Sevilla-Girona se suspende por alerta naranja y un caos de responsabilidades
La suspensión del Sevilla-Girona no se escribió con barro ni con botes maldados, sino con nubes negras y un aviso naranja que convirtió Nervión en un escenario de riesgo. El club pidió frenar el partido por prudencia, pensando en los aficionados que debían desplazarse desde localidades cercanas. Era una petición lógica, casi de sentido común, en un fútbol que presume de cuidar al espectador mientras lo empuja a viajar en condiciones inciertas.
Sin embargo, LaLiga optó por el regate burocrático: sin alerta roja, no había urgencia. Y ahí empezó el baile de sillas. La decisión pasó de un despacho a otro como si la seguridad fuese una pelota caliente, derivándose a la Subdelegación del Gobierno, y de ahí a la Junta de Andalucía. Mientras tanto, el reloj corría y la amenaza meteorológica no entendía de competencias ni de calendarios.
La indignación sevillista creció porque el contraste era evidente. Hace poco se suspendieron encuentros por el estado del césped, como el Rayo-Oviedo, con el argumento de proteger la integridad de los futbolistas. ¿Y la de los aficionados? ¿Y la de los trabajadores del estadio? El Sevilla no pedía un favor: pedía coherencia. Y el Ayuntamiento se sumó a la solicitud, reforzando la idea de que la prioridad debía ser la seguridad, no el marketing del “partido a toda costa”.
Finalmente, LaLiga concedió la suspensión, pero lo hizo dejando un rastro incómodo: el de la improvisación. Porque el problema no fue el aplazamiento, sino el proceso. Se evidenció que no hay un protocolo claro, que no existe una cadena de mando definida y que, en situaciones límite, el fútbol español sigue funcionando como una mesa con demasiados jefes y nadie dispuesto a firmar.
El episodio, además, reaviva precedentes que dejan a más de uno en evidencia. En 2023, el Atlético-Sevilla se suspendió por decisión de la Subdelegación del Gobierno en Madrid, lo que demuestra que sí existe margen para actuar con firmeza. Pero en esta ocasión, Nervión se quedó con la sensación de que tuvo que empujar hasta el final para que se hiciera lo correcto. Y eso, en un deporte que vende profesionalidad, es el verdadero temporal. @mundiario


