La apuesta de Marruecos por la Junta de Paz de Trump y sus costes políticos

La rápida adhesión de Marruecos a la Junta de Paz impulsada por Donald Trump se produce en pleno rearme militar y con Gaza como telón de fondo. La decisión refuerza su peso internacional, pero abre interrogantes sobre el papel de la ONU, el conflicto del Sáhara y una creciente distancia entre el Estado y su sociedad.
Moulay Hassan príncipe heredero de Marruecos. / RR SS.
Moulay Hassan príncipe heredero de Marruecos. / RR SS.

La decisión de Marruecos de sumarse con rapidez a la denominada Junta de Paz impulsada por Donald Trump no puede leerse como un gesto aislado ni improvisado. Es el resultado de una estrategia de largo recorrido en la que Rabat ha aprendido a moverse como equilibrista sobre una cuerda tensa, combinando discursos de estabilidad, alianzas militares y una defensa férrea de sus intereses territoriales. La paz, en este caso, no llega desarmada.

La iniciativa presentada como un mecanismo para supervisar la tregua en Gaza nace rodeada de escepticismo internacional. Varios países europeos han declinado participar, alertando del riesgo de debilitar el papel de Naciones Unidas. En ese contexto, Marruecos ha optado por ocupar el espacio vacío y colocarse como socio fiable de Washington, un socio que ya obtuvo una recompensa clave en 2020 con el reconocimiento estadounidense de su soberanía sobre el Sáhara Occidental.

El vínculo entre seguridad y reconocimiento internacional

El respaldo a la Junta de Paz llega acompañado de hechos muy concretos sobre el terreno. Marruecos ha activado recientemente en el Sáhara un sistema antimisiles de fabricación israelí y ha profundizado una cooperación militar sin precedentes con Israel, que incluye drones, satélites y posibles adquisiciones de carros de combate. Este despliegue no es solo defensivo. Es también un mensaje político dirigido a varios destinatarios, entre ellos Argelia, su principal rival regional.

El reconocimiento del plan marroquí de autonomía para el Sáhara como base de negociación por parte del Consejo de Seguridad ha reforzado la percepción en Rabat de que la inversión en alianzas estratégicas da resultados. La lógica es clara. Seguridad a cambio de apoyo diplomático. Armamento a cambio de legitimidad internacional. Una ecuación que, aunque eficaz a corto plazo, abre interrogantes sobre su sostenibilidad.

Gaza como escenario y como símbolo

La posible participación de tropas marroquíes en una fuerza internacional en Gaza añade una capa adicional de complejidad. Marruecos se presenta como un actor capaz de dialogar con sensibilidades distintas, defensor formal de la solución de los dos Estados y proveedor de ayuda humanitaria. Al mismo tiempo, la eventual misión incluiría tareas delicadas como la desmilitarización de la Franja y la formación de futuras fuerzas de seguridad palestinas.

Aquí la metáfora es inevitable. Marruecos intenta apagar un incendio con una mano mientras sujeta un bidón de gasolina con la otra. La estabilidad que promete depende de un equilibrio extremadamente frágil entre control, legitimidad y percepción local. Sin la participación directa de representantes palestinos en la Junta de Paz, ese equilibrio corre el riesgo de romperse antes de consolidarse.

La brecha interna que no deja de crecer

Mientras el Estado marroquí avanza en su estrategia internacional, la sociedad civil muestra un rechazo abrumador a la cooperación militar con Israel. Las cifras son contundentes y las manifestaciones masivas en apoyo a Gaza reflejan una distancia cada vez mayor entre la política exterior y el sentir popular. Esa brecha no es solo moral. Es política y puede tener consecuencias en un año electoral.

Rabat insiste en su papel pragmático y mediador, pero la credibilidad de ese relato dependerá de su capacidad para no sacrificar principios básicos en nombre de la estabilidad. La paz duradera no se impone solo con escudos antimisiles ni con alianzas tácticas. Requiere legitimidad, inclusión y un compromiso real con el derecho internacional. Si Marruecos aspira a ser un puente, deberá cuidar que ese puente no se construya sobre el silencio de los pueblos afectados. @mundiario

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