerra abierta declarada por Pakistán contra Afganistán supone el último capítulo de una disputa fronteriza que se remonta a 1893 y que combina colonialismo, insurgencia islamista y rivalidades estratégicas. Hoy, una potencia nuclear como Islamabad bombardea posiciones en territorio controlado por los talibanes en Kabul, alegando legítima defensa frente al terrorismo. El Talibán denuncia agresión y responde con ataques. Pero, ¿cómo se llegó hasta aquí?
El origen estructural del enfrentamiento está en la llamada Línea Durand, trazada en 1893 por el diplomático británico Mortimer Durand para delimitar Afganistán de la entonces India británica. Son 2.577 kilómetros de montañas y territorios tribales que partieron en dos a comunidades pastunes históricamente unidas.
Cuando Pakistán nació en 1947, heredó esa frontera como límite internacional legítimo. Kabul, en cambio, nunca la reconoció formalmente. Para buena parte del nacionalismo afgano, la línea fue una imposición colonial que fracturó artificialmente su tejido étnico.
Esa discrepancia jurídica y simbólica convirtió la frontera en un espacio permanentemente inestable con cierres intermitentes, escaramuzas, intercambios de artillería y acusaciones cruzadas durante décadas.
De aliados tácticos a vecinos hostiles
Durante los años 90, Pakistán fue uno de los principales apoyos del movimiento talibán, facilitando entrenamiento y respaldo logístico a cambio de influencia estratégica en Kabul y frente a la India.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EE UU y la caída del régimen talibán por la intervención internacional de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Islamabad mantuvo una política ambivalente de cooperación formal con Occidente y, al mismo tiempo, tolerancia hacia redes insurgentes que operaban desde su territorio.
Cuando los talibanes regresaron al poder en 2021, muchos en Pakistán esperaban una frontera más controlable. Ocurrió lo contrario: la violencia islamista aumentó dentro de Pakistán, especialmente en Khyber Pakhtunkhwa y Baluchistán.
El TTP y la acusación de refugio en suelo afgano
El detonante directo del conflicto actual es el grupo Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), fundado en 2007. Esta organización insurgente combate al Estado paquistaní y ha perpetrado algunos de los atentados más sangrientos del país. Islamabad sostiene que el TTP opera desde refugios en Afganistán con la complicidad —o al menos la pasividad— del régimen talibán. Kabul lo niega.
La reciente ola de atentados en Pakistán, incluidos ataques suicidas contra mezquitas y convoyes de seguridad, llevó al Gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif a anunciar que posee “pruebas concluyentes” de planificación desde territorio afgano. De ahí los bombardeos selectivos y la declaración de “guerra abierta”.
Para Pakistán, se trata de legítima defensa frente al terrorismo transfronterizo. Aun así, la guerra enfrenta realidades militares profundamente desiguales. Islamabad es una potencia nuclear con alrededor de 170 ojivas, un ejército regular de unos 650.000 efectivos activos y más de 500.000 reservistas, además de fuerzas paramilitares numerosas. Posee aviación de combate moderna, misiles balísticos y capacidad de proyección aérea sostenida.
En cambio, Afganistán, gobernado por un régimen islamista no reconocido internacionalmente, dispone de entre 150.000 y 200.000 combatientes. Su aparato militar es una transformación de la insurgencia que combatió durante dos décadas. Carece de defensa antiaérea sofisticada y de fuerza aérea operativa comparable.
Sin embargo, la asimetría tecnológica no amedrenta a los talibanes. La fortaleza afgana reside en el terreno montañoso, la experiencia en guerra irregular y la capacidad de dispersión en células móviles. Cualquier incursión terrestre prolongada sería costosa política y militarmente para Islamabad.
Una potencia nuclear frente a insurgencia estatalizada
Pese a su superioridad, Pakistán enfrenta límites estructurales:
- Vínculos tribales transfronterizos. Las comunidades pastunes viven a ambos lados de la frontera. Una guerra prolongada implicaría un alto coste humano entre poblaciones conectadas por lazos familiares.
- Inestabilidad interna. Crisis económica, polarización política y presión social reducen el margen para una guerra extensa.
- Riesgo insurgente múltiple. Además del TTP, Islamabad enfrenta tensiones en Baluchistán y desafíos de seguridad internos.
Afganistán, por su parte, necesita cohesión interna y evitar fracturas entre facciones talibanas. Combatir abiertamente a grupos ideológicamente cercanos puede generar tensiones dentro del propio régimen.
El tablero regional: China, EE UU, Irán y Rusia
El conflicto no ocurre en el vacío.
- China mantiene estrecha alianza con Pakistán a través del Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) y ve la estabilidad fronteriza como prioridad estratégica.
- Estados Unidos, aunque retirado de Afganistán, observa con atención cualquier reaparición de santuarios yihadistas.
- Irán y Rusia vigilan la posible expansión del extremismo hacia sus áreas de influencia.
Una escalada descontrolada podría alterar el equilibrio regional en Asia del Sur. @mundiario





