Trump impone su ley en la OTAN: Europa acata, España resiste

El acuerdo alcanzado por los 32 miembros de la Alianza Atlántica para elevar su gasto en defensa hasta el 5% del PIB en la próxima década representa un giro histórico, sí, pero no necesariamente en la dirección adecuada.
Donald Trump, al frente de la OTAN. / Mundiario
Donald Trump, al frente de la OTAN. / Mundiario

La reciente cumbre de la OTAN celebrada en La Haya no ha sido un encuentro para fortalecer la unidad transatlántica frente a la amenaza rusa, ni mucho menos un ejercicio de reflexión estratégica sobre el futuro de la seguridad europea. Ha sido, más bien, el escenario de una imposición unilateral por parte del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que ha logrado transformar una reunión entre aliados en una demostración de fuerza comercial y política. En La Haya, la Casa Blanca no buscaba consenso, sino obediencia. Y la obtuvo.

El acuerdo alcanzado por los 32 miembros de la Alianza Atlántica para elevar su gasto en defensa hasta el 5% del PIB en la próxima década representa un giro histórico, sí, pero no necesariamente en la dirección adecuada. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, se deshizo en elogios sobre el carácter “fuerte, justo y letal” de la OTAN, como si de una corporación militar se tratase y no de una coalición política basada en principios democráticos y valores compartidos. Lo cierto es que esta cifra simbólica, carente de realismo presupuestario para muchos países, obedece más a las exigencias del inquilino de la Casa Blanca que a una evaluación racional de las capacidades de defensa europeas.

Europa, que afronta en primera línea la amenaza rusa, ha visto cómo su principal preocupación quedaba relegada a un segundo plano en una cumbre donde no se habló con claridad de Ucrania, ni de las garantías de protección frente a Moscú, ni del ambiguo papel de Trump respecto a Putin. La cita se saldó con un comunicado escueto, sin compromiso tangible alguno sobre Ucrania, sin mención significativa a la cláusula de defensa mutua –el artículo 5 del Tratado– y sin una sola línea clara sobre el papel que jugará Estados Unidos en caso de una escalada rusa.

La razón de este silencio es tan preocupante como evidente: Trump sigue sin aclarar si considera a Rusia un enemigo o simplemente un competidor, y su conocida admiración por Vladímir Putin convierte cualquier mención a Ucrania en un asunto incómodo. El presidente estadounidense ha optado por jugar a la equidistancia entre agresor y agredido, entre Moscú y Kiev, erosionando el principio de solidaridad que sustenta la propia existencia de la OTAN. Este es, en realidad, el mayor vacío de la cumbre: se ha sellado un acuerdo multimillonario sin saber a ciencia cierta si el principal garante de la seguridad europea está dispuesto a cumplir con sus compromisos.

Sánchez plantó cara al fetichismo del 5%

España, sin embargo, no se dejó arrastrar por esta corriente de sumisión presupuestaria. Pedro Sánchez plantó cara al fetichismo del 5% y defendió una posición que, lejos de ser un acto de rebeldía, constituye un ejercicio de responsabilidad. No se trata de una negativa caprichosa, sino de una defensa del interés nacional basada en números: alcanzar ese umbral implicaría para España un gasto adicional de 300.000 millones de euros hasta 2035. Esto supondría un riesgo cierto de recortes drásticos en sanidad, educación y servicios sociales, o bien una subida de impuestos de gran calado, justo cuando el país necesita consolidar su recuperación fiscal.

La respuesta de Trump fue inmediata y furibunda: acusó a España de “no querer pagar” y amenazó con represalias comerciales. Una reacción que revela hasta qué punto su visión de la política internacional se rige por una lógica transaccional y mercantilista: para el presidente estadounidense, la seguridad no es un bien común, sino un producto que se factura, y cada país debe abonar su cuota. La amenaza de aranceles contra España –formulada con un tono más propio de un adversario que de un socio– confirma que para Trump no existen aliados, solo clientes. La OTAN, bajo su mirada, deja de ser una alianza y se convierte en un mercado militar.

El papel de Mark Rutte en esta dinámica no ha sido menor. El secretario general de la OTAN, en lugar de ejercer como garante del equilibrio entre los intereses atlánticos y europeos, se plegó sin disimulo a los dictados de Washington. La propia estructura de la cumbre, de apenas dos horas y media, parece diseñada para evitar debates incómodos: solo había que sellar el compromiso de gasto, sin tiempo ni espacio para discutir su viabilidad, ni para examinar las implicaciones geoestratégicas del giro que se propone. El mensaje implícito era claro: Trump quería una cifra y la quería ya. Y la consiguió.

Subordinación voluntaria de Europa

Esta subordinación voluntaria de Europa no solo es preocupante por su coste económico, sino por lo que dice del momento político que atraviesa el continente. Ante la ofensiva rusa, la proliferación de conflictos y la inestabilidad global, la respuesta europea debería pasar por fortalecer su autonomía estratégica, invertir en capacidades comunes y desarrollar una política de defensa propia, menos dependiente de los vaivenes electorales estadounidenses. En lugar de eso, se ha optado por contentar a un presidente cuya lealtad a la OTAN es dudosa y cuyas amenazas de retirada siguen pendiendo como una espada sobre la cabeza de los aliados.

La propuesta española, basada en un enfoque flexible y vinculado a capacidades más que a cifras fijas, apunta hacia una defensa sostenible y socialmente aceptable. No basta con gastar más; hay que gastar mejor. De lo contrario, la carrera armamentística interna en la OTAN podría debilitar las democracias desde dentro, al obligar a los gobiernos a desatender sus políticas sociales para contentar a Washington. Es una receta para la inestabilidad.

El aislamiento de Pedro Sánchez en esta cumbre no debería interpretarse como una derrota, sino como una advertencia. Mientras otros países asumían compromisos que probablemente no cumplirán –de ahí la promesa de Rutte de revisar el pacto en 2029–, España ha dicho la verdad: que gastar el 5% del PIB en defensa sin romper el equilibrio fiscal y social es, hoy por hoy, una quimera. Y que la defensa europea no puede basarse únicamente en obedecer a Trump, sino en proteger a las personas, no solo las fronteras.

Lo que ocurrió en La Haya no fue una victoria de la OTAN, sino una cesión a los intereses de Estados Unidos. Trump ha impuesto su ley; Europa ha cedido terreno. Pero no todo está dicho. Si quiere seguir siendo un actor relevante en el mundo, Europa tendrá que construir su propia seguridad, sin dejarla al albur del presidente estadounidense. Porque, como se ha vuelto a demostrar, el mayor riesgo para la estabilidad del continente no está solo en Moscú. A veces, también llega desde Washington. @mundiario

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