Zapatero ya no cae en gracia

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, nunca fue un gran estadista ni nada que se le pa
Zapatero ya no cae en gracia

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, nunca fue un gran estadista ni nada que se le parezca, pero algunos, durante el tiempo que les interesó, pretendieron que nos lo creyésemos. En realidad, el socialista ZP no es un crack de la política pero tampoco es un don nadie. Es una persona normal y educada, que ha tenido la suerte de ser presidente a lomos de un optimismo desbordante, bien apoyado por sus amigos del PSOE, con Pepe Blanco a la cabeza. El joven presidente suele hablar de modo que le entiende todo el mundo y, al menos en público, tiene aspecto de buena persona. Es más, su aparente candidez funcionó como un antídoto electoral frente a la arrogancia del popular José María Aznar, lo cual pagó Mariano Rajoy casi sin comerlo ni beberlo.

Mientras las cosas de la economía fueron bien, Zapatero disfrutó de una luna de miel con media España y encendió los ánimos de la otra media, a la que su defensa de ciertos derechos le desataba -y aún le desata- verdaderos sarpullidos. Sin embargo, cuando el ladrillo dejó de funcionar y la crisis financiera internacional empezó a dejar caer su lluvia fina, el presidente Zapatero se convirtió en el malo de la película, como si su suerte empezase a abandonarle.

Incluso ahora que el hombre se puso a arreglar el Gobierno, la mayoría de sus críticos se centran más en burlarse de sus formas que en valorar la recomposición del gabinete, donde parece evidente que hubo errores de comunicación pero también aportaciones interesantes, que es con lo que nos quedaremos -para bien o para mal- cuando pase la tormenta mediática que ha provocado la torpeza política o la mala intención de algún damnificado a la hora de filtrar los cambios del Gobierno, justo cuando ZP tenía que vender su ansiada foto con el presidente Barack Obama.

Si reparásemos en los cambios, más que en la descontrolada puesta en escena, seguramente no veríamos todo tan negro. Entre otras cosas, porque hay decisiones -alguna avanzada por cierto desde Xornal de Galicia- que son de puro sentido común o una mera obligación. Por ejemplo, la salida del sensato vicepresidente Pedro Solbes, que ya no se ve en el Gobierno, lo cual tampoco quiere decir que haya sido un mal ministro de Economía. Pero hay otros elementos en juego, como el nombramiento del paisano José Blanco, que tienen todo su sentido político, teniendo en cuenta la debilidad de otras personas del primer Gobierno realmente paritario. El compromiso de ZP con el PSOE también quedaría de manifiesto con la reincorporación al Gobierno de Manuel Chaves, que para algo es el presidente del partido.

Y si la mirada es gallega, hombre, se puede decir lo que se quiera, que para eso estamos en un país libre, pero costaría mucho que nos quejásemos cuando medio Gobierno está formado por gallegos y gallegas, algo sin precedentes en la historia de España.

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