El regreso de Mary Poppins; un ejercicio de Disney que casi supera a su clásico

Mary Poppins./ ABC.es
Mary Poppins./ ABC.es

La nueva Mary Poppins es un tributo más que digno al clásico y que, en ocasiones, supera a la película de Robert Stevenson, de 1964.

El regreso de Mary Poppins; un ejercicio de Disney que casi supera a su clásico

La nueva Mary Poppins tenía muchas cosas en contra: un nuevo reparto, el hartazgo de crítica y público por este empeño de las productoras en rescatar últimamente clásicos para destrozarlos y una generación de niños adictos al Fornite. Pero el peor obstáculo de El regreso de Mary Poppins era la propia Mary Poppins del 64.

La crítica ha sido previsible y se ha dividido entre aquellos que consideran que el clásico es irrepetible y que esto ha sido una bazofia y aquellos que, como yo, indultan a la película, porque Disney ha sido fiel a sus principios, ha respetado al máximo la versión original y ha defendido su estética e ideales hasta el The end.

Diré en contra de los críticos que consideran que el clásico es irrepetible que, alabando sus virtudes vocales, a mí, Julie Andrews nunca me ha dicho nada como actriz, ni siquiera en Víctor y Victoria, y mucho menos en ese pastelón luterano que fue Sonrisas y lágrimas. Con Emily Blunt, la secuela ha ganado enteros; esos ojos, esos labios y esa sibilina sonrisa entre inocente y sensual la aleja positivamente de la Andrews, de aquella Poppins monjil y cándida, vamos la novicia de Sonrisas y lágrimas. Ahora que lo pienso. Habría sido formidable ver a la Blunt en la versión del 64.

Disney tenía un dilema por delante si quería sacar pasta y salvar los muebles: hacer algo nuevo y devaluar la proyección del clásico, o quedarse quietecito y hacer un producto con el mismo marco, trama y números musicales del 64 para rendir un tributo a la primera película y, de paso, demostrarle al mundo por qué ellos tienen la patente.

En El regreso de Mary Poppins, dirigida por Rob Marshall, reconocí la película del 64, su homenaje a Londres, su marco naïf y los mismos  personajes infantilizados, cargados con esa inocencia enfermiza que convierte a niños y a adultos en estereotipos de conductas inmaculadas y condenadas a ser jodidamente felices.

Me gustaron los números musicales (aunque el doblaje de las letras en algunas canciones fue un completo desatino). Me gustó esa invitación a la fantasía a lo Carroll que encerraba ya la película del 64, donde animación, psicodelia y musical se daban la mano. Me gustó que Disney respetara el producto original hasta en la animación, en la parodia de algunas secuencias y que la película no fuese un despropósito de aventuras hacia ninguna parte y de efectos especiales que intentan ocultar la falta de talento.

El regreso de Mary Poppins nace bajo la bendición del éxito de la cinta de Stevenson, pero también con la condena de que ya conocíamos el mundo que Disney orquestó bajo la inspiración del personaje décadas atrás; ardua tarea.

Lo curioso es que a mi hijo mayor le gustó más que la original del 64. Lo entiendo. Doce años y los primeros planos de Emily Blunt que quitan el hipo.

Al margen de la broma, es de las pocas veces que sales del cine sin la sensación de haber tirado el dinero y he de reconocer que hubo dos momentos en que se me saltaron las lágrimas porque tenía la sensación de regresar a una época en que pensaba que los padres eran eternos y que la envidia como el resto de males eran solo  cosa del Capitán Garfio.

Otro tanto para Disney.

El regreso de Mary Poppins; un ejercicio de Disney que casi supera a su clásico
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