El acceso a las tierras raras, pieza clave en el pulso comercial entre Trump y Xi Jinping
La esperada llamada telefónica entre el presidente de EE UU, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping, ha tenido lugar, duró una hora y media, y, según las autoridades involucradas, los mandatarios intentaron rebajar las crecientes tensiones entre las dos mayores potencias económicas del mundo. Aunque el tono general del intercambio fue descrito como cordial y “muy positivo” por parte de Trump, el trasfondo revela una pugna geopolítica más profunda que se ha recrudecido en los últimos meses: el control y acceso a las tierras raras, minerales esenciales para la tecnología moderna y la defensa nacional.
Desde el inicio de la guerra comercial iniciada por Trump con la imposición de aranceles del 145 % a productos chinos, la relación bilateral ha oscilado entre el conflicto y la diplomacia pragmática. En mayo, las delegaciones de ambos países lograron un frágil entendimiento en Ginebra, que incluyó el compromiso chino de reducir aranceles y suspender restricciones no arancelarias. Sin embargo, en las semanas siguientes, Washington ha acusado a Pekín de incumplir esos acuerdos, especialmente en lo que respecta a la exportación de tierras raras.
Trump, tras la llamada, aseguró que se resolvieron “diferencias importantes” sobre el comercio de tierras raras, aunque no ofreció detalles concretos. Desde Pekín, el mensaje fue más comedido. Xi Jinping subrayó la necesidad de “corregir el rumbo” de las relaciones e insistió en que China ha actuado “con sinceridad, pero con principios”, reiterando que se han cumplido los compromisos adquiridos.
El corazón del conflicto no radica solo en el comercio de bienes de consumo o en las restricciones tecnológicas, sino en algo mucho más estratégico: el acceso a tierras raras. Estos 17 elementos químicos son esenciales para la fabricación de chips, baterías, misiles guiados, turbinas eólicas y tecnología de punta, indispensables para la visión de un EE UU autónomo que tiene Trump.
En abril, China impuso nuevas regulaciones que exigen licencias para exportar siete tipos clave de tierras raras —como el samario, disprosio y lutecio— además de productos que las contengan, como los imanes permanentes de neodimio (NdFeB), cruciales en motores eléctricos. Aunque estas restricciones se aplican a todos los países, su impacto es especialmente sensible para Estados Unidos, cuya industria tecnológica y de defensa depende en gran medida de estas importaciones.
Washington ha acusado a Pekín de utilizar el control sobre estos recursos como herramienta de presión geopolítica. Según Jamieson Greer, representante de Comercio Exterior de EE UU, “China continúa desacelerando y bloqueando productos como minerales críticos e imanes de tierras raras”, lo que en la práctica pone en riesgo la cadena de suministro de sectores estratégicos estadounidenses.
China: firmeza diplomática y maniobra técnica
Lo que Estados Unidos interpreta como el incumplimiento de un acuerdo, China lo presenta como prudencia soberana. Pekín ha suspendido algunas medidas punitivas y permitido temporalmente las exportaciones a ciertas empresas estadounidenses, pero no ha revocado el requisito de licencia para los minerales estratégicos, lo cual le da una poderosa herramienta de control sin romper formalmente los acuerdos de Ginebra.
Además, el liderazgo chino parece confiar en su capacidad para resistir las presiones estadounidenses, apostando por una política de firmeza moderada. Xi Jinping, sin aludir directamente a las tierras raras, insistió en la necesidad de respetar “las preocupaciones del otro” y ofreció una nueva invitación a Trump para visitar China, gesto diplomático que busca contener la escalada sin ceder del todo.
La llamada telefónica puede leerse como una maniobra necesaria para evitar un deterioro mayor de las relaciones, en un momento en que ambos gobiernos enfrentan presiones internas: China por la desaceleración económica y Estados Unidos por los riesgos de una recesión a finales de este año gracias a los aranceles.
La decisión de Trump de aplazar restricciones más severas o nuevos aranceles parece calculada. Al reabrir el canal de diálogo, intenta proyectar control y liderazgo sin abandonar su retórica dura. A su vez, busca posicionarse como un negociador activo, capaz de obtener concesiones a pesar de la espera, que ya excede las promesas del propio republicano cuando justificó la imposición de sus gravámenes.
Por su parte, Pekín parece apostar por el desgaste a largo plazo: ofrecer cooperación simbólica sin ceder el control estratégico sobre sus recursos clave. Esta postura se alinea con su visión de soberanía tecnológica y autosuficiencia industrial, enmarcada en los planes de desarrollo a 2035.
Mientras las delegaciones preparan un nuevo encuentro (sin fecha establecida), queda en el aire la interrogante de si ambas potencias están dispuestas a construir un marco de competencia estable o si continuarán utilizando el comercio como herramienta geopolítica. @mundiario


