Trump despliega su ambiciosa Junta de Paz: Quién se ha unido, quién no y por qué
La denominada “Junta de Paz” fue presentada por Donald Trump en septiembre, inicialmente como un mecanismo para supervisar y consolidar el alto el fuego en Gaza. Sin embargo, con el paso de los meses, la Casa Blanca ha ampliado su alcance. Según el borrador de su carta fundacional, el organismo aspira a intervenir como foro de resolución de conflictos globales, bajo una presidencia indefinida del propio mandatario estadounidense.
Este giro ha transformado una propuesta regional en un proyecto con ambición sistémica. De ahí que el debate ya no se centre solo en Oriente Próximo, sino en el papel que la Junta podría desempeñar frente a la ONU, institución que desde 1945 articula la arquitectura multilateral de seguridad.
La Junta para la Paz presenta una arquitectura poco habitual en la diplomacia internacional. Los Estados miembros tendrían mandatos de tres años, salvo que aporten 1.000 millones de dólares, condición que les otorgaría membresía permanente. El núcleo de poder real, sin embargo, reside en un comité ejecutivo reducido, integrado por figuras estrechamente vinculadas a Trump: el secretario de Estado Marco Rubio, el enviado especial Steve Witkoff, Jared Kushner y el ex primer ministro británico Tony Blair.
Este diseño ha generado críticas por concentrar la toma de decisiones y por solaparse con competencias clásicas de Naciones Unidas, especialmente en mediación de conflictos, verificación de acuerdos y gobernanza de procesos de paz.
Quiénes se han unido: aliados regionales y socios pragmáticos
Hasta ahora, según fuentes de la Casa Blanca, unos 35 países han aceptado la invitación, aunque no existe un listado cerrado y definitivo. Entre los que han expresado públicamente su adhesión figuran Israel, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Jordania, Egipto y Qatar; Turquía y Hungría, miembros de la OTAN con líderes de perfil nacionalista y buena sintonía personal con Trump.
Pakistán, Indonesia, Marruecos, Vietnam, Paraguay y Uzbekistán; Armenia y Azerbaiyán, tras el acuerdo de paz auspiciado por Washington en 2024; y Bielorrusia, cuya aceptación ha generado especial controversia por su aislamiento previo y su alineamiento con Rusia.
En muchos de estos casos, el respaldo parece responder menos a una adhesión ideológica que a cálculos geopolíticos y de relación bilateral con Washington, especialmente en regiones donde EE UU mantiene influencia directa en seguridad o financiación.
Los rechazos y las dudas: Europa, el Vaticano y el eje asiático
Frente a este bloque, varios países clave han optado por desmarcarse o ganar tiempo. Reino Unido y Francia han rechazado inicialmente su participación. La ministra británica de Exteriores, Yvette Cooper, fue explícita: “Hoy no seremos uno de los signatarios, porque se trata de un tratado [internacional] legal que todavía suscita cuestiones muy amplias”.
Londres ha señalado, además, su preocupación por una eventual participación de Vladímir Putin en un proyecto de paz sin avances previos en Ucrania. Eslovenia también ha declinado la invitación al considerar que el organismo “interfiere peligrosamente con el orden internacional”.
Otros actores como Canadá, India, Japón, Tailandia o el Vaticano mantienen una posición de espera. En estos casos, la cautela responde a la defensa del marco multilateral de la ONU y a la falta de claridad jurídica y operativa del nuevo organismo.
Ni Rusia ni China han confirmado su participación. Ambos países, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU con derecho de veto, observan la Junta con cautela. Para Moscú, el acercamiento de Trump no elimina el riesgo de legitimar un foro que pueda diluir su peso institucional en Naciones Unidas. Para Pekín, el proyecto compite indirectamente con su propia Iniciativa de Gobernanza Global, lanzada en 2025, y con su discurso a favor de un multilateralismo liderado por Estados soberanos y no por alianzas ad hoc.
VIDEO | Trump lanza su Junta de Paz en Davos, arropado por una veintena de gobernantes. pic.twitter.com/j4tprsCDKS
— EFE Noticias (@EFEnoticias) January 22, 2026
La ONU en el centro del debate
El trasfondo de la controversia es claro: el temor a que la Junta para la Paz actúe como estructura paralela o sustitutiva de la ONU. El secretario general António Guterres ha recordado que Naciones Unidas es “el parlamento de la familia de naciones”, subrayando su legitimidad universal frente a iniciativas impulsadas por una sola potencia.
Trump, crítico histórico de la ONU, ha tratado de rebajar la tensión al afirmar: “Creo que hay que dejar que la ONU continúe porque el potencial es tan grande”. No obstante, los recortes de financiación y el diseño de la Junta mantienen vivo el debate sobre una reconfiguración informal del liderazgo diplomático global.
La Junta para la Paz avanza, por ahora, como un instrumento de poder flexible, atractivo para algunos Estados y problemático para otros. Su futuro dependerá menos de su arquitectura formal que de la capacidad política de Trump para sostenerla y de cómo reaccione el sistema multilateral ante un actor que no pretende sustituir abiertamente a la ONU, pero sí competir con ella en influencia. En ese espacio ambiguo —entre cooperación, rivalidad y pragmatismo— se juega el verdadero alcance de la iniciativa.


