La matriz de lo fecundo en un poemario de Carmen María López

Escribe la autora de La madre de nadie   : "La vida te brindó este hermoso viaje. Vuelve siempre a la casa de tus padres. (...) Sé paciente: han sufrido más que tú".
La madre de nadie./ Espasa
La madre de nadie./ Espasa

Nadie es un nombre, o todos los nombres. A través de ese pronombre, discurren todas las estirpes.

Premio de Espasa de Poesía en 2024, La madre de nadie es un poemario que rinde tributo a la feminidad desde una perspectiva holística, con todos los matices posibles y entresijos que la autora ha encontrado como motivo inspirador para esclarecer las filosas verdades del hecho de ser mujer dentro de una tríada prolífica: "Escribo para eso, dulce madre,/ para estrechar distancia entre tu cuerpo/ y mi cuerpo./ Para que estés en mí" (pág. 70).

Carmen María López no se aleja de la misma tríada que Miguel Hernández explora en su Cancionero involucrando cuerpo y esencia de la feminidad en las vertientes de madre, amante y mujer. Es quizá la última variación, la de mujer, donde Carmen María López establece ese punto de partida con el que abre todo un horizonte de lecturas interpretativas sobre esa feminidad de la que la escritura se nutre. La mujer como analogía de lo telúrico y de lo genesíaco cobra su relevancia en cuanto que la fecundidad incorpora a una procedencia mitológica el propio cuerpo de la mujer y su capacidad para procrear: "Dices madre pero no dices solo/ madre dices placenta útero cordón umbilical dolor y fiebre/ dices la luz y el verbo y la aurora/ dices la cicatriz de haber nacido/ la ternura y el magma de la tierra/ el trino de algún pájaro la voz/ de alguna cueva o vientre en que habitaste/ dices la noche y todas sus galaxias". (pág. 28)

Y frente a esa ascendencia astral y cosmológica de la mujer, su cuerpo, la zozobra, su temor, su ansia congénita de afecto y protección desembocan en su maternidad. Esa maternidad se vincula con el propio acto de escribir. Lo fecundo irradia su luz allí donde la palabra germina. La escritura es un lugar eugenésico, donde la quietud predomina, solo la quietud feraz: "Indigna es mi voz porque no hay / hijo en el vientre./ Pero podría pensar: Indigna es mi voz porque no hay poesía en el vientre" (pág. 59) El hecho de fijar también la escritura en la acción amatoria no escapa a varios de los poemas; como revelación de la materia y forma del cuerpo que es proclive a descubrir el sexo, a inspirarlo, a sostenerlo en el tiempo como una virtualidad más de lo femenino, tanto en potencia como en acto. Así sucede la dicha de saberse reconocida en el otro, aunque no sea suficiente para ahuyentar el recelo de la caducidad, la podredumbre de la erosión inexorable: "Cava hondo, justo ahí./ Haz un surco en la tierra./ Penetra en el revés de la molicie./ Solo tú con la azada/ llegarás hasta el centro/ precioso del lenguaje" (pág. 38)

Hay un tono posromántico constante en la elaboración de los versos y una tendencia nerudiana a buscar en símbolos carnales y propios de la naturaleza esa reivindicación de la mujer y de la mujer como madre dentro de una textura poética en la que la fecundidad como la poesía "está ahí:/ en el fondo/ del fondo/  más abajo".

La mutabilidad de la carne en escritura, de la fisicidad en signo, es uno de los grandes aciertos del poemario, pues Carmen María López no solo intenta adentrarse en la ontología de la mujer, sino también en la ontología del propio acto de crear, estableciendo esas comparaciones eficaces, por ser insondables, entre discurso lingüístico y concreción de la materia, de las sombras, de lo tangible: " Quiero abrazar en ti, madre del mundo, /el lodo que seré". Y nadie puede quebrar ese ciclo, esa inercia, el aparato de un eterno retorno con el que Eliade justificaba la rueda de las cosechas y los astros, la voluntad de procrear contra y pese a la adversidad (pág. 42). Enhorabuena, Carmen María @mundiario

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