Por carta y sin negociación: Donald Trump impone sus nuevos aranceles
Una remesa de cartas que detallan qué aranceles piensa poner Estados Unidos a sus socios empezaron a salir con remitente de la Casa Blanca este viernes 4 de julio. Es el inicio de una ofensiva comercial sin precedentes, en la que Washington opta por la presión unilateral frente a la negociación multilateral, y que amenaza con redibujar el mapa del comercio global desde el despacho oval de la Casa Blanca.
Las misivas, según el presidente Donald Trump, notificarán a entre “10 y 12 países” qué tasas arancelarias impone Estados Unidos sobre sus exportaciones. Algunos socios recibirán tarifas de entre el 10% y el 20%, otros podrían afrontar un castigo fiscal de hasta el 70%. La medida, anunciada en tono triunfalista desde un mitin en Des Moines (Iowa), coloca al mundo en un escenario de tensión comercial.
Este despliegue de cartas no es solo una declaración de guerra económica. Es también un símbolo de cómo Trump entiende la diplomacia: como una sucesión de ultimátums, promesas rotas y giros de guion. Lo que parecía ser una estrategia de negociación con margen para el acuerdo se convierte, a cinco días de que venza el plazo inicial del 9 de julio, en una imposición directa. El mensaje es claro: no hay tiempo para más conversaciones, lo que queda es aceptar las reglas de Washington o afrontar las consecuencias.
Más grave aún es la forma. Trump no ha aclarado qué países serán castigados ni por qué. Tampoco ha detallado qué sectores se verán más afectados. Solo ha dado porcentajes y fechas: el 1 de agosto, según dijo, el dinero empezará a fluir hacia EE UU. Pero ¿a qué coste? Como es habitual, los aranceles no los pagan directamente los países de origen, sino importadores e intermediarios que, a su vez, repercutirán el aumento de costes sobre empresas y consumidores. La supuesta “reciprocidad” arancelaria que defiende Trump es un espejismo. Lo que en realidad genera es inflación, inestabilidad y miedo en los mercados.
Una política comercial sin brújula
Esta ofensiva arancelaria entra en colisión con las señales que su propio Gobierno venía lanzando en las últimas semanas. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, declaró hace solo unos días a Bloomberg Televisión que el 9 de julio no era una fecha tan crítica, y que el objetivo era tener resueltos los acuerdos antes del 1 de septiembre. También se había vendido la idea de que el aplazamiento de los aranceles anunciados el 2 de abril (el llamado “Día de la Liberación”) buscaba dar aire a la negociación. Nada de eso se ha cumplido. En tres meses solo ha habido avances sustanciales con el Reino Unido y un principio de acuerdo con Vietnam.
Trump, sin embargo, parece haber perdido la paciencia. “Tenemos más de 170 países, ¿y cuántos acuerdos se pueden lograr?”, se preguntó ante los medios. Es una confesión que delata lo impracticable de su propia estrategia. Firmar pactos simultáneos con decenas de países en tan poco tiempo no es solo difícil, es directamente inviable. Y sin embargo, su solución no es negociar mejor, sino imponer más.
Aranceles de hasta el 70%: el salto al abismo
Quizá lo más alarmante de esta nueva fase es el techo que Trump está dispuesto a imponer. Un 70% de arancel es, en la práctica, un bloqueo comercial. Significa que ciertos productos serán directamente inviables para competir en el mercado estadounidense. Es una medida tan extrema que no solo rompe con la tradición comercial de EE UU, sino que contradice los propios anuncios del presidente. En abril, el máximo arancel previsto era del 40%. Ahora, sin explicar por qué, el listón ha subido hasta niveles incompatibles con la lógica del libre comercio.
Trump ha dicho que prefiere enviar cartas en vez de seguir negociando. Es una frase que sintetiza su política exterior: menos diálogo, más imposición. El mensaje es preocupante no solo para los socios comerciales, sino también para los ciudadanos estadounidenses. Porque son ellos quienes, con cada producto más caro, con cada cadena de suministro interrumpida, con cada tensión geopolítica añadida, pagarán el precio real de estas cartas.
Esta ofensiva coincide con el inicio del calendario simbólico rumbo al 250 aniversario de la Declaración de Independencia, que Trump quiere convertir en un año entero de celebraciones patrióticas. La guerra de aranceles forma parte de ese relato: el de un Estados Unidos que “deja de ser explotado” y “recupera el control” de su economía. Trump busca agitar las emociones nacionalistas, ofrecer una imagen de fortaleza y simplificar un problema complejo en una fórmula populista: nosotros contra ellos. @mundiario



