Bombardeo al hospital Nasser en Gaza: mueren al menos 20 personas, entre ellas cinco periodistas

Los ataques israelíes contra hospitales en Gaza no son solo un drama humanitario; son un mensaje político y un golpe directo a la transparencia.
Destrucción en Gaza. / X.
Destrucción en Gaza. / X.

El bombardeo contra el hospital Nasser en Jan Yunis, en el sur de la Franja de Gaza, marca un nuevo punto de inflexión en una guerra que hace tiempo traspasó los límites del derecho internacional y de la moralidad. Dos ataques consecutivos, al menos 20 muertos —cinco de ellos periodistas— y una sensación de horror que se multiplica porque se dirige contra el último gran hospital operativo en el sur del enclave. Cuando los hospitales dejan de ser refugio y se convierten en objetivo, lo que se erosiona no es solo la vida humana, sino la esencia misma de la civilización: la protección de lo vulnerable.

Israel reconoce haber atacado “el área” del hospital, promete una investigación y lamenta “los daños” causados a civiles “no implicados”. Un guion ya conocido, tan repetido que ha perdido cualquier credibilidad. Según la ONG británica Acción sobre Violencia Armada, el 88% de las investigaciones militares israelíes por abusos en Gaza acaban archivadas. La impunidad se ha convertido en parte estructural de la ofensiva. Y mientras las cifras de muertos se amontonan —más de 62.000 desde octubre de 2023, según datos palestinos avalados por la ONU—, el discurso oficial se aferra a la narrativa de “golpes quirúrgicos” y “objetivos legítimos”.

Pero la muerte de cinco periodistas en este ataque obliga a formular una pregunta incómoda: ¿quién quiere una guerra sin testigos? Más de 240 informadores han muerto en Gaza desde que comenzó la ofensiva, según el Sindicato de Periodistas Palestinos. Esta cifra, escalofriante, no tiene precedentes en los conflictos recientes. Y no se trata de daños colaterales aleatorios. Muchos reporteros trabajan cerca de hospitales porque allí encuentran electricidad, conexión y un mínimo de seguridad. Allí montan sus improvisadas redacciones. Atacar estos lugares es golpear la capacidad de informar, y por tanto, desactivar la mirada del mundo.

La violencia contra hospitales y periodistas no es solo consecuencia de la lógica bélica, es un método. No es casualidad que la ONU y la OMS denuncien que el 94% de los centros sanitarios de Gaza han sido destruidos o dañados. No es un accidente que casi dos mil trabajadores sanitarios estén muertos o detenidos. Y no es una coincidencia que los hospitales se bombardeen cuando la opinión pública internacional empieza a elevar la presión para frenar esta guerra. La destrucción de infraestructuras críticas tiene un doble efecto: quebrar la resistencia social y silenciar la narrativa adversa.

En paralelo, la población civil agoniza entre los escombros y el hambre. La ONU ha declarado hambruna en algunas zonas de Gaza. Trescientas personas han muerto ya por inanición, la mayoría desde el pasado julio. Las imágenes de niños esqueléticos y hospitales convertidos en ruinas son el reverso de un discurso oficial israelí que insiste en el “derecho a defenderse”, mientras bloquea la ayuda humanitaria y mantiene asediada a una población exhausta.

El hospital Nasser, símbolo de la salud pública gazatí, ya había sido atacado en otras ocasiones. Los médicos relatan escenas dantescas: pacientes que huyen porque creen que los quirófanos son trampas mortales; cirujanos que recogen restos humanos irreconocibles entre el polvo y la sangre; profesionales que saben que su bata blanca no les protege de los drones. Este horror no es anecdótico, es sistémico.

Mientras tanto, en Israel, la fractura política se agrava. Familias de rehenes convocan huelgas generales para forzar un alto el fuego que el Gobierno de Netanyahu esquiva con maniobras dilatorias. El jefe del ejército, Eyal Zamir, ha llegado a sugerir públicamente que prolongar la ofensiva contra Ciudad de Gaza pone en riesgo a los cautivos israelíes. Pero la maquinaria bélica sigue adelante: más reservistas, más operaciones, más cadáveres en Zeitún y Sabra.

Y, aun así, se habla de negociaciones. Egipto, Catar, Estados Unidos intentan resucitar un diálogo que Netanyahu solo acepta bajo condiciones imposibles: desarme total de Hamás y una administración gazatí desvinculada tanto de la milicia como de la Autoridad Nacional Palestina. Es decir, rendición absoluta. Mientras tanto, cada día de estancamiento se mide en niños muertos, en periodistas silenciados, en hospitales reducidos a polvo.

Conviene subrayarlo: la protección de hospitales y de periodistas no es un detalle humanitario, es un pilar del derecho internacional. Violarlos implica socavar el orden legal que, en teoría, nos separa de la barbarie. Hoy, ese orden parece tan bombardeado como las paredes del hospital Nasser. Si aceptamos que la guerra se libra sin límites, estamos aceptando un futuro donde la verdad será la primera víctima. Y donde todos, tarde o temprano, seremos rehenes. @mundiario

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