Estalla la pugna familiar por la herencia de Brigitte Bardot

El reparto, marcado por viejas heridas y por la legislación francesa sobre herederos forzosos, abre la puerta a una batalla judicial larga y compleja.
Brigitte Bardot, actriz y activista. / RR SS.
Brigitte Bardot, actriz y activista. / RR SS.

La desaparición de Brigitte Bardot, fallecida el 28 de diciembre a los 91 años y enterrada en el cementerio marino de Saint-Tropez, no ha cerrado la historia personal de la diva francesa, sino que ha abierto un conflicto de alcance mayor: su herencia. Apenas despedida la actriz, su patrimonio —estimado en 69,5 millones de euros— se ha convertido en el eje de una doble ofensiva judicial en la que participan las dos figuras más cercanas a ella: su único hijo, Nicolas Charrier, y su cuarto marido, Bernard d'Ormale.

El origen del enfrentamiento es el mismo para ambos: el testamento de Bardot. En él, la legendaria intérprete legó la mayor parte de su fortuna a la Fondation Brigitte Bardot, organización que ella misma impulsó en 1986 y que dedica sus recursos a la protección, recuperación y cuidado de animales abandonados o maltratados. Con el tiempo, la actriz volcó prácticamente toda su vida —y buena parte de sus bienes— en esta causa, hasta el extremo de dejar a sus herederos consanguíneos y legales con porcentajes muy reducidos de su patrimonio.

De acuerdo con la información publicada por el diario Il Messaggero, tanto Charrier como d'Ormale habrían iniciado los trámites para impugnar judicialmente el testamento, cada uno por separado y con estrategias distintas. En el caso de Nicolas, nacido en 1960 de la relación entre la actriz y el actor Jacques Charrier, la impugnación estaría motivada por el reparto que le asigna aproximadamente un 15% de la herencia. Esta cifra, notablemente por debajo de la mitad reservada por ley a un hijo único en Francia, podría ser el punto central de un litigio destinado a revisar las donaciones que Bardot realizó en vida a su fundación.

La ley francesa es clara: los hijos son herederos forzosos y tienen derecho irrenunciable a una porción del patrimonio de sus progenitores, similar a la legítima en España. En ausencia de más descendientes, Nicolas debería recibir el 50% de la herencia. Pero la actriz, durante las últimas décadas, habría transferido bienes significativos —incluida la nuda propiedad de fincas e inmuebles— a la fundación, reduciendo drásticamente la masa hereditaria disponible para su hijo. Entre esos bienes destaca La Madrague, la icónica propiedad de la Costa Azul, valorada entre 25 y 30 millones de euros, y convertida en refugio para alrededor de 300 animales bajo la tutela de la fundación.

A esta tensión patrimonial se suma el siempre delicado antecedente de la relación madre-hijo. La actriz nunca ocultó que la maternidad llegó en el peor momento de su vida y lo expresó crudamente en sus memorias, algo que Nicolas le reprochó ante los tribunales. Pese a una aparente reconciliación en los años 90, el reparto actual reabre heridas y revive viejas cuestiones afectivas y legales.

El segundo frente lo abre Bernard d'Ormale, marido de Bardot desde 1992. Aunque acompañó a la actriz durante tres décadas, las leyes francesas limitan severamente los derechos del cónyuge superviviente cuando existe un descendiente directo. Por ello, su impugnación se movería en otro plano legal, buscando vías para obtener una parte de los bienes o para disputar determinados movimientos patrimoniales realizados por Bardot en vida. Su acción podría centrarse en bienes concretos o en supuestas vulneraciones de derechos como cónyuge, pero las probabilidades de éxito dependerán de demostrar irregularidades o perjuicios patrimoniales directos.

El patrimonio en disputa no solo incluye propiedades emblemáticas, sino también inversiones por valor de 9 a 10 millones de euros en bonos de varios Estados europeos, así como derechos intelectuales y otros activos financieros. La Fundación Bardot, por su parte, deberá prepararse para defender en los tribunales las donaciones y transferencias que recibió durante décadas, todas ellas justificadas en sus fines estatutarios y acordes con la voluntad declarada de la actriz.

Todo apunta a que se abre un proceso jurídico prolongado, con ramificaciones afectivas, económicas y simbólicas. El legado de Bardot —artístico, personal y ético— queda ahora condicionado por un conflicto que enfrenta a su familia con la obra que definió sus últimos 40 años: la defensa incansable de los animales. Si la justicia francesa decide revisar o anular parte de sus disposiciones, podría alterar un equilibrio que Bardot trató de dejar blindado. Si no lo hace, se confirmará que la actriz quiso que su causa, y no su familia, fuera la principal heredera de su vida. @mundiario

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