¿La apuesta renovable puso en jaque la estabilidad energética?
El reciente apagón que dejó a millones de hogares sin electricidad en plena jornada laboral ha sido interpretado por muchos como un evento sorpresivo, fruto de una concatenación de errores o un simple fallo técnico. Sin embargo, desde hace meses, los expertos más cualificados del sistema eléctrico español ya venían alertando de que este tipo de incidentes no solo eran posibles, sino incluso previsibles. Uno de estos avisos se encontraba en la memoria anual 2024 de Redeia —la compañía matriz de Red Eléctrica—, donde se advertía con claridad sobre los peligros que entraña una transición energética mal equilibrada.
En dicho informe, presentado a los inversores a finales de febrero, Redeia avisaba de la posibilidad de que se produjeran “desconexiones de generación severas”, provocadas principalmente por el aumento de la generación renovable distribuida y por el cierre progresivo de las centrales convencionales. Lejos de tratarse de un detalle técnico menor, estas advertencias apuntaban a un desequilibrio estructural en el sistema: las fuentes renovables, aunque limpias y cada vez más abundantes, carecen de la inercia, la capacidad de regulación y la fiabilidad inmediata que ofrecían las centrales térmicas, nucleares o de ciclo combinado.
El problema no es que la energía renovable sea ineficaz, sino que la arquitectura actual del sistema no ha evolucionado lo suficientemente rápido para gestionar su enorme penetración. Las instalaciones solares de autoconsumo, por ejemplo, generan energía sin pasar necesariamente por el gestor del sistema, lo que dificulta las previsiones en tiempo real. Cuando estas plantas, junto con otras de menor escala, no responden de forma adecuada a una perturbación —como una caída brusca de frecuencia o una desconexión de red—, el sistema puede entrar en una espiral de desconexiones en cadena. Esto es exactamente lo que, según varias fuentes técnicas, habría ocurrido el lunes.
Redeia apuntaba también al cierre de las centrales convencionales como un factor de debilitamiento del sistema. Estas plantas ofrecían lo que se conoce como "potencia firme", es decir, capacidad garantizada de producción en momentos críticos. Además, aportaban inercia al sistema, un concepto técnico que alude a la estabilidad física de la red ante variaciones rápidas. Sin ellas, el margen de maniobra ante eventos inesperados se reduce notablemente.
En 2024, más del 56% de la electricidad generada en España provino de fuentes renovables. La cifra, en apariencia excelente desde el punto de vista climático, encierra también una complejidad técnica nada despreciable. La eólica lideró la producción con un 23%, seguida de la nuclear (20%) y la solar fotovoltaica (17%). Las centrales de gas natural (ciclos combinados) y la hidráulica aportaron en torno al 13% cada una. Este reparto revela un escenario donde las renovables son predominantes, pero también más variables e impredecibles.
A cambio, las emisiones de CO₂ asociadas a la producción eléctrica alcanzaron su mínimo histórico, con una caída del 16,8%. Es un logro climático incuestionable, pero que no debe hacernos perder de vista los riesgos operativos. La sostenibilidad no puede avanzar a costa de la estabilidad del sistema. La transición energética debe construirse sobre un equilibrio razonado entre descarbonización, seguridad y resiliencia.
La cuestión no es si debemos avanzar hacia un modelo renovable —la respuesta es indudablemente sí—, sino cómo lo hacemos. No basta con instalar más paneles y aerogeneradores; hace falta rediseñar el sistema eléctrico, invertir en tecnologías de almacenamiento, reforzar las interconexiones y establecer mecanismos automáticos de respuesta ante emergencias. También es urgente que el discurso político se alinee con las advertencias técnicas, dejando de ignorar las señales que desde hace tiempo emiten los propios operadores del sistema.
En última instancia, el apagón del lunes no fue un accidente aislado, sino un síntoma de un sistema en transformación que aún no ha consolidado sus bases. La transición energética es tan necesaria como delicada, y lo ocurrido esta semana debe ser un punto de inflexión para dejar de pensar en términos de metas porcentuales y comenzar a hablar, con seriedad, de seguridad estructural.
¿Debería el Gobierno reevaluar el calendario de cierre de las centrales convencionales para garantizar una transición más segura? @mundiario


