Ha estallado la nueva crisis de la escasez

escasez de gas.
escasez de gas.

A la crisis múltiple con la aparición de la covid-19 se le suma ahora la falta de materias primas que mueven la economía, dificulta la recuperación, y nos obliga a replantear la reindustrialización y la transición ecodigital.

Ha estallado la nueva crisis de la escasez

Ha estallado una nueva crisis. La crisis de la escasez. Y nadie parecía adivinarla. Pero parece que no inquieta a nuestros gobernantes salvo a los afectados.  Al jaque mate sufrido por la falta de mascarillas durante la pandemia del COVID, así como de médicos, hospitales, personal sanitario y después de vacunas, se le une ahora también la lenta paralización del continente por falta de materias primas y bienes de equipo, entre ellos los microchips que nutren a la industria del motor y tecnológica.

Hasta 14 minerales para la industria escasean en Europa por depender para su alta tecnología de Asia, Rusia, África y Sudamérica. También hay escasez de gas, metales como acero, aluminio y cobre, polímeros, productos químicos e incluso madera. 

Al disparo de la energía eléctrica como nunca antes junto a la subida del petróleo, gas, la inflación y la pérdida previa de competitividad hay que añadir ahora un repentino caos mundial en la cadena de suministros. Pero todo ello no altera el ánimo de nuestros predicadores políticos. Al contrario, a tenor por el escaso desánimo que transmiten en sus acciones de gobierno. Hay quienes levantan sus persianas en los ministerios por la mañana con preocupaciones más mundanas propias de incompetentes aforados: la “foto oportunity”, provocar el titular descafeinado del día o soltar ciertas garzonadas para tapar cada vez más subidas de los precios. 

Si Europa tiene que replantearse ahora con el desabastecimiento por todo ello la reindustrialización y la transición ecodigital para dejar de depender como un continente frágil de otros gigantes asiáticos, qué podemos decir de España a la cola en el empleo, paro, la deuda histórica y el gasto público como nunca antes se vio. Con la nueva crisis de la escasez, hay que temerse lo peor. 

Pocos advierten que esta nueva crisis global podrá provocar que los países y las empresas tengan que replantearse su política de inventario y estocaje ajustada tras el final de la II Guerra Mundial a la filosofía de Toyota “Just in Time”.

Por lo que a España concierne, sumida en una espiral de crisis concatenadas desde 2008, hace tiempo que no cumple los criterios de convergencia europea  corriendo el riesgo de ser arrastrada ahora a una mayor tragedia nacional por la falta de suministro de componentes mundiales claves para la economía, el encarecimiento adicional de los precios, subidas fiscales e inadecuada recaudación pública. 

Por si no fuera poco, hay que sumarle la resistencia insistente a las reformas estructurales, ganando la impresión que aguardamos a que nos diga Europa cómo llevarlas a cabo para escondernos del coste político en España.

Lo malo de la nueva crisis de la escasez es que tanto España como Europa ponen en riesgo también la transición ecológica. Según estima la UE para cumplir su objetivo de neutralidad climática, necesitará hasta 18 veces más litio y cinco veces más cobalto en 2030 que escasean hoy en día. Las proyecciones suben a 60 veces más litio y 15 veces más cobalto para el 2050. Por otro, la escasez  amenaza con alargarse en el tiempo, generando interrupciones en las cadenas de suministro, paralizando fábricas, presionando al alza los costes de producción, precios y pasando factura al crecimiento de la economía penínsulo-continental. De hecho, no hay que mirar muy lejos para constatar ya el cierre temporal de fábricas de automóviles y de componentes a la que se sumarán desgraciadamente más industrias por la imprevisión de acopio de microprocesadores y otros componentes.


¿GESTIONAMOS LOS EUROPEOS PARA LOS MARCIANOS?

La geopolítica no es lo nuestro. Así lo ha puesto también de manifiesto la líder ecologista sueca Greta Thunberg cuando denunció en suelo alemán la semana pasada tanta palabrería vacía (blablabá) de los europeos por luchar contra el cambio climático. Lo mismo podríamos decir en cuestiones de seguridad, defensa, política fiscal, migración, judicial y otros muchos frentes. En verdad, ¿No hay nadie en toda la UE que piense estratégicamente y adivine que así no podemos seguir dependiendo del exterior para abastecer a los europeos de productos básicos? Lo intentamos con una especie de central de compras para las vacunas desde Bruselas. Pero para las materias primas cada cual negocia por su lado. Y así nos va, con tantas distorsiones en el mercado como por ejemplo el de la luz. Pero no será por falta de políticos en Europa, a los que se les debe agregar los 709 recién estrenados diputados alemanes en el Bundestag de Berlín, considerado el parlamento mayor y más costoso del mundo.

