España, fuera de plano: el coste geopolítico de rechazar el 5% del gasto en defensa
La imagen que dejó Pedro Sánchez en la reciente cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en La Haya no fue solo una cuestión de protocolo o encuadre fotográfico. Escorado a la izquierda en la foto de familia, visiblemente apartado del centro de poder, el presidente del Gobierno español materializó, sin pretenderlo, la soledad diplomática de España en un momento clave para la seguridad internacional. Una exclusión aún más significativa quedó retratada cuando, en la reunión del grupo E5 —el núcleo duro de la defensa europea—, su silla ni siquiera estaba presente.
España, cuarta economía de la Unión Europea, ha quedado fuera de un club estratégico formado por Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y Polonia, las cinco naciones que lideran la inversión militar en Europa y que aspiran a marcar la hoja de ruta de la seguridad continental tras el posible repliegue estadounidense. Esta exclusión no es anecdótica: evidencia un cambio de era en la política internacional en el que España, bajo el liderazgo de Sánchez, ha optado por priorizar su modelo social frente a las nuevas demandas de rearme y disuasión.
La negativa del presidente español a comprometerse con el nuevo objetivo de la OTAN —elevar el gasto militar al 5 % del PIB para 2035— ha tensado las costuras de la Alianza. Frente a países como Polonia, que ya proyecta destinar un 4,7 % en 2025, o Italia, con un contexto económico mucho más frágil, España ha insistido en mantenerse en el 2,1 %, lo que ha generado críticas abiertas y un deterioro reputacional tangible. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha elevado la presión con amenazas de represalias económicas. “Les voy a hacer pagar el doble”, declaró, en un ataque directo que trasciende lo simbólico.
Este aislamiento tiene costes políticos, estratégicos y económicos. Como advirtió el medio Politico, en el que retrata a España como el “nuevo villano de la OTAN” y “paria” de la Alianza. La desconfianza hacia Madrid se ha instalado incluso entre sus socios más cercanos. Desde Bruselas hasta Estocolmo, el mensaje es unánime: no hay excepciones posibles. Las decisiones en la Alianza se toman por consenso, y si España no cumple con sus compromisos presupuestarios y operativos, pierde voz y voto en las decisiones clave sobre el futuro de la seguridad europea.
Polonia emerge como potencia militar
Moncloa ha tratado de vender una suerte de reedición de la “excepción ibérica” del mercado energético —un supuesto acuerdo tácito con Mark Rutte—, pero tanto las declaraciones del secretario general de la OTAN como las reacciones del resto de líderes evidencian que esa narrativa no ha sido compartida por el resto. El aislamiento de Sánchez, incluso en los momentos más distendidos de la cumbre, fue elocuente. Sin encuentros bilaterales, sin conversaciones informales, el presidente español quedó apartado del engranaje de poder que se articula alrededor de los grandes actores del continente.
En clave interna, esta estrategia tiene una lógica clara: el rechazo a detraer recursos del gasto social en un momento de debilidad parlamentaria. Ceder ante la presión internacional podría haber supuesto una ruptura definitiva con sus socios de coalición, abiertamente contrarios al aumento del presupuesto militar. Pero la factura internacional no es menor. España arrastra desde hace más de una década el incumplimiento del umbral mínimo del 2 %, y aunque el Gobierno ha prometido alcanzar esa cifra este mismo año, los expertos dudan de su viabilidad real y de que el gasto sea computable según los estándares de la Alianza.
Más allá de los datos, la percepción es que España ha optado por la irrelevancia en el tablero estratégico. Mientras Polonia consolida su papel como potencia militar emergente en Europa, Madrid queda fuera de las discusiones clave sobre el rearme, la coordinación industrial o la estrategia de defensa continental. En un contexto en el que la seguridad y la autonomía estratégica se han convertido en ejes prioritarios para la UE, el inmovilismo de Sánchez se interpreta como una renuncia voluntaria a influir.
Puede que la apuesta del presidente sea entendible en términos de supervivencia interna, pero a nivel internacional, la conclusión es clara: España ha dejado de ser un actor central en la OTAN. @mundiario





