La guerra en Irán pone en riesgo la inflación y el crecimiento de España
La guerra vuelve a colarse por la puerta de la economía. La escalada militar en Oriente Próximo tras el ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán ha reactivado uno de los mayores temores de gobiernos y bancos centrales desde 2022: que el precio de la energía vuelva a disparar la inflación y frene el crecimiento global. España no es un actor directo en el conflicto, pero sí una economía profundamente conectada con los mercados internacionales de energía, comercio y turismo. Por eso, aunque las bombas caigan a miles de kilómetros, sus efectos podrían sentirse pronto en los bolsillos de los ciudadanos.
Las primeras estimaciones apuntan a un impacto limitado, pero inquietante. Según cálculos de Funcas, si la escalada militar se prolongara durante tres meses —el escenario central manejado por el organismo— la inflación española podría situarse ligeramente por encima del 3% antes del verano. Al mismo tiempo, el crecimiento económico previsto para 2026 se reduciría en torno a dos décimas respecto a las previsiones iniciales, que situaban el avance del PIB en el 2,4%.
A primera vista, las cifras pueden parecer moderadas. Sin embargo, esconden un mensaje mucho más profundo: la economía europea, y particularmente la española, sigue siendo vulnerable a los shocks energéticos globales. Y Oriente Próximo continúa siendo uno de los epicentros más sensibles del planeta cuando se trata de energía.
Los precios energéticos
La clave está en cómo la guerra altera el funcionamiento de los mercados internacionales. El cierre casi total del estrecho de Ormuz —una arteria estratégica por la que circula cerca de una quinta parte del comercio mundial de hidrocarburos— ha generado una inmediata reacción en los precios energéticos. En apenas unos días, el barril de Brent ha subido un 14%, mientras que el Mibgas, referencia del gas en el mercado ibérico, se ha disparado cerca de un 48%.
La energía vuelve así a convertirse en el principal canal de transmisión del conflicto hacia la economía española. Y, como ya ocurrió tras la invasión rusa de Ucrania, el problema no es solo el precio del combustible, sino el efecto dominó que provoca en toda la economía.
Energía cara, inflación inevitable
El petróleo y el gas son el primer eslabón de una cadena inflacionaria que termina afectando a prácticamente todos los sectores. El crudo repercute directamente en el coste de los carburantes —gasolina y diésel— mientras que el gas influye tanto en el precio doméstico como en el coste de la electricidad.
Las correlaciones históricas son claras. Funcas estima que una subida del 10% en el precio del petróleo añade aproximadamente una décima a la inflación en España. Lo mismo ocurre con el gas: un incremento similar también eleva el índice de precios en torno a una décima.
Los primeros efectos ya empiezan a ser visibles. El precio de los carburantes ha subido alrededor de diez céntimos por litro en solo una semana. Mientras tanto, la tarifa regulada de la electricidad (PVPC) se sitúa en lo que va de mes un 13% por encima de la media del mes anterior.
Aunque todavía es pronto para determinar cuánto de ese encarecimiento se debe directamente a la guerra, la tendencia apunta en una dirección clara: el coste de la energía vuelve a presionar al alza el coste de la vida.
El golpe silencioso al crecimiento económico
La inflación no es el único riesgo. El encarecimiento de la energía actúa también como un freno silencioso para la actividad económica.
Cuando la cesta de la compra se encarece, los hogares ajustan su consumo. Ese menor gasto afecta a empresas, comercio y servicios, debilitando uno de los motores principales del crecimiento económico español: el consumo privado.
Las exportaciones tampoco quedarían al margen. Si la guerra provoca un enfriamiento de la economía internacional, la demanda de productos españoles podría reducirse. Algo similar podría ocurrir con la inversión empresarial, ya que muchas compañías tienden a retrasar proyectos cuando aumenta la incertidumbre global.
El turismo, uno de los pilares de la economía española, también podría verse afectado. El encarecimiento de los vuelos y la pérdida de poder adquisitivo de los visitantes internacionales pueden reducir la llegada de viajeros. Sin embargo, existe un posible efecto compensatorio: España podría beneficiarse si algunos destinos cercanos a Oriente Próximo son percibidos como menos seguros.
¿Un nuevo 2022 o un impacto más contenido?
A pesar de los paralelismos inevitables con la crisis energética de 2022, los analistas consideran que el escenario actual todavía está lejos de aquel shock económico.
En aquel momento, el petróleo llegó a superar los 180 dólares por barril, más del doble del precio actual. El gas, por su parte, alcanzó niveles extremos, con el Mibgas rozando los 200 euros por megavatio hora, cuatro veces más que en la actualidad.
Además, Europa llega ahora a este episodio con una ventaja estratégica: la menor dependencia del gas procedente del Golfo y una mayor diversificación de proveedores energéticos tras la ruptura con Rusia. Ahora bien, eso no significa que el riesgo haya desaparecido. Si el conflicto se prolonga o si infraestructuras energéticas clave resultan dañadas, el escenario podría deteriorarse rápidamente.
Por ahora, el Gobierno español observa la evolución del conflicto con cautela. No ha anunciado medidas, pero sigue de cerca los mercados energéticos y los indicadores macroeconómicos. Si la guerra se enquista y el impacto sobre hogares y empresas se intensifica, no se descarta un nuevo paquete de ayudas similar al desplegado tras la guerra de Ucrania. @mundiario



