Herida y ventana, de Fernando Parra Nogueras: literatura y realidad
Fernando Parra Nogueras presenta su última novela, Herida y ventana (Editorial Funambulista, 2025), como perteneciente a ese género tan actual de la autoficción, y, en consecuencia, lo hace desde adentro, a través del narrador y protagonista de esta historia, del que no sabemos su nombre, pero sí que está rodeado de personas y de datos que coinciden con la vida del autor. Desde esa posición, en un alarde de sinceridad, sugiere una posible autocrítica, la duda de la legitimidad del libro que está componiendo: “La llamada literatura de autoficción −y este libro lo es− se ha abonado al exhibicionismo gratuito del dolor […] muchas veces acogiéndose al oportunismo que los temas candentes en la sociedad propician…”.
La salud mental sí es un tema candente, y el centro del libro es la depresión que padece el narrador, pero al leer este literario testimonio no he tenido la sensación de estar ante el uso indecoroso de un asunto muy personal (algo que a veces se percibe, especialmente cuando afecta a otros seres de manera fundamental); y tal vez ello se deba a que aquí no encontramos el tono victimista, el recurso de lo morboso, sino una visión que, aunque propia, está liberada de un mísero egocentrismo, de tal modo que se hace posible la autocrítica, el humor dirigido hacia sí mismo, los sentimientos contradictorios, el reconocimiento de culpas involuntarias propias de un incontrolable trayecto mental. De hecho, en muchos momentos, el narrador se sitúa fuera para humildemente empequeñecerse: “El escritor de tercera, enfermo, retirado del mundo para sanar en soledad, para enfrentarse a sus demonios en su cubil y escribir la gran obra que nadie le ha pedido…”. Pero no es un escritor de tercera, sino uno que sabe transformar su urgente testimonio en literatura de primera calidad.
Hábilmente, Fernando Parra crea correlaciones de diferentes tipos, como las que se originan por las sugerencias que emiten los nombres de las palabras de la lista de la compra o las que nombran los medicamentos. Por otra parte, durante todo el libro discurre transversal un juego literario (el dédalo de Mercadona y el Minotauro de la caja son solo una mínima muestra), por el que siempre se encuentra la cita para reafirmar el comentario de lo duramente cotidiano, imprimiendo a la narración un sesgo de ironía casi permanente, que no llega a ser amarga sino solo un recurso, una tabla de momentánea salvación: “Me acojo a mi asidero literario, el único que me mantiene lúcido”.
El relato viene a ser, más que una justificación, el lamento por el deterioro que la enfermedad crea en las relaciones humanas más queridas: “Terrible paradoja: odiar a las personas que más se ama”. El narrador se reconoce como un ser odioso en su comportamiento cuando está acechado por el mal que lo asfixia. Y lo que más le duele es la relación con su pareja, con Bea, que, a su vez, también está pasando por un calvario de dolores y limitaciones físicas: “Me avergüenza mantenerle la mirada. Me avergüenza haberla hecho llorar, el dolor infligido”.
Hay un comentario sobre la actitud de su madre que podría interpretarse como una solicitud de comprensión para sí mismo: “Mi madre era, para mi abuelo, la niña de sus ojos. Cuando el alzhéimer no dejó rastro de él, la insultaba con palabras terribles… ¿Debía mi madre, que estaba dejándose los mejores años de su vida en su cuidado, ofenderse y repudiar a mi abuelo por todo aquello? Mi madre se encerraba luego a llorar en el cuarto de baño, pero nunca dejó de atenderlo con amor abnegado”. Y es que él se siente ocupado por otro, por un ser indeseable que lo está aislando: “Nadie quiere a un triste en su vida. Menos aún a un iracundo. Eché a mis amigos de mi casa. Eso dicen”.
El narrador decide recluirse en la vieja casa familiar de un pequeño pueblo lejano a su residencia habitual, por lo que queda separado de Bea. Con ella se comunica cada día a las ocho de la tarde, mediante una breve videoconferencia. “En las pocas videollamadas que le hago (cuesta mirar de frente a quienes hemos hecho daño), Bea es un ser desvalido dentro de su pijama, con el mal del llanto lacrado en sus ojos tristes”. Algo los une, algo lo alienta, esas fotos que ella le ha propuesto, que son como un diario deber, el de rescatar un poco de luz sobreviviente de la negrura que él asume como suya. Ambos, mientras pueden, aun mermados, se esfuerzan en atender el milagro de la belleza.