A falta de suficiente energía verde, la mayor parte del combustible fósil que mueve el continente europeo se importa, salvo producciones puntuales en el Mar del Norte. En la transición del petróleo, resulta que dependemos por el norte del gas soviético y del gas de Argelia  por el sur, simplemente porque optamos por sufragar hidrocarburos contaminantes antes que apostar por redes de energía limpia propias. Ya veremos cómo afronta España el cierre del suministro de gas argelino este invierno.

Cuando además no hemos hecho más que empezar con el despegue de la energía solar, hay otra amenaza que cierne sobre Europa. Son las placas solares de nueva generación que está desarrollando China para el 2022/23 y que serían mucho más eficaces que las actuales obleas de silicio, lo que generará todo un revulsivo según algunos gurús. Pero Europa parece gestionar para los marcianos. Tras el deshielo aparente de la economía con el confinamiento, hemos despertado a la urgencia de la digitalización pero sin  reparar que estamos cortos de productores europeos de microprocesadores dependiendo de países como China, Corea y Japón entre otros. 

Hace décadas, Europa fue uno de los centros mundiales de fabricación de semiconductores, pero redujo drásticamente su fabricación en los últimos 20 años, y los diseñadores de chips para automóviles, como NXP Semiconductors e Infineon Technologies, optaron por subcontratar una gran parte de la producción a gigantes asiáticos. Solo la firma taiwanesa TSMC monopoliza alrededor del 80% mundial de los microchips. La pírrica oferta para tanta demanda mundial durará como mínimo hasta 2022 y serán necesarias inversiones de más de 40.000 millones de dólares para solucionarla según ciertas fuentes.

Desde luego, Asia (China) tiene al alcance de la mano paralizar a Europa si quisiera por completo, porque aquí nuestros políticos se dedican a Sus Labores (SL) más que a gestionar el futuro del continente, mimar la geopolítica y facilitar la vida de los 300 millones de europeos sin tanta dependencia del exterior.
 

TAMBIEN ESCASEAN LAS ELECTROLINERAS 

Pensar integralmente significa que si España quiere seguir siendo una potencia mundial no puede descuidar el turismo que llega al país por carretera y en especial los puntos de carga para vehículos eléctricos. Estamos actualmente a la cola en la UE en términos de electrolineras e hidrogeneras, por falta de  una apuesta decidida de las administraciones  por abrir puntos de carga (públicos y privados) para el futuro tanto del coche eléctrico como a base de hidrógeno. Y esta causa no es tanto una consecuencia de la crisis de la escasez, sino de una falta de planificación y adaptación ágil a las tendencias del mercado.

Al ser un país periférico que nos suele llegar alrededor de 14 millones de turistas en vehículos, resulta incomprensible llevar años malgastando tanta saliva (blablabá) sobre el futuro sin que se hayan concretado medidas aquí para fomentar una red de electrolineras que se adelante al futuro, contribuya a la nueva movilidad, la transición ecodigital y sobre todo, haga de España destino favorito en Europa para los turistas en coches eléctricos.

Las quejas de fabricantes de automóviles y algunos gremios del turismo coinciden en que España tiene que innovar a más velocidad si no quiere perder también el tren del turismo con coche eléctrico en detrimento de otros competidores más adelantados. Según fuentes del sector, España -primer destino turístico en Europa-  dispone actualmente en el territorio apenas 3 de cada 100 electrolineras en la UE. 

De acuerdo a la Comisión Europea, para contribuir a la transición ecológica una nueva disminución del 50% de las emisiones de CO2 de los automóviles en 2030 requeriría unos seis millones de puntos públicos de recarga disponibles. Con menos de 225.000 disponibles en la actualidad en la UE, eso se traducirá en un asombroso aumento de 27 veces en menos de una década.

A pesar de cierta normativa española del 2016 que obliga a instalar puntos de carga para coches eléctricos en las nuevas edificaciones, parece que no estamos tan avanzados como quisiéramos, y en especial en los puntos públicos de carga, cuando hay determinadas CCAA que actúan por su cuenta sin coordinación.

 

 

 

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