El cierre del Gobierno de EE UU bate récord histórico mientras Trump recalibra su estrategia
El Gobierno de Estados Unidos vive su cierre más largo desde que existen registros, lo que marca un hito tan histórico como preocupante. Con más de un mes sin funcionamiento pleno, el país se enfrenta a un bloqueo institucional que ha dejado a cientos de miles de empleados federales sin sueldo, ha paralizado servicios básicos y ha comenzado a erosionar la paciencia de una opinión pública que percibe el coste humano y económico de una pugna política sin salida clara.
El presidente Donald Trump, que en un principio parecía cómodo con la parálisis gubernamental, apostó a desgastar a los demócratas bajo la premisa de que el cierre generaría presión suficiente para forzar concesiones en torno a su agenda sanitaria y presupuestaria.
Pero el tiempo ha invertido el cálculo. Con el paso de las semanas, el desgaste se ha trasladado a la Casa Blanca, y el propio Trump empieza a mostrar señales de impaciencia. “Debemos reabrir el gobierno pronto, realmente de inmediato”, afirmó este miércoles en un desayuno con senadores republicanos, justo tras la noche de derrotas electorales que recogió el oficialismo este martes.
La crisis tiene raíces políticas y presupuestarias. Los republicanos insisten en vincular la reapertura del gobierno con la reforma de los subsidios federales a los seguros médicos, mientras los demócratas se niegan a aceptar recortes en la cobertura sanitaria. La senadora demócrata Amy Klobuchar resumió la postura de su partido: “Detengan este lío, vengan a la mesa, negocien”. El punto muerto se agrava porque, a diferencia de 2019, Trump ha optado por evitar negociaciones directas con los líderes demócratas, trasladando toda la presión al Senado y a su líder republicano, Mike Johnson.
Ante esta situación, el presidente ha intentado forzar la eliminación del filibusterismo —la regla que exige 60 votos en el Senado para avanzar con la mayoría de la legislación— como vía para que los republicanos aprueben unilateralmente el presupuesto. Sin embargo, su propio partido ha mostrado reticencias. La mayoría republicana de 53-47 no le permite maniobrar cómodamente, y muchos senadores prefieren evitar un precedente que podría volverse en su contra si los demócratas recuperan el control en el futuro.
El bloqueo no es solo político: es también social. La suspensión de programas de ayuda alimentaria, los retrasos en los subsidios de salud y los impactos sobre sectores como el transporte aéreo y la administración pública han generado un efecto dominó que golpea la vida cotidiana de millones de estadounidenses. Los créditos fiscales implementados durante la pandemia han expirado, dejando a muchas familias sin poder pagar sus seguros médicos, mientras los bancos de alimentos reportan un aumento de la demanda ante el recorte de fondos federales del SNAP.
En paralelo, los demócratas ven en la prolongación del cierre una demostración de la intransigencia republicana. El líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, calificó los recientes resultados electorales —favorables a su partido— como “una clara reprimenda a Trump y a su política de bloqueo”. Schumer y el líder demócrata de la Cámara, Hakeem Jeffries, han instado al presidente a “sentarse a negociar, en cualquier momento y lugar”. La estrategia demócrata busca presentarse como la opción del diálogo frente a un Ejecutivo percibido como rígido.
Trump, por su parte, intenta recuperar la iniciativa política. En su encuentro con los senadores republicanos, reconoció que el cierre fue un “factor negativo” en los últimos comicios locales, en los que los demócratas obtuvieron varias victorias claves. “No fue una buena noche para los republicanos, ni para nadie”, dijo, en lo que muchos interpretaron como un gesto de distensión. Sin embargo, también aprovechó para insistir en temas de su agenda más personal, como la eliminación del voto por correo y la implementación de un sistema nacional de identificación de votantes.
La situación recuerda al cierre de 2018-2019, cuando Trump mantuvo paralizado el gobierno durante 35 días por su demanda de fondos para construir el muro fronterizo con México. Entonces, la opinión pública acabó culpando mayoritariamente al presidente, lo que le obligó a ceder. Hoy, el contexto es distinto, pero el riesgo es el mismo: que la prolongación del conflicto erosione su base electoral y proyecte una imagen de incapacidad de gestión en pleno año político.
En las filas republicanas, el desconcierto es palpable. Algunos senadores temen que prolongar el cierre sea políticamente suicida, mientras otros defienden la estrategia como una demostración de fuerza. Pero la fatiga se percibe, tanto dentro del Capitolio como fuera de él. @mundiario


