Las novias, de Cristina Morano, una obra que desmitifica el fulgor de la juventud
Quizá sea demasiado osado asegurar que, en Las novias, Cristina Morano estigmatiza a una adolescencia que hereda los vicios libertinos de sus padres, hartos de sus complejos y de tanta represión. Pero no es tan osado afirmar que esa generación es la que cede al hiperestimulante contexto de los retos virales, de la desidia ante los estudios y de una aparente impunidad de las adicciones que cine, redes sociales y canciones, por ejemplo, han sublimado como el edén del malditismo.
Publicada por InLimboEdiciones, Las novias entronca con esa tradición de novelas realistas que, en la posguerra, trataron de reflejar la servidumbre de una adolescencia maltratada por la propias convenciones retrógradas, por un atavismo intergeneracional inexpugnable, especialmente entre las mujeres, y por esa evidencia de que, al igual que el prota de Los cuatrocientos golpes, todas las instituciones que debían proteger e instruir empiezan a fracasar: familia, amigos, profesores.
Las novias, de Cristina Morano, escapa a esa sutilidad de la que se sirvieron Entre visillos o Edad prohibida para crear, desde el realismo, un contrapunto serio y acertado de una adolescencia que siempre tiende a idealizarse, como si ese crisol de valores que casi nunca termina de consolidarse fuese un don divino: la rebeldía, el atrevimiento, la inmortalidad. Nada de eso es cierto para los jóvenes que forman parte de ese protagonista colectivo en Las novias. Allí donde se ha de asentar la identidad parece que lo que se asienta es su decadencia y lo que también determina un futuro fustigante de desamparo, soledad y de lástima hacia los otros, una clase de fraude en el que la juventud ya no es un horizonte de expectativas, sino la carencia de una voluntad creciente por mejorar y superarse a sí mismo.
Alrededor del IES. Berta Cáceres, Morano construye una novela coral donde los cambios hormonales y las motivaciones interesadas de las relaciones amistosas parecen presagiar aquello que Sócrates ya declaraba sobre sus pupilos: "Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros". Aparentemente, nada diferencia a estas jóvenes y sus compañeros de cualquier grupo generacional que quiere encontrar su lugar en el mundo. Sin embargo, lo que expone Cristina Morano con acritud es esa perseverancia en la frivolidad que caracteriza a una Generación Z que la escritora pone en crisis, invirtiendo todos los valores positivos que medios y sociólogos han puesto de relieve en ese afán de idealización de la adolescencia. Aquí la responsabilidad más que una carencia es un defecto, las preocupaciones sociales se tornan en una perseverancia del narcisismo y lo que debía ser una ventaja, como es el hecho de ser un "nativo digital" se convierte en una condena.
La técnica narrativa de la novela es un flujo ininterrumpido de situaciones, voces, interacciones que incrementan la verosimilitud del relato con toda clase de coloquialismos procedentes de una jerga que enfatiza el carácter literario de muchos pasajes; un énfasis nada fácil de construcción de la personalidad a través de los diálogos con el que se manejaba Martín Gaite también de manera soberbia. Además de lo anterior, existe la intención de que medre un contraste entre lo chocarrero y aquello a lo que Cristina Morano no puede renunciar; su declarada devoción hacia la poesía. Un ejemplo de este dinamismo antagónico corresponde al final de la novela en el que lo macabro se funde con el surrealismo, una demostración hiperbólica e hiriente, de pura genialidad, donde lo onírico se cosifica en una sintomatología atroz acerca de las drogas para una de las protagonistas.
Los videojuegos, los retos virales, la experimentación con toda clase de sustancias, los embarazos prematuros, la orfandad de los consejos bien avenidos y una actitud cargada de escepticismo hacia el futuro hacen de Las novias una declaración de intenciones: una constatación de los amores y compromisos líquidos donde todo fluctúa, donde nada en relación a los sentimientos está determinado, donde cualquier atisbo de obligación se extingue con la conformidad o un tipo de anarquismo en el que la empatía y la afinidad se diluyen.
Después de leerla, he tenido la sensación de estar atravesando, con cada pasaje de Las novias, uno de esos argumentos nada anodinos del grupo musical Los Planetas, una banda sonora que la novela de Morano ha construido sobre el inexorable hostilidad que supone la adolescencia, tantas veces idealizada por ese carácter de aparente inmortalidad y puerilidad perpetua que la posee. Una banda sonora sobre el fracaso de una madurez en potencia que sigue sin saber cómo responder a los problemas sociales que la absorben y que solo espera aguantar las embestidas para algún día irse de esta mierda. @mundiario