Ausencias estratégicas: ¿qué abarca el acuerdo comercial entre EE UU y el Reino Unido?
El reciente anuncio del primer pacto comercial entre Estados Unidos y el Reino Unido, y el primero bajo la actual Administración del presidente Donald Trump tras prometer "cientos de ellos" tras imponer la ola arancelaria el pasado abril, ha sido presentada como un paso histórico por ambas partes. Sin embargo, detrás de los titulares optimistas, se esconde una realidad más compleja: se trata de un acuerdo limitado, con concesiones importantes pero también con numerosas omisiones que plantean interrogantes sobre su alcance real y su futuro.
A diferencia de un tratado de libre comercio tradicional, el acuerdo pactado entre Washington y Londres se centra en sectores específicos: acero, aluminio, automóviles, carne de vacuno, etanol y ciertos productos agrícolas. No es un tratado integral, ni mucho menos el "acuerdo completo y exhaustivo" que Donald Trump calificó en sus declaraciones.
Por ejemplo, se eliminan aranceles del 25 % al acero británico y se reduce el gravamen a los automóviles del 27,5 % al 10 % para un cupo de hasta 100.000 vehículos al año. Asimismo, se abre una cuota arancelaria para el etanol estadounidense y para carne vacuna de ambas partes, respetando los estándares alimentarios del Reino Unido. También se promete un acceso preferencial a componentes aeroespaciales y un alivio para empresas británicas como Rolls-Royce.
Estas concesiones, aunque valiosas, responden más a presiones inmediatas de industrias clave que a una estrategia comercial de largo plazo. El sector automotriz británico y el acerero ven en el acuerdo una tabla de salvación ante los altos aranceles impuestos desde 2018 por la Administración Trump, que habían mermado gravemente su competitividad.
Lo que falta: servicios, tecnología y digital
El acuerdo deja importantes vacíos. El más notable es la ausencia de un capítulo sustantivo sobre servicios, especialmente financieros y digitales, que constituyen el núcleo del comercio británico con EE UU. Tampoco hay avances significativos en materia de comercio digital, más allá de una promesa vaga de simplificar trámites aduaneros.
El Reino Unido tampoco cedió en la eliminación del impuesto digital del 2 % que aplica a gigantes tecnológicos como Amazon, Meta y Google, pese a las presiones de Washington. Esta tasa, que recaudará unos 940 millones de euros anuales, es vista por EE UU como discriminatoria. A cambio, se acordó una futura colaboración tecnológica en áreas como biotecnología, computación cuántica, fusión nuclear y exploración espacial, pero sin compromisos vinculantes.
También llama la atención que no se haya incluido ningún tipo de previsión sobre la futura imposición de aranceles a productos farmacéuticos o culturales. Trump ha amenazado recientemente con imponer gravámenes del 100 % a películas extranjeras y ha abierto investigaciones sobre la seguridad nacional vinculada a medicamentos importados, dos sectores en los que el Reino Unido tiene gran interés y exposición.
Ventana de renegociación: abierta, pero incierta
Ambos gobiernos han señalado que los detalles finales del acuerdo están aún en redacción, y que el pacto deja la puerta abierta para futuras negociaciones. El carácter limitado del acuerdo actual puede ser solo un primer paso hacia un tratado más ambicioso, siempre que las condiciones políticas lo permitan.
No obstante, hay elementos que podrían dificultar esa ampliación. La estrategia de Trump se basa en acuerdos bilaterales tácticos, orientados a reducir déficits comerciales y proteger sectores domésticos clave, más que en construir arquitecturas comerciales integrales. Además, muchos de los avances anunciados deberán pasar por el Congreso estadounidense, donde podrían encontrar oposición.
Del lado británico, el Gobierno de Keir Starmer necesita mostrar logros concretos en política comercial post-Brexit, y este acuerdo le proporciona una victoria simbólica. Pero la falta de acceso pleno al mercado de servicios estadounidense, que representa la mayor ventaja comparativa del Reino Unido, limita sustancialmente el impacto económico del pacto.
El pacto entre Washington y Londres puede ser entendido como una solución pragmática a tensiones comerciales concretas, no como un tratado de libre comercio ambicioso. Ha protegido industrias estratégicas y enviado señales políticas de cooperación, pero deja sin resolver aspectos estructurales fundamentales del comercio bilateral. @mundiario


