La Casa Blanca abre sus puertas a Siria: Trump y Al Sharaa sellan un nuevo comienzo diplomático

El exyihadista, hoy presidente sirio interino, fue recibido en la Casa Blanca por el presidente de EE UU en una visita histórica que consolida un giro radical en la estrategia estadounidense hacia Damasco.
Ahmed al Sharaa, mandatario de Siria y Donald Trump, presidente de EE UU. /  @SyPresidency
Ahmed al Sharaa, mandatario de Siria y Donald Trump, presidente de EE UU. / @SyPresidency

La visita del presidente sirio Ahmed al Sharaa a la Casa Blanca representa uno de los movimientos diplomáticos más sorprendentes en la política exterior de Estados Unidos de los últimos años. Apenas un año atrás, Donald Trump defendía públicamente la idea de mantenerse al margen del complejo escenario sirio. Hoy, su Gobierno no solo ha levantado las sanciones contra Damasco, sino que apuesta por su nuevo líder como un aliado clave para garantizar la estabilidad de Oriente Próximo.

Al Sharaa, un excomandante del Hayat Tahrir al Sham —grupo vinculado en su día a Al Qaeda—, llegó a Washington con la intención de sellar una nueva etapa en las relaciones bilaterales. El mandatario, cuya figura simboliza la transición tras la caída de Bachar el Asad, fue recibido con discreción y sin los habituales protocolos de honor. Sin embargo, el gesto político es de enorme magnitud: es la primera vez en la historia que un presidente sirio es recibido oficialmente por un mandatario estadounidense.

La reunión entre ambos líderes, celebrada a puerta cerrada, duró dos horas y giró principalmente en torno a cuestiones de seguridad y cooperación regional. Tras el encuentro, Trump reiteró su confianza en el proceso de estabilización sirio: “Queremos que Siria sea un país de éxito, y creo que este líder lo puede lograr. Haremos todo lo posible para que Siria funcione”, declaró. El presidente estadounidense destacó además que su objetivo es integrar a Siria en su plan más amplio para asegurar la paz en Oriente Próximo.

La Administración Trump ha levantado parcialmente las sanciones impuestas bajo la llamada Ley César, suspendiendo durante 180 días las medidas más duras contra Damasco. Este alivio coincide con la eliminación de Siria de la lista de países sancionados por el Consejo de Seguridad de la ONU, lo que abre la puerta a la inversión extranjera y a la participación en la coalición internacional contra el Estado Islámico.

Para Washington, acercarse a Siria responde a una estrategia de contención regional: reducir la influencia de Irán y Rusia, garantizar la seguridad de Israel y evitar la reactivación de grupos extremistas en la zona. En este sentido, Washington está explorando mecanismos de cooperación militar e incluso un posible pacto de seguridad entre Siria e Israel bajo supervisión estadounidense.

El giro diplomático también supone una apuesta de alto riesgo. La trayectoria de Al Sharaa, un antiguo yihadista reconvertido en político pragmático, genera escepticismo en algunos sectores de la política estadounidense. Sin embargo, su ascenso al poder y sus medidas internas —como la detención de más de 70 miembros de células del ISIS y la firma de un acuerdo de cooperación con la coalición internacional— han sido bien recibidas en Washington y Bruselas.

Durante una entrevista con Fox News, Al Sharaa definió su visita como “el comienzo de una nueva era en la que Siria colaborará estrechamente con Estados Unidos”. El presidente sirio insistió en que su prioridad es reconstruir un país devastado por catorce años de conflicto y atraer inversiones internacionales que, según el Banco Mundial, podrían superar los 200.000 millones de dólares.

Trump, por su parte, describió a Al Sharaa como “un líder fuerte que ha pasado por tiempos difíciles” y señaló que “todos hemos tenido un pasado complicado, pero lo importante es el futuro que estamos construyendo”. Estas palabras reflejan el intento del mandatario de legitimar a su nuevo interlocutor y, al mismo tiempo, proyectar una imagen de realismo político frente a una región en constante mutación.

La reunión también tiene una dimensión simbólica: representa la rehabilitación de Siria en la escena internacional después de años de aislamiento. Desde Washington, la visita se interpreta como un paso más en el plan de Trump para consolidar su influencia en Oriente Próximo y reforzar su agenda de seguridad en torno a Israel, Gaza y el Golfo Pérsico.

El analista Michael Hanna, del International Crisis Group, explicó a Reuters que calificaba el encuentro como “un momento de enorme carga simbólica”, y añadió: “El paso de Al Sharaa de líder insurgente a estadista global ilustra el nuevo pragmatismo de Washington y su disposición a redefinir alianzas en función de la estabilidad regional”. @mundiario

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