Venezuela tiene las mayores reservas del planeta, pero produce menos del 1% del petróleo mundial
Nicolás Maduro insiste en que la presión de Estados Unidos sobre Venezuela responde a un objetivo elemental: apoderarse de su petróleo. La narrativa no es nueva y encaja bien en un discurso de resistencia frente a un enemigo externo, pero choca con una realidad mucho más compleja. Washington afirma que su prioridad es combatir el narcotráfico y cuestiona la legitimidad del Gobierno venezolano. Entre ambos relatos se abre un espacio incómodo donde conviven intereses económicos, deterioro institucional y un sector energético que ya no es lo que fue.
Es cierto que Venezuela alberga las mayores reservas probadas de crudo del mundo. Sin embargo, esa riqueza potencial contrasta con una producción que apenas supera los 800.000 barriles diarios, una cifra marginal a escala global y muy lejos de los tres millones que el país bombeaba a comienzos de siglo. El desplome no puede explicarse solo por las sanciones estadounidenses. Décadas de control político sobre PDVSA, mala gestión, corrupción y la huida de personal cualificado dejaron una industria sin mantenimiento, sin inversión y con infraestructuras obsoletas. Hoy Venezuela produce menos del 1% del consumo de petróleo mundial, según la BBC.
Las sanciones, impuestas desde 2015 y endurecidas con el tiempo, agravaron el aislamiento financiero y tecnológico del país, limitando el acceso a capital, repuestos y mercados. Aun así, algunas grietas permanecen abiertas. Chevron sigue operando bajo licencias especiales y hoy aporta alrededor de una quinta parte de la producción venezolana. Las refinerías estadounidenses, sobre todo en la costa del Golfo, siguen mirando con interés el crudo extra pesado venezolano, barato y adecuado para sus instalaciones. Ese interés existe, pero no equivale a una estrategia de conquista.
En Washington conviven discursos distintos. Algunos sectores políticos y empresariales ven en una hipotética transición venezolana una oportunidad para que las petroleras estadounidenses recuperen terreno. El propio Donald Trump ha defendido históricamente la expansión de la producción de hidrocarburos. Sin embargo, analistas en seguridad energética subrayan que no hay pruebas sólidas de que el petróleo sea el eje central de la política estadounidense hacia Caracas. El foco declarado sigue siendo el narcotráfico, la estabilidad regional y la presión política sobre Maduro.
Incluso si el escenario político cambiara de forma drástica, reactivar el petróleo venezolano sería una tarea titánica. Informes del sector estiman que harían falta decenas de miles de millones de dólares y al menos una década para devolver la producción a niveles relevantes. A eso se suman los riesgos regulatorios, la pertenencia a la OPEP y un factor cada vez más decisivo: la evolución de la demanda global. El petróleo ya no crece al ritmo de antes y las previsiones apuntan a un estancamiento e incluso a un declive a partir de la próxima década.
En ese contexto, la gran pregunta no es si Estados Unidos quiere el petróleo de Venezuela, sino si alguien está dispuesto a pagar el precio de rescatarlo. Para las empresas privadas, la respuesta depende menos de la geopolítica y más de la rentabilidad. Y hoy, entre ruinas industriales, incertidumbre política y transición energética, el petróleo venezolano se parece menos a un botín estratégico y más a una apuesta de alto riesgo. @mundiario



