Trump contra Powell: la guerra personal que amenaza la independencia de la Reserva Federal
La política económica de Donald Trump no conoce términos medios. Lo que ayer era un acierto hoy es una traición, y lo que entonces fue una decisión correcta hoy se convierte en una grave negligencia. En su último arrebato desde su plataforma Truth Social, el presidente ha cargado con virulencia contra Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, exigiendo su cese inmediato, a pesar de que la ley no le otorga tal facultad. “¡El cese de Powell no puede esperar!”, clamó Trump, como si el banco central fuese una extensión más del Despacho Oval.
Pero esta no es una crítica técnica ni un desacuerdo razonado. Es una nueva ofensiva dentro de una estrategia que Trump lleva años cultivando: subordinar la política monetaria a sus intereses políticos inmediatos. Ya en su primer mandato atacó con insistencia a Powell —a quien él mismo nombró en 2018— por no rebajar los tipos de interés al ritmo que él consideraba conveniente para su programa de expansión económica. Ahora, en su regreso a la presidencia, repite el guion con mayor crudeza.
El discurso es simple: si la Reserva Federal no actúa como yo quiero, es culpable del mal desempeño económico. Si la inflación sube o los mercados tiemblan, el responsable es Powell. Esta narrativa no solo distorsiona el funcionamiento de una economía moderna, sino que mina uno de los pilares fundamentales del sistema: la independencia del banco central.
Jerome Powell, por su parte, ha respondido con la serenidad que exige su cargo. En su intervención reciente en el Club Económico de Chicago, aclaró que las decisiones de la Fed seguirán basándose en datos económicos, no en presiones políticas. Su mensaje fue claro: la institución no cederá ante ninguna interferencia. No obstante, su margen de maniobra se estrecha cada vez más, no por los mercados, sino por la inestabilidad política que emana desde la Casa Blanca.
Trump acusa a Powell de actuar con lentitud y de equivocarse en sus diagnósticos. Le reprocha no haber bajado los tipos de interés como ha hecho el Banco Central Europeo, y lo culpa de “desastres” inexistentes —como un supuesto informe que Powell nunca llegó a publicar—. El verdadero problema, sin embargo, no es la inacción del banco central, sino la imprevisibilidad de la política económica del propio Trump: guerras comerciales sin planificación, aranceles unilaterales, y un desprecio sistemático por el multilateralismo que ha desorientado a empresas, inversores y socios internacionales.
La Reserva Federal tiene ante sí una tarea titánica: mantener el equilibrio entre crecimiento económico y control de la inflación, en un entorno plagado de incertidumbre. Pero lo más alarmante es que ya no se enfrenta solo a riesgos financieros o ciclos económicos, sino a una ofensiva política directa que amenaza su legitimidad institucional. Y lo hace desde lo más alto del poder ejecutivo.
El propio Powell ha advertido que las turbulencias provocadas por las medidas de Trump están dificultando los objetivos del banco central: pleno empleo y estabilidad de precios. La subida de los aranceles ha generado distorsiones en las cadenas de suministro, ha encarecido importaciones y ha elevado las expectativas de inflación. Todo ello complica cualquier decisión sobre los tipos de interés, y reduce el margen para actuar con efectividad.
Además, la inestabilidad inducida por las decisiones de Trump ha provocado movimientos indeseados en los mercados: caída del dólar, alza de los rendimientos de la deuda pública y volatilidad en las bolsas. Aun así, Trump exige que Powell actúe como si todo fuese normal. Su crítica no se basa en una lectura técnica de la coyuntura económica, sino en una lógica autoritaria de lealtad personal.
Cabe recordar que la independencia del banco central no es una cuestión meramente técnica. Es un principio democrático esencial. Cuando el poder político intenta controlar directamente la política monetaria, se abre la puerta a abusos, a decisiones populistas y a una inflación descontrolada. Es lo que han sufrido países con bancos centrales intervenidos políticamente. Estados Unidos, hasta ahora, había sido un referente en la defensa de esa autonomía institucional.
El ataque de Trump es, por tanto, más grave de lo que parece. No es solo una pataleta de alguien impaciente por ver los tipos más bajos. Es una declaración de intenciones: gobernar sin contrapesos, sin límites institucionales, sin respeto por las reglas.
Si el presidente logra imponer su voluntad sobre la Fed, si logra que Powell ceda o sea sustituido antes de tiempo por alguien más “obediente”, se pondrá en riesgo la estabilidad económica de Estados Unidos y, por extensión, del resto del mundo. En un sistema tan interconectado, una Reserva Federal sometida al poder político de turno sería una bomba de relojería para los mercados globales.
Por ahora, Powell resiste. Pero no conviene minimizar la amenaza. Trump ha demostrado ya en el pasado que está dispuesto a vulnerar los límites legales si eso le permite afianzar su poder. La Reserva Federal es uno de los últimos bastiones de autonomía en la arquitectura institucional estadounidense. Su defensa no es solo una cuestión económica. Es, sobre todo, una cuestión democrática. @mundiario


