Europa marca límites: rechazo al intento de Trump de apropiarse de los activos rusos congelados
La disputa en torno a los activos rusos congelados se ha convertido en el nuevo frente diplomático entre Estados Unidos y Europa. Este pulso no es meramente técnico: define quién controla los mecanismos económicos de la posguerra en Ucrania y, sobre todo, quién ostenta la legitimidad para decidir sobre recursos confiscados como consecuencia de una agresión militar.
El presidente estadounidense Donald Trump ha puesto sobre la mesa un planteamiento unilateral: apropiarse de hasta 86.000 millones de euros —parte de los activos bloqueados en la cámara internacional de compensación Euroclear— para destinarlos a “iniciativas lideradas por Estados Unidos” en la reconstrucción ucraniana. La reacción europea, liderada por el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Keir Starmer, ha sido contundente al afirmar solo Europa decidirá el destino de ese dinero.
La UE gestiona alrededor de 185.000 millones de euros en activos rusos inmovilizados desde 2022. No son bienes estatales europeos, sino reservas del Banco Central de Rusia retenidas bajo sanción. Este matiz, jurídico y político, es clave. Macron lo verbalizó con claridad: “Los europeos son los únicos que tienen que decidir lo que se hará con los activos rusos”. La posición formal de París protege dos principios: la soberanía regulatoria europea y la autonomía estratégica frente a una intervención estadounidense que no consulta ni respeta los mecanismos multilateralmente acordados.
Starmer, desde Londres, dio un paso adicional: Reino Unido está “listo para actuar” con la UE, pero sobre una base común, y la reconstrucción ucraniana debe financiarse con esos activos inmovilizados. Para las capitales europeas, permitir que Washington utilice unilateralmente los fondos sería abrir una grieta diplomática de difícil cierre: Estados Unidos pasaría a apropiarse de recursos cuya congelación se justifica por la agresión rusa, no por objetivos comerciales o estratégicos estadounidenses.
Trump y el diseño económico de la posguerra: reconstrucción o apropiación
El borrador original estadounidense incluía una lógica muy distinta. Los primeros 86.000 millones de activos europeos congelados financiarían proyectos gestionados por Estados Unidos en Ucrania, con beneficios compartidos al 50% entre Kiev y Washington. Europa aportaría una cifra equivalente desde sus presupuestos, no desde los activos rusos. Y un fondo conjunto EE UU–Rusia de más de 200.000 millones se destinaría a proyectos para “evitar el retorno del conflicto”.
Desde Bruselas se percibe en ese esquema un desplazamiento del centro de decisión: Estados Unidos quiere que la UE asuma el riesgo político y financiero, mientras Washington controla el destino y la rentabilidad. Además, el hecho de que la propuesta se introduzca como parte de un plan de paz ampliado empuja a los europeos a un terreno incómodo: convertir los activos congelados en moneda de cambio diplomática.
Para Ucrania, la idea resulta inaceptable. Como recordó Iryna Mudra, alta funcionaria de la oficina de Volodímir Zelenski, al medio The Kyiv Independent, los activos no son una herramienta de negociación: “Estos fondos están vinculados directamente a la agresión ilegal de Rusia y, bajo el derecho internacional, pertenecen a Ucrania”. Kiev teme que cualquier uso que no esté vinculado directamente a reparaciones de guerra legitime, de facto, la posibilidad de que Rusia evite el pago de daños.
Bélgica, el eslabón imprescindible y vulnerable
El centro operativo de este conflicto económico es Bélgica. Euroclear, con sede en Bruselas, custodia la mayor parte de los activos, lo que otorga a su gobierno capacidad de veto. El primer ministro Bart de Wever, líder independentista flamenco, mantiene su oposición a liberar los fondos para préstamos a Kiev. Sus argumentos combinan cautela jurídica e inquietud estratégica: teme litigios rusos y presuntas represalias, agravadas por la aparición de drones no identificados sobre territorio belga.
La Comisión Europea ha iniciado conversaciones intensas para ofrecer garantías a Bruselas. El comisario de Economía, Valdis Dombrovskis, insiste en que convertir los activos en aval para un crédito de reconstrucción es la opción “fiscalmente menos costosa”. Su razonamiento apunta a la sostenibilidad de la deuda ucraniana: seguir prestando dinero sin mecanismos de compensación real conduce a un modelo inviable de asistencia.
La propuesta europea más consolidada, respaldada por Alemania, Francia y el Reino Unido, es mantener a los activos rusos congelados hasta que Moscú pague los daños causados a Ucrania. No habrá fondos compartidos ni ingresos privados derivados de la gestión de capital ruso inmovilizado. El enfoque europeo busca preservar el carácter sancionador y reparador de la confiscación: no se trata de financiar proyectos estadounidenses ni de establecer incentivos bilaterales con Rusia, sino de compensar a la nación agredida.
Brussels planned to use the Russian frozen assets to reconstruct Ukraine.
— euronews (@euronews) November 24, 2025
But the US plan flips the script with a controversial proposal
The result?
🇷🇺 Moscow gets a win.
🇺🇸 Washington flips a profit.
🇪🇺 Europe loses its main leverage.
#EuropeToday pic.twitter.com/4SVqDaURPe
Este principio, que había avanzado lentamente debido a la complejidad jurídica, se ha acelerado tras el movimiento estadounidense. El bloque europeo ve el riesgo de que Washington utilice el vacío de coordinación para transformar el conflicto en una oportunidad económica. La perspectiva es incómoda incluso para países cautelosos: una cosa es financiar a Ucrania, otra ceder la titularidad política y estratégica de los activos rusos a un tercero que no asumió la carga principal de sanciones.
El Consejo Europeo de diciembre se perfila como decisivo. La urgencia no se debe únicamente a la guerra, sino a la amenaza de apropiación estadounidense. Los gobiernos del bloque están divididos: algunos consideran que la presión de Trump acelera la necesidad de actuar antes de que los activos se transformen en moneda diplomática de Washington; otros advierten que ceder al impulso de urgencia alimentaría la narrativa estadounidense y abriría un precedente peligroso.
Este debate revela un cambio estructural. Durante años, Europa dependió de la arquitectura atlántica de seguridad liderada por Estados Unidos. Ahora, en un conflicto que sucede en su periferia directa, debe decidir si conserva autonomía estratégica —aunque lenta e imperfecta— o cede a la centralización estadounidense.
La discusión sobre activos congelados no trata sólo de contabilidad. Define qué actor fijará las condiciones del orden de posguerra: Europa, que vive bajo la amenaza; Ucrania, que sufre el daño; o Estados Unidos, que ve en la reconstrucción una oportunidad geopolítica y financiera. @mundiario


