Afganistán y la OTAN: el coste humano que desmonta los relatos políticos
Durante dos décadas, la guerra de Afganistán fue presentada como una operación liderada por Estados Unidos con el apoyo puntual de sus aliados. Sin embargo, cuando se observan los datos con calma, esa narrativa se resquebraja. De los 3.609 soldados muertos en combate entre 2001 y 2021, casi uno de cada tres no era estadounidense. No es un matiz menor. Es una cifra que cuestiona discursos recientes que minusvaloran el papel de los países aliados y reabre un debate incómodo sobre responsabilidades, sacrificios y fracasos compartidos.
Las declaraciones de Donald Trump, primero despectivas y luego rectificadas, no son solo un desliz verbal. Funcionan como síntoma de una tendencia más profunda a reescribir la historia para descargar culpas. Pero las guerras no se corrigen con tuits, ni los muertos se ordenan según convenga al relato político del momento.
Una coalición que pagó con vidas
Tras los atentados del 11 de septiembre, la intervención en Afganistán se justificó como una respuesta directa contra Al Qaeda y el régimen talibán que la amparaba. Bajo mandato de la ONU, la OTAN desplegó la misión ISAF con la participación de 42 países. Treinta y uno de ellos sufrieron bajas en combate. Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania o España enterraron a sus soldados lejos de casa, en una guerra que pronto dejó de ser una persecución terrorista para convertirse en una operación militar prolongada sin un horizonte claro.
La idea de que algunos aliados “se quedaron en la retaguardia” no resiste el contraste con la realidad. Las tropas británicas, canadienses o españolas operaron en zonas de alto riesgo, compartieron estrategia y también errores. El frente no era una línea clara, sino un territorio hostil y fragmentado donde la insurgencia conocía mejor el terreno que cualquier ejército extranjero.
El error de confundir fuerza con control
La mayoría de las muertes se concentraron entre 2001 y 2014, los años de mayor intensidad militar. Fue entonces cuando la misión mostró su principal debilidad. Se pretendió estabilizar un país sin comprender del todo sus equilibrios internos, sin un apoyo sólido del gobierno local más allá de Kabul y con objetivos que crecían a medida que se demostraban inalcanzables.
Más tropas, más recursos y más dinero no se tradujeron en más control. Afganistán fue como intentar sujetar arena con las manos. Cada avance aparente se diluía en cuanto la presión aflojaba. La OTAN nunca logró penetrar de forma efectiva en las zonas más remotas, y eso no fue culpa de un solo país, sino de una estrategia diseñada desde fuera, con prioridades externas y tiempos políticos ajenos a la realidad sobre el terreno.
El legado incómodo de una retirada
La retirada final en 2021 certificó lo que muchos analistas ya señalaban. No se perdió solo una guerra, se perdió credibilidad. El regreso de los talibanes al poder evidenció que el proyecto de construir un Estado funcional desde fuera había fracasado. También dejó una herida en la relación transatlántica. Cuando un líder cuestiona el compromiso de sus aliados, siembra desconfianza y debilita la cooperación futura.
Revisar Afganistán no es un ejercicio de nostalgia militar, sino una obligación política. Entender por qué se falló, quién pagó el precio y qué lecciones deben aplicarse es clave para no repetir errores. Las alianzas no se sostienen con discursos grandilocuentes, sino con memoria, respeto y una mirada honesta sobre el pasado. Sin eso, cualquier promesa de seguridad colectiva queda vacía, como un casco abandonado en el desierto. @mundiario




