Ecuador entre dos caminos: el país vota por el miedo al pasado y la incertidumbre del presente
Ecuador se enfrenta a una de las decisiones más trascendentales de su historia democrática reciente. En una segunda vuelta presidencial marcada por la violencia, la polarización y el desencanto ciudadano, casi 14 millones de ecuatorianos deberán optar entre dos modelos antagónicos: el continuismo de Daniel Noboa, actual presidente a los apenas 37 años, y la alternativa de Luisa González, candidata de la Revolución Ciudadana, apadrinada por el expresidente izquierdista Rafael Correa.
La elección va mucho más allá de los nombres. Representa un duelo simbólico y político entre dos visiones aparentemente irreconciliables sobre cómo enfrentar el desafío más urgente del país: la inseguridad desbordada. Ecuador, antaño ejemplo de estabilidad en una región convulsa, es hoy el país más violento de América Latina, con 38 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2024. Esta cifra es el telón de fondo que condiciona el voto, oscurece las plazas y ha llevado a blindar el Palacio de Carondelet, sede de la Presidencia ecuatoriana.
Noboa llegó al poder en 2023 como el presidente más joven de Latinoamérica, montado sobre un discurso de renovación y mano dura. Su Gobierno, sin embargo, ha tenido poco margen para el reformismo. Su medida estrella fue declarar un “conflicto armado interno” y militarizar el país, convirtiendo la seguridad en un asunto casi exclusivo de fuerzas armadas y policías.
La reacción inicial fue positiva: su popularidad se disparó, pero en apenas un año y medio la violencia se ha recrudecido. A las matanzas carcelarias se sumaron atentados mediáticos, como la toma armada de un canal de televisión. En vísperas electorales, Noboa ha vuelto a decretar el estado de excepción en 12 provincias, además de la capital Quito, y ha impuesto toque de queda.
Su apuesta se ha centrado en alimentar el miedo al regreso del correísmo, recurriendo al fantasma de Venezuela y Cuba como advertencia. Sin embargo, su gestión ha empezado a mostrar grietas: decisiones polémicas, enfrentamientos con su vicepresidenta, Verónica Abad, y una ejecución que muchos tildan de improvisada e incluso autoritaria. Pese a ello, mantiene una base sólida, sobre todo entre los más jóvenes y los mayores de 65 años, a quienes ha cortejado con promesas de estabilidad.
Un pasado incómodo, un futuro incierto
Luisa González, por su parte, llega a la elección con un discurso de reconstrucción social. Plantea que el verdadero antídoto contra la violencia no es la represión, sino la educación, el empleo y la inclusión. Su propuesta más llamativa es la creación de “gestores de paz”, ciudadanos organizados para cuidar sus barrios. Una idea que Noboa ha atacado sin reservas, calificándola de plan para crear “paramilitares leales al correísmo”.
González intenta mantener un difícil equilibrio: abrazar el legado de Correa sin quedar atrapada por él. Su trayectoria política la vincula indudablemente al expresidente, hoy exiliado en Bélgica por una condena por corrupción que él considera persecución política. Sin embargo, la candidata de la Revolución Ciudadana (RC) ha buscado marcar distancia y presentarse como una mujer con identidad propia, capaz de encabezar una nueva etapa sin repetir los excesos del pasado. No le resulta fácil. Su perfil religioso y su postura antiabortista la alejan de los sectores progresistas más jóvenes, incluso entre quienes simpatizan con la izquierda.
Las encuestas marcan un empate técnico. En la primera vuelta, Noboa superó a González por apenas 17.000 votos, y la diferencia actual en intención de voto es tan mínima que cualquier paso en falso puede ser decisivo. El voto indígena, dividido pero influyente, y el de los indecisos, que aún rondan el 20 %, serán claves.
Ambos candidatos han hecho movimientos estratégicos para capturar ese voto flotante. González firmó un pacto con líderes del movimiento indígena Pachakutik, aunque no cuenta con su apoyo unánime especialmente en la región de la Sierra, donde obtuvo sus mejores resultados en la primera vuelta. Noboa, por su parte, ha mantenido una narrativa de firmeza institucional, evitando dejar el cargo para hacer campaña, pero criticado por sectores que consideran que ha compaginado su rol de presidente con el de candidato.
Ecuador entre el miedo al retorno y el temor al vacío
En el fondo, lo que está en juego es qué pesa más en el ánimo del votante: el miedo a un pasado autoritario, identificado con el correísmo, o la frustración con un presente caótico, donde la militarización no ha traído los resultados prometidos. Noboa representa la continuidad de un modelo de control por la fuerza que no ha dado frutos palpables. González, aunque propone una agenda distinta, arrastra los fantasmas de un pasado que, para muchos, aún no está del todo superado.
La elección de este domingo no resolverá de inmediato los problemas estructurales del país, pero definirá la dirección en la que Ecuador desea buscar su salida. ¿Optará por más represión con la esperanza de que, eventualmente, funcione? ¿O se arriesgará por una vía de reconstrucción social, sabiendo que el proceso será largo y que los errores del pasado pueden volver a repetirse?
Cualquiera que sea el resultado, Ecuador vota entre dos modelos antagónicos de país. Uno que promete orden sin garantías; otro que ofrece esperanza sin certezas. Y en ese cruce de caminos, cada voto es, literalmente, un punto de inflexión. @mundiario





