Málaga anuncia una moratoria de tres años sin nuevas viviendas turísticas
En Málaga, el turismo ya no solo se siente en las terrazas abarrotadas o en las colas de museos. También se palpa en el silencio de los portales, en los buzones que acumulan polvo y en las luces apagadas de pisos que ya no albergan vecinos, sino visitantes fugaces. La ciudad, que en la última década ha abrazado la economía turística como motor de crecimiento, ahora se ve obligada a frenar. El Ayuntamiento ha anunciado una moratoria de tres años para nuevas licencias de viviendas de uso turístico en todo su término municipal. Un alto en seco que llega tarde para muchos, pero que pretende evitar que Málaga pierda su esencia como lugar para vivir.
La medida, amparada en un decreto autonómico que permite suspender licencias por razones de interés general, es un reconocimiento explícito de que las restricciones anteriores no fueron suficientes. Ni limitar permisos a viviendas con entrada independiente ni vetarlos en 43 barrios saturados logró el objetivo. Hoy la capital cuenta con casi 13.000 viviendas turísticas registradas, el doble que Barcelona, y en algunas calles del centro representan más de la mitad de todo el parque residencial.
Según señala El País, el alcalde Francisco de la Torre lo resumió en una frase que sonó tanto a advertencia como a compromiso: “No habrá ni una más”. Durante este tiempo, el consistorio estudiará cómo reformar el Plan General de Ordenación Urbana para regular de forma más efectiva la convivencia entre la Málaga de postal y la Málaga de todos los días.
Sin embargo, detrás de los datos y las regulaciones hay una historia más honda: la de los vecinos que ven cómo el precio de su alquiler sube un 7,3% en un año, o cómo comprar casa es un sueño cada vez más lejano con un incremento del 14%. La vivienda ya es la principal preocupación de los malagueños, según la Universidad de Málaga. No se trata solo de números: se trata de identidad, de pertenencia, de quién tiene derecho a habitar la ciudad.
Un problema que trasciende Málaga
La decisión malagueña no es un caso aislado, sino el reflejo de una tensión que atraviesa muchas ciudades turísticas. Barcelona, Lisboa, Ámsterdam o Venecia han implementado medidas similares, conscientes de que el atractivo internacional puede volverse en su contra si expulsa a los residentes. En Málaga, la plataforma ciudadana Málaga para vivir ha liderado la protesta social, denunciando que la saturación turística no solo encarece la vivienda, sino que degrada la convivencia y vacía los barrios de vida real.
El reto es monumental: usar esta moratoria para diseñar un modelo en el que el turismo no canibalice la oferta residencial. El Ayuntamiento promete escuchar a todos los actores —desde el sector turístico hasta colegios profesionales y expertos en urbanismo—, pero la experiencia demuestra que sin valentía política las medidas se diluyen. Tres años pueden ser un suspiro si no se acompañan de cambios estructurales en la fiscalidad, la inspección y la planificación urbanística.
Más allá del debate económico, la pregunta central es qué tipo de ciudad quiere ser Málaga. Una que prioriza al visitante sobre el vecino corre el riesgo de convertirse en un parque temático con playa. Una que cuida su tejido residencial apuesta por un equilibrio más difícil pero más sostenible. Las estadísticas y las leyes ayudan, pero la batalla se ganará en el terreno de las decisiones concretas: cuántos pisos se dedican al turismo, cómo se controla la legalidad y, sobre todo, qué incentivos hay para que la vivienda vuelva a ser, ante todo, un hogar. @mundiario

