La Junta de Paz de Trump: ¿el principio del fin del papel de la ONU?
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado abierta la puerta a que la recién anunciada Junta de Paz impulsada por Washington sustituya de facto a Naciones Unidas en la supervisión del fin de la guerra en Gaza. “Podría ser”, respondió el martes en la Casa Blanca al ser preguntado por una reportera sobre ese extremo, antes de cargar contra la ONU por su falta de eficacia. “Soy un gran admirador de su potencial, pero nunca han estado a la altura de su promesa”, afirmó, aunque añadió que la organización “debe seguir existiendo”.
Las declaraciones se produjeron durante un extenso discurso con motivo del aniversario de su regreso al poder, en el que Trump volvió a vincular su política exterior a una de sus obsesiones recurrentes: el relato de haber resuelto múltiples conflictos internacionales en un tiempo récord y su aspiración al Premio Nobel de la Paz, que, según aseguró, “muchos países han pedido” para él.
Un órgano alternativo al multilateralismo clásico
La creación de esta Junta de Paz ha encendido las alarmas en la diplomacia internacional, que observa el movimiento como un nuevo paso en la ofensiva de Trump contra el orden multilateral surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Desde el viernes pasado, al menos 60 países han recibido invitaciones para integrarse en este órgano, concebido inicialmente como un mecanismo de supervisión de la tregua entre Israel y Hamás, pero que ahora amplía su ambición mucho más allá de Gaza.
Según la Casa Blanca, Trump presidirá la Junta “de forma indefinida”. El núcleo duro del organismo incluye a figuras de máxima confianza del presidente, como su yerno Jared Kushner; el secretario de Estado, Marco Rubio; el enviado especial Steve Witkoff; y el ex primer ministro británico Tony Blair. Este jueves, en el Foro Económico Mundial de Davos, Trump tiene previsto presentar oficialmente la iniciativa ante representantes de unos 35 países.
Adhesiones, rechazos y silencios incómodos
Una decena de gobiernos ya ha confirmado su adhesión, entre ellos Israel, Marruecos, Egipto, Argentina, Hungría y Albania. Algunos son aliados históricos de Washington; otros dependen en gran medida de su apoyo político o financiero; y el resto comparte afinidades ideológicas con el actual inquilino de la Casa Blanca.
En el lado opuesto, Francia, Italia, Suecia y Noruega han anunciado que no participarán, ni siquiera sin aportar fondos. España, China y Rusia figuran entre los países que siguen “estudiando” la invitación. La negativa de París provocó la reacción airada de Trump, que amenazó con imponer aranceles del 200% al vino y al champán franceses.
El coste de sentarse a la mesa
Uno de los aspectos más controvertidos es el precio del asiento permanente: 1.000 millones de dólares, que Estados Unidos asegura que se destinarán a la reconstrucción de Gaza. Sin embargo, varios de los países que ya han aceptado integrarse han advertido de que no asumirán ese desembolso, y Washington no ha detallado aún cómo se gestionarán esos fondos ni qué mecanismos de control existirán.
El propio diseño del organismo alimenta las dudas. Su documento fundacional no menciona explícitamente Gaza, pese a que la Junta se presenta como pieza clave del plan estadounidense para poner fin al conflicto. Además, ninguno de sus miembros es palestino, ni se ha cursado invitación alguna a representantes de ese pueblo.
Una ONU arrinconada
El giro de la Junta de Paz desde un ente avalado por el Consejo de Seguridad de la ONU a un club controlado directamente por Washington ha colocado a Naciones Unidas en una posición incómoda. Hace apenas una semana, Estados Unidos abandonó una decena de organismos internacionales, reforzando la percepción de que Trump busca relegar a la ONU como actor central de la gobernanza global.
El borrador de los estatutos deja claro que la ambición va más allá de Oriente Próximo: la Junta aspira a “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima y asegurar una paz duradera” en zonas afectadas o amenazadas por conflictos, un mandato amplio que refuerza las sospechas de que se trata de una alternativa al sistema multilateral tradicional.
Poder indefinido y liderazgo personalista
Otro de los elementos que más inquietud ha generado es la concentración de poder en torno a Trump. Según el texto, solo una votación unánime de la Junta podría apartarlo de la presidencia del organismo, incluso después de abandonar la Casa Blanca en 2029. Su sucesor en la presidencia de Estados Unidos solo tendría capacidad para nombrar a un representante de Washington, no para asumir el liderazgo.
Mientras tanto, siguen sin aclararse aspectos clave: cómo supervisará la Junta la tregua entre Israel y Hamás, durante cuánto tiempo lo hará y qué papel real jugarán sus subcomités. Lo único claro, por ahora, es que la iniciativa ha reabierto un debate de fondo sobre el futuro del multilateralismo y el lugar que Estados Unidos quiere ocupar —y conceder a otros— en la arquitectura del poder global. @mundiario