Este libro nos habla de los estragos de la depresión a partir de una experiencia propia. Está dividido en numerosos breves capítulos que describen el largo, eterno paso del “Inferno” (“No sé. No quiero. No puedo. No me atrevo”) al “Paradiso” (ma non troppo), porque en esos continuos guiños literarios que nutren el libro, se establece un cierto paralelismo con la obra de Dante. El narrador describe la dolorosa distancia que siente con el mundo exterior, el “tabique” que lo separa de las personas que ama. Vive perplejo ante esa situación anímica tan grave que lo ha invadido, que incluso lo ha arrastrado a vislumbrar posibles soluciones autolíticas. “No tengo motivos para ser infeliz”, asegura. Intenta rastrear posibles orígenes de esa sima en la que ha caído. “Por qué fui un niño triste y demasiado sensible”, se pregunta. Es un hombre que se siente atrapado en el variable plan de su ajena mismidad. “Desde que llegaron las sombras…”, este es el principio de lo que no se puede explicar.
Y, ¿para qué escribe este libro? En primer lugar: “Este es un libro para Bea”. Necesita rehacerse de su sentimiento de culpa: “Mi penitencia son estas palabras que escribo ahora, es esta punzada aguda en el pecho y en la garganta al evocar la imagen de su orfandad, el sufrimiento mal disimulado, mi comportamiento egoísta y miserable”. Y si quiere acabar de escribir el libro es: “Porque necesito que lo lean las personas que amo, porque es mi forma de celebrar su amor y pedir perdón y dejarles algo”.
Cuando empieza a salir del túnel, se encuentra con una Bea enferma a la que hay que atender. Su falta de movilidad la obliga a llevar una bolsa colgada del cuello con los útiles de más frecuente necesidad. Entonces él contrasta los tiempos de la salud con estos actuales: “Hasta hace unos meses, en lugar de la bolsa, su pecho alojaba mi cabeza, que es otra bolsa llena de cientos de cosas desordenadas. Sus dedos jugaban con mi pelo y su respiración me mecía en la pleamar y la bajamar de su diafragma. Luz, Profundidad de campo en primavera. Lenta velocidad de obturación. Clic”.
Uno de los muchos aciertos de este libro es el de que el narrador no nos habla exactamente desde sí mismo, sino desde una autenticidad que precede a su centro manchado por el pertinaz egocentrismo al que la enfermedad lo aboca. Es un yo que habita en un punto intermedio entre él y nosotros, entre él y el mundo que puede explicarlo: “Disculpen el plagio. Yo ya no sé decir las cosas. Mis escritores me asisten. En realidad, todo este libro es un plagio ecuménico. Porque mi soledad es la soledad de todos. Perdóname, lector, por plagiarte a ti también. ¿Sigues conmigo? ¿O ya me he quedado solo?”.
Es difícil encontrar en tan modesto y exacto número de páginas (224, pero muchas en blanco, por los 43 capítulos en que se dividen), tanta humanidad. Cuando finalmente el narrador se incorpora a su trabajo como profesor surge una empatía superior, que es el amargo fruto del infierno vivido: “En el aula he estado más atento a los estudiantes tristes. Hay un hilo invisible que nos vincula. Los tristes se reconocen entre sí”.
“No hay belleza en el dolor sin tregua ni necesitamos su fábula didáctica ni su insatisfactoria moraleja mientras nos muerde sin misericordia”. Pero Fernando Parra sí que ha logrado emerger de ese pozo lo suficiente para ofrecernos un relato pletórico de los hallazgos literarios a los que nos tiene acostumbrados, esta vez con una brillante prosa aplicada al ritmo de la urgente necesidad de la luz: “Ahora ya no tengo tiempo para las descripciones, ni para el ritmo moroso”.
No hay intriga en este libro, ni falta que le hace. El final es el que todos queremos que sea, uno feliz, al menos relativamente. Porque: “No hay final redondo en este libro. Como no hay finales redondos en la vida”. Antes, ha dedicado un capítulo entero en contra de las sabihondas opiniones de los demás, de quienes son incapaces de situarse en la inexplicable posición del enfermo. En ese contexto de la autoficción, los agradecimientos finales del libro bien podrían ser el último capítulo de la novela, un cierre en firme, unas conclusiones deseables. Y es que conviene ser crédulo: “Cada vez tengo mayor necesidad de sostener en mi vida algunas cosas sólidas, ciertas, aunque no lo sean, para evitar el derrumbe”. Tal vez el duro aprendizaje de saber que la vida es una cuerda floja en la que hay que aprender a avanzar. @mundiario


