Acuerdo UE–Mercosur: ganadores, perdedores y la fractura europea tras más de 25 años de negociación
Mientras la industria y los exportadores celebran la apertura de mercados, el sector agrario europeo con Francia a la cabeza denuncia una amenaza existencial. El tratado avanza, aunque rodeado de vetos políticos, protestas en el campo y una ratificación aún incierta.
Tras más de tres décadas de negociaciones intermitentes, la Unión Europea y Mercosur han dado un paso decisivo hacia la creación de la mayor zona de libre comercio del planeta. El acuerdo, respaldado por una mayoría cualificada de los Estados miembros, marca un hito comercial y geopolítico para Bruselas en un contexto de proteccionismo creciente y tensiones globales que avisan de la mutación del orden mundial. Sin embargo, su aprobación ha dejado al descubierto profundas divisiones internas y un reparto claro —aunque controvertido— de ganadores y perdedores.
El principal beneficiario del acuerdo es el tejido industrial europeo, especialmente sectores como la automoción, química y farmacéutica, que ven en Mercosur un mercado alternativo frente a la presión arancelaria de EE UU y la feroz competencia china. La Comisión Europea estima que el pacto podría impulsar las exportaciones en hasta 84.000 millones de euros y generar cientos de miles de empleos.
Para países como España y Alemania, el balance es claramente positivo. La industria agroalimentaria española, muy golpeada por la inestabilidad comercial global, lleva años reclamando la apertura del mercado sudamericano. Productos como el aceite de oliva, el vino, las conservas de pescado o el jamón encuentran en Brasil —principal economía del bloque— un destino con alto potencial de crecimiento. La eliminación progresiva de aranceles, algunos superiores al 25 %, refuerza esta expectativa, aunque en ciertos casos el desarme tarifario será lento y asimétrico.
Más allá de lo económico, la UE también gana en términos estratégicos. El acuerdo refuerza su credibilidad como actor comercial global y consolida su presencia en América Latina, una región clave en la diversificación de alianzas en un mundo cada vez más fragmentado.
Los perdedores: el campo europeo y la ganadería
En el otro extremo del balance se sitúa el sector primario europeo. Agricultores y ganaderos, especialmente en Francia, Italia y partes de España, perciben el acuerdo como una amenaza directa. La liberalización de contingentes y la reducción de aranceles facilitarán la entrada de productos agrícolas y cárnicos de Mercosur, producidos con costes mucho más bajos y bajo estándares que, según denuncian las organizaciones agrarias, no siempre son equiparables a los europeos.
La carne de vacuno es el símbolo de este temor. La eliminación de la llamada “cuota Hilton” y la ampliación de contingentes para carne de menor calidad alimentan el miedo a una caída de precios y a una competencia que anticipan como desleal. Aunque la Comisión ha incluido cláusulas de salvaguarda y promete mecanismos de protección, los productores las califican de insuficientes y difíciles de activar en la práctica.
La resistencia francesa no es coyuntural, sino estructural. París ha convertido Mercosur en una cuestión de Estado, combinando la defensa del campo con una tradición política proteccionista y una presión social creciente. El rechazo es transversal: desde la extrema derecha del Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen hasta la izquierda radical de La Francia Insumisa (LFI) de Jean-Luc Mélenchon, pasando por sectores del macronismo, el acuerdo se percibe como un sacrificio del modelo agrícola francés en nombre del libre comercio.
Francia perdió la batalla en el Consejo, pero ha dejado claro que trasladará la lucha al Parlamento Europeo e incluso al Tribunal de Justicia de la UE (TJUE). La amenaza de bloqueos legales y mociones de censura añade incertidumbre a un proceso que aún requiere múltiples ratificaciones.
Una ratificación cuesta arriba
El camino del acuerdo está lejos de concluir. La Eurocámara, más fragmentada tras las elecciones de 2024, será el próximo gran obstáculo. La presencia reforzada de eurodiputados ultras, el rechazo de la izquierda radical y las divisiones internas en los grandes grupos por intereses nacionales anticipan una votación ajustada. Bastan unos pocos votos para frenar o retrasar un pacto que Bruselas considera esencial.
El acuerdo UE–Mercosur simboliza la apuesta europea por el multilateralismo y la apertura comercial en tiempos de repliegue global. Sin embargo, también evidencia sus límites: la dificultad de conciliar intereses industriales y agrícolas, la brecha entre Estados miembros y la creciente politización del comercio.
Casi 30 décadas después de iniciarse las negociaciones, el pacto está más cerca que nunca de ver la luz. Pero su verdadero examen no será solo económico, sino político y social. En ese equilibrio entre ganadores y perdedores se jugará no solo el futuro de Mercosur, sino la capacidad de la Unión Europea para sostener consensos internos en un mundo cada vez más hostil. @mundiario





