Trump ofrece una reducción de aranceles a China: ¿una nueva oportunidad o más incertidumbre?

El presidente de EE UU se adelanta a las conversaciones con los representantes de Pekín en Ginebra para desescalar la guerra comercial y asegura que un gravamen del 80 % sobre las importaciones chinas “suena bien”.
Xi jinping, mandatario chino y Donald Trump, presidente de EE UU. / Dan Scavino - Wikimedia Commons
Xi jinping, mandatario chino y Donald Trump, presidente de EE UU. / Dan Scavino - Wikimedia Commons

El presidente de EE UU, Donald Trump, ha vuelto a sacudir el tablero comercial internacional. En un breve pero elocuente mensaje en su plataforma de Truth Social, el mandatario afirmó que un arancel del 80 % sobre las importaciones chinas “suena bien”, en comparación con el actual 145 %. Más allá de la cifra, lo relevante del anuncio es que representa la primera señal concreta de apertura a una renegociación arancelaria con China desde que escaló el conflicto comercial entre ambas potencias.

El gesto parece más simbólico que sustantivo, pues Trump evita comprometerse directamente y delega la responsabilidad en su secretario del Tesoro, Scott Bessent. Este, junto al representante de Comercio Internacional Jamieson Greer, tiene previsto reunirse en Ginebra con He Lifeng, zar económico del régimen chino, en lo que se espera sea el inicio de un nuevo ciclo de conversaciones. El objetivo inmediato: bajar la temperatura antes de discutir un acuerdo más estructurado.

Hasta el momento, el “acuerdo comercial” que esboza la Casa Blanca se reduce a una combinación de medidas bilaterales sin una arquitectura clara. Por ejemplo, mientras se califica de “histórico” el nuevo pacto comercial con el Reino Unido, este apenas contempla una rebaja parcial de aranceles a ciertos productos (coches, acero, aluminio, vacuno y etanol), sin eliminar el arancel universal del 10 % impuesto a las importaciones británicas desde abril.

La situación con China es aún más enrevesada. A las tarifas mutuas del 125 % y 145 % se suma un gravamen adicional del 20% al fentanilo que Trump impuso unilateralmente. Pekín, por su parte, ha adoptado una postura desafiante pero prudente: reconoce la necesidad del diálogo, aunque deja claro que no cederá fácilmente.

El fondo del problema es estructural. Ambos países dependen en gran medida del comercio bilateral. China exporta a Estados Unidos una enorme proporción de productos esenciales —desde cochecitos de bebé hasta maquinaria industrial—, mientras que cerca de la mitad de las importaciones estadounidenses desde China corresponden a insumos para la manufactura local. La idea de un desacoplamiento completo es, por ahora, más retórica política que una opción económicamente viable.

Sin embargo, un hipotético acuerdo enfrentaría varios problemas que sortear. Trump exige acceso al mercado chino, por lo que serán necesarias definiciones claras sobre este, así como sobre las reglas de competencia leal, la propiedad intelectual y los mecanismos de resolución de disputas. Además, falta un enfoque multilateral que integre a otros socios comerciales clave, como Canadá, México, la Unión Europea e India, actores que ya están reconfigurando sus alianzas ante el creciente aislamiento de EE UU.

Trump ha declarado que espera a sus negociadores para alcanzar nuevos pactos comerciales, y sus recientes guiños al Reino Unido y ahora a China indican una mayor disposición al diálogo. Pero los antecedentes —unilateralismo, mensajes contradictorios y agresividad arancelaria— hacen que el margen de maniobra sea estrecho.

Además, el contexto interno estadounidense añade presión: la inflación contenida, una economía que resiste, pero también un consumidor que no quiere pagar más por productos “hechos en EE UU”. Las experiencias como la de la empresa de cabezales de ducha Afina —cuyos clientes prefirieron masivamente un producto fabricado en Asia antes que uno estadounidense el doble de caro— son un reflejo del dilema entre proteccionismo y asequibilidad.

El error estratégico más notable ha sido subestimar la interdependencia. Los fabricantes estadounidenses dependen de insumos chinos, al igual que China necesita el mercado estadounidense. En ese cruce de necesidades mutuas, se encuentra una oportunidad para negociar con pragmatismo. Pero eso requiere liderazgo estable, visión de largo plazo y una política exterior menos volátil.

Mientras tanto, las conversaciones en Ginebra apenas arrancan, con la sombra de décadas de reglas comerciales dinamitadas por el propio Trump. El desafío no será solo rebajar aranceles, sino construir un nuevo marco de confianza. @mundiario

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