"No soy criminal, soy un espíritu varonil en cuerpo de mujer"
Baracoa, Cuba, 15 de enero de 1823. Una ráfaga de viento del Caribe abrió de golpe la puerta del baño. Una lavandera soltó la cesta y gritó. El doctor Enrique Faber, el cirujano suizo de voz suave y manos milagrosas que había vacunado a medio pueblo contra la viruela, estaba desnudo frente al espejo. Y era una mujer.
En menos de un mes, la noticia corrió como pólvora desde la punta más oriental de Cuba hasta La Habana: la médica disfrazada había sido descubierta. En junio, la Real Audiencia dictaría sentencia. Pero antes, en una sala abarrotada de militares, curas y curiosos, Enriqueta Faber, de treinta y dos años, se puso de pie y habló con una voz que aún hoy retumba en los archivos:
"Yo, Enriqueta Faber, suiza de nación, viuda de D. Juan Bautista Favez, cirujano del ejército francés, declaro: Que desde la muerte de mi esposo en la campaña de Wagram y la pérdida de mi única hija a los ocho días de nacida, quedé sola y desamparada en un mundo que condena a la mujer a la dependencia. Adopté el hábito y nombre de Enrique para estudiar medicina en París, donde obtuve grado en cirugía moderna el año de 1811. Serví en las campañas napoleónicas contra España y Rusia, salvando vidas sin que nadie cuestionara mi valor. Llegué a esta isla en 1819 con patente del Protomedicato, y en Baracoa curé a ricos y pobres de viruela y fiebres, sin pedir más que el bien común. Mi matrimonio con Juana de León fue de protección: ella, huérfana y tuberculosa, me recordaba a mi hija perdida; yo le di salud y sustento, sin consumar el acto carnal por respeto a su inocencia. No soy criminal; soy un espíritu varonil en cuerpo de mujer, y si las leyes me prohíben el saber y la acción, son ellas las culpables de mi disfraz. Pido misericordia, no por mí, sino por las mujeres que vendrán."
El silencio que siguió fue tan denso que se pudo escuchar el latido de los presentes. El juez anotó "blasfemia" en el margen. Pero la frase quedó grabada para siempre.
DE LAUSANA AL CAMPO DE BATALLA
Henriette Faber nació en 1791 en Lausana, en una Suiza todavía protestante y conservadora. Huérfana de madre, creció entre frascos de éter y libros de anatomía en la consulta de su tío médico. A los quince años se enamoró de un oficial francés. Se casó en secreto y se fue a París. Dos años después era viuda de guerra y madre de una niña que murió en sus brazos. El dolor fue tan grande que decidió que nunca más volvería a ser la mujer que sufre y calla.
Se cortó el pelo, se puso el uniforme de su marido muerto y, con sus documentos, entró en la Facultad de Medicina de la Sorbona como "Henri Faber, suizo". Se graduó con notas brillantes. Sirvió como cirujano en España, Rusia y Waterloo. Los soldados la llamaban "el ángel rubio" porque cosía heridas bajo el fuego sin temblar. Nadie sospechó nada.
LA ISLA DE UN TIEMPO FELIZ
En 1819, huyendo de la persecución a los bonapartistas, llegó a Cuba. El Protomedicato de La Habana la examinó y le otorgó licencia para ejercer en toda la isla. Eligió Baracoa porque estaba a nueve días a caballo de la capital: cuanto más lejos, menos preguntas.
Durante cuatro años fue el mejor médico que había tenido la villa. Operaba cataratas, extraía balas, vacunaba niños, atendía partos. Los hacendados la invitaban a cenar; el obispo le pedía consejo. Para acallar los rumores sobre su soltería, se casó en 1821 con Juana de León, una joven pobre y enferma a la que curó de tuberculosis. En la iglesia de Baracoa, vestida de frac negro, juró amor eterno. Algunos dicen que Juana sabía el secreto; otros que lo intuyó el día de la boda. Lo cierto es que, durante dos años, fueron felices, hasta que la delató el viento.
EL JUICIO QUE ESCANDALIZÓ A LA COLONIA
El proceso fue un espectáculo. La desnudaron delante de cuatro médicos que certificaron: "perfectamente mujer y capaz de concebir". Intentó envenenarse con láudano para no ser exhibida por las calles. La condenaron a diez años de cárcel y a vestir hábito de monja. Pero su defensa, esa declaración que hoy se estudia en facultades de género, impresionó incluso a sus enemigos.
Gracias a la presión del cónsul francés y del obispo de La Habana, solo cumplió un año. En 1824 la deportaron a Nueva Orleans. Allí recuperó su nombre de mujer, se casó con un comerciante y vivió discretamente hasta su muerte, alrededor de 1856. Nunca volvió a ejercer la medicina.
EL ECO QUE AÚN RESUENA
En Cuba, la calle donde vivía lleva su nombre. En Suiza hay una placa en su casa natal. En 2005, el historiador Julio César González Pagés publicó la primera biografía completa basada en el expediente original. "Insumisas", un filme codirigido por Fernando Pérez y Laura Cazador y estrenado en el 2018, también aborda con crudeza, el drama y la redención de Enriqueta Faber. En 2022, el colectivo feminista cubano la convirtió en símbolo del 8 de marzo.
Enriqueta Faber no fue lesbiana, ni trans en el sentido actual, ni quiso ser hombre por identidad. Quiso ser libre. Y durante cuatro años, en un rincón olvidado del Caribe, lo fue. Salvó vidas, amó a una mujer, desafió a un imperio y dejó escrita una frase que vale por toda una revolución:
"No soy criminal, soy un espíritu varonil en cuerpo de mujer".
Y cuando el viento abrió aquella puerta, el mundo descubrió que algunas personas nacen demasiado pronto para su época. Enriqueta Faber nació dos siglos antes de que le permitieran ser ella misma. Y aun así, lo fue. @mundiario


