El ejemplo de Tahití es toda una lección para la reflexión sobre el fútbol

Imagen de Telecinco del España-Tahit, que acabó en goleada.
Imagen de Telecinco del España-Tahit, que acabó en goleada.
Define su estatus la intención de uno de ellos, goleado por España pero ilusionado con pedirle la camiseta al español del Chelsea Niño Torres… a quien sirvió de guía en la isla cuando fue de luna miel allí.
El ejemplo de Tahití es toda una lección para la reflexión sobre el fútbol

Tahití es una pequeña isla de apenas mil kilómetros perdida en el Océano Pacifico con una población que escasamente supera los ciento setenta cinco mil habitantes. Su nombre nos viene a la memoria asociado a los avatares de la goleta La Bounty popularizados en el cine por un magistral Marlon Brando. O al sublime y desdichado pintor impresionista Gauguin y su estancia en ella en la última década del siglo XIX en su último periplo vital.

De esta isla lejana, sensual y mágica, formalmente vinculada a los residuos imperiales de la republicana Francia llegó a Brasil un grupo heterogéneo de mozalbetes que tienen en común su amor al balompié. Arribaron con lo puesto, sería una aproximación casi literal. Titulares de diversos oficios, algunos parados, y aun así tan animosos como para contribuir de su escasa pecunia a financiar parte del material deportivo que usan. Define su estatus la intención de uno de ellos, goleado por España pero ilusionado con pedirle la camiseta al español del Chelsea Niño Torres… a quien sirvió de guía en la isla cuando fue de luna miel allí.

Esta expedición fue tratada con notorio desdén y haciéndola de menos en todos los comentarios de la farándula que acompaña el evento. Cuando no era sarcasmo fue ironía. El pariente pobre en el banquete de los poderosos. Es el caso desde luego. Pero también lo es, que es la única selección amateur que participó en esa sui generis Copa Confederaciones. Es la única que realmente practica el fútbol como afición y deporte. Que lo hace por vocación y se esfuerzan para satisfacerla y hacerla posible. Ellos si podrían decir, “si se puede”. Y desde luego visten la camisola de la selección con auténtico orgullo y sin reservas mentales. Cuando suena su himno no se avergüenzan del mismo, como el Sr. Benzemá, que se niega a cantar La Marsella, pero no a exhibirse en el escaparate de la selección de Francia. Quizás el Sr. Benzema, cuya cultura seguramente es exquisita, ignore que La Marsellesa acompañó el concepto de ciudadanía y libertad desde el siglo XVIII hasta hoy.

Los jugadores de Tahití no entenderán que lo que cuesta uno solo de algunos de los jugadores que son sus rivales equivale al presupuesto de su isla. Que equipos de países como España gastan en fichajes cientos y cientos de millones de euros mientras hay niños que solo comen de forma regular cuando van al colegio público. Que hay seis millones largos de españoles que están en el paro. Y que esos mismos equipos con total impunidad no pagan al fisco cientos de millones de euros, mientras algunas de sus estrellas más reconocidas evaden sus obligaciones fiscales con el Estado. Y que en no pocos lugares esta dilapidación de dinero se sostiene con subvenciones de comunidades autónomas, entes provinciales y locales, de forma directa o indirecta… Dinero público que se regatea en sanidad, educación o políticas sociales.

¿Quien debería avergonzarse? ¿Los tahitianos por asistir a un torneo mundial practicando el fútbol como deporte, compitiendo con el aura del entusiasmo del aficionado? ¿Los que trafican en el deporte con dinero de los mafiosos, perdón, brillantes empresarios ex –soviéticos? ¿Los que compran y venden clubes a su capricho de sátrapas del petróleo? ¿Los gestores rebotados del ladrillo que en el deporte del balón alcanzan oportuna ocasión de hacer rodar su dinero negro hasta que Montoro lo consagre?

Un presidente americano, que todos ellos son tan aficionados a la cita, debiera decir, “Dios bendiga a Tahití”.

El ejemplo de Tahití es toda una lección para la reflexión sobre el fútbol
Comentarios