Trump y las empresas, una relación complicada con los aranceles como tercera rueda
En una reciente entrevista con NBC News, el presidente de EE UU, Donald Trump, aseguró que no dudará en "llamar personalmente" a los directores ejecutivos de las empresas que expresen su desacuerdo con sus decisiones. Esta afirmación, realizada en un tono decidido, resalta un rasgo del magnate que se evidenció durante su primer mandato: la necesidad de marcar la pauta en el mundo empresarial. En la actualidad, esta característica agrava la situación de las empresas privadas en un contexto afectado por los efectos de los aranceles impuestos a las importaciones, especialmente desde China.
Todo comenzó con una información divulgada por el digital Punchbowl News, que afirmaba que Amazon contemplaba incluir cargos por aranceles en sus listados de productos como resultado de las tasas del 145 % impuestas por la Administración Trump a las importaciones chinas. La reacción del presidente fue directa: contactó personalmente a Jeff Bezos, fundador y presidente ejecutivo de Amazon para explicarle algunos puntos clave.
Según Trump, la conversación fue amistosa y efectiva. Bezos, dijo el mandatario, accedió rápidamente a eliminar la mención de los aranceles. “Tenemos una relación. Me dijo ‘no quiero hacer eso’ y lo quitó de inmediato”, aseguró.
Este episodio parece ilustrar el estilo personalista de Trump: usar la influencia directa para modificar decisiones corporativas que considera perjudiciales para su narrativa política o para la percepción pública de sus medidas económicas. La pregunta es si estas llamadas deben entenderse como liderazgo firme o como una forma de presión que pone en jaque la autonomía empresarial.
Aranceles como “incentivo”, no como “impuesto”
Trump defendió nuevamente su política arancelaria con un argumento reiterado: no los ve como un impuesto al consumidor, sino como una herramienta para incentivar la relocalización de fábricas y empleos en Estados Unidos. “La empresa absorbe el arancel. No se transfiere”, afirmó, en contra de lo que múltiples estudios económicos y la experiencia reciente sugieren.
Sin embargo, los datos indican que muchas compañías están sufriendo el impacto. Amazon reportó un golpe de mil millones de dólares en su último trimestre debido a aranceles y devoluciones de clientes. Empresas como PepsiCo y Procter & Gamble también han advertido sobre efectos negativos en sus márgenes, y varias marcas minoristas han comenzado a trasladar los costos a los consumidores bajo la etiqueta de “cargos de importación”.
Lejos de minimizar los efectos, Trump ha intentado reformularlos como un ajuste cultural: menos consumo, menos “exceso”. En reuniones con su gabinete, ha dicho que las niñas no necesitan “30 muñecas” y que “pueden tener tres o cuatro”. Bajo esta lógica, las alzas de precios o la reducción de variedad no serían problemas económicos, sino síntomas de una corrección necesaria en los hábitos de consumo estadounidenses.
Este discurso, aunque coherente con su visión de un comercio más nacionalista, choca con la realidad de muchas familias que ven cómo se encarecen productos básicos y cotidianos, desde útiles escolares hasta electrodomésticos.
¿Un estilo de gobierno empresarial?
La disposición de Trump a contactar directamente a ejecutivos de grandes corporaciones refleja su visión empresarial de la política. Él mismo lo resume con claridad: “Si creo que alguien está haciendo algo incorrecto o perjudicial para el país, llamaré”. Sin embargo, este enfoque plantea dudas sobre la separación entre el poder político y las decisiones de empresas privadas en una economía de mercado.
Más allá de Amazon, queda claro que este estilo podría repetirse con otros gigantes del retail o la tecnología. En un entorno donde las decisiones empresariales están cada vez más politizadas, las palabras del presidente actúan como advertencia —o promesa— de cómo podría manejar su relación con el sector privado si no se pliegan a su narrativa.
El episodio de Trump y Bezos no es solo una anécdota, sino un símbolo de una visión política donde la presidencia interviene de forma directa en la esfera empresarial. Las políticas arancelarias, lejos de ser neutrales, están reconfigurando las estrategias de grandes compañías y afectando al consumidor final.
La relación entre el poder político y grandes corporaciones en EE UU siempre ha sido compleja. La pregunta que queda es si estas presiones son una forma efectiva de proteger los intereses del país o una peligrosa intromisión que distorsiona las reglas del juego económico. @mundiario


