Vida y época de la ausente Eileen: poesía de la narrativa en Manuel García Pérez
El último poemario de Manuel García Pérez, Vida y época de la ausente Eileen (Renacimiento, 2025), que obtuvo el XI Premio de Poesía Juana de Castro, representa un giro en la poesía de un autor que empezó su carrera poética con dos magníficos libros, La luz de los escombros y Las exploraciones, ambos entroncados en su ámbito personal más cercano, seguidos de La quietud, una búsqueda profunda del ser, todavía enraizada, pero cuya mirada poética se ceñía a una pulsión filosófica. Ahora sus versos parten de su inmersión en la narrativa y la poesía femeninas anglosajonas, especialmente norteamericanas, recogiendo asimismo un componente visual de procedencia cinematográfica o de la pintura (a mí me vienen a la mente los cuadros de Edward Hopper.) Sin embargo, podemos encontrar algunas resonancias confluyentes, algún nexo con aquellas primeras obras, como esa forma de presentarnos sus poemas en escenas cortas iluminadas por una luz que dura lo que los versos, dejándonos, más allá de las palabras, un poso de sutil realidad.
La lectura de este poemario exige al lector una recomposición de su mirada, pues, más que por una lírica al uso, parece formado por retazos de una narrativa que no llega a explicitarse del todo, como si fuera un puzle en el que solo se han unido unas pocas piezas a la espera de nuestra participación para completarlo. El lector habrá de cambiar su postura habitual, anular su expectativa rutinaria, y sintonizar así con unos versos que se suceden desde una poética singular, febrilmente atenuada, desde una voz que suena prisionera en el exhausto ámbito de la derrota, en el centro de un dolor acumulado, una voz que solo encuentra cierta evasión en el tono de una melancólica indolencia, pero que no nunca puede eludir el contenido de lo abrumador. Así encontramos en este poemario un deseo de experimentación, una narrativa depurada que alcanza lo poético a través de una lenta y desconsolada vibración, mediante frases que a veces están contenidas en dos versos y que son como estallidos que brotan independientes, colindantes, para unirse en una atmósfera acaparadora, hecha de la memoria que irrumpe desde la penumbra.
Los poemas emergen desde el habla de una mujer desperdigada dentro de sí misma, desesperadamente asida a la cúspide de sus vivencias. Se suceden las impactantes imágenes que componen un trastornado ámbito de baja encriptación: “Una brisa marina cerró mi ataúd / antes de tiempo. Un peso muerto / en el regazo. Infanticidio / por ahogamiento”.
A menudo, los versos acontecen aparentemente deshilvanados, en una suerte de discurso que no presenta una esperable articulación: “Esta narración / discontinua / que no conduce / a ninguna estación próxima, / la cola del baño, / fundas vacías, / instantáneas sobre Elvis, / el Norte de Manhattan, / donde se murió mi padre”. Son versos que irrumpen con dureza añadiendo matices a un retrato general que no busca la completud, y ni siquiera el resumen de un alma atormentada, sino un florilegio de señales que sustentan un diagnóstico demoledor. Lo que escuchamos es el murmullo de un monólogo íntimo, una voz solitaria atrapada en la hipnosis de su propio desahucio.
No nos acunan estos poemas en un ritmo gratificante, sino que sentimos una punzada con cada frío destello, con tantas adiciones difíciles de suavizar, como si fueran hoyos sobre los que tuviéramos que avanzar para coronar una cima triste. Es el decir de una mujer obnubilada por una derrota ingente, desarbolada por golpes tan dispares como única es su dolorosa recepción. Es el claro susurro de una voz que a veces nombra lo que parecen exclusivas bagatelas pero que conforman un significativo rasgo personal, una sintomática forma de estar en la existencia: “Gente como yo nunca lleva dinero”.
El poemario está muy bien nutrido de imágenes insólitas, originales. Se percibe la influencia del cine en el autor. Hay referencias a actrices, como Emmanuelle Seigner, o a películas, aun a riesgo de resultar anacrónicas respecto al personaje, como La zona de interés o Under the skin, ambas coincidentes en cierta atmósfera de ominosa vaguedad.
El personaje que nos habla, esa Eileen desquiciada, nutre su discurso de trallazos memorísticos, de enumeraciones que lo son de instantes tan definitivamente incomprensibles como indelebles: “Algunos hombres, sí, / el verano que dejé / de dormir, algunos hombres, / quizá, coronas de flores púrpuras / secas, el segundo cáncer de mi / madre…”. Es el decir deslavazado de una voz alterada por el irreversible paso de una vida hostil, alimentada por una sinrazón mal acomodada.
Incluso en un poema de desarrollo más convencional, como “Un ferri”, encontramos algunos versos que subvierten la lógica de lo real y apuntan a la supremacía de lo imaginario: “Dios me bendijo con una correa larga”. Otros, como “Morir en East River”, se desarrollan en unos magníficos y potentes versos (“Morirse en este instante, / morirse en el East River, / morirse sin réplica a morirse, / en sus sucias aguas, / de verdad, morirse a las diez y media…”) que finalizan con una expresión inconexa, propia de una mente ahogada en su turbación: “Dejar de robar vestidos”. Y es que los finales de muchos de los poemas parecen teñidos de banalidad, como si fueran una salida precipitada, intempestiva, pero en realidad nos están indicando un cierto predominio de la espontánea arbitrariedad en la mente de la protagonista.
Entre los poemas que me parecen más logrados destacaría “El hombre de la residencia”. En él la concisión expresiva, la conformación de una escena a partir de una suma de imágenes que apuntan a un mismo objetivo, sucinta pero sugestivamente explicitado, alcanza uno de sus cenit: “Ni remotamente dormido. / Mi padre atrajo mi mano a la suya. / Rocé su pecho de plomo. / El hambre y las ojeras me sitiaban…”. O este otro, “Tercer mandamiento”: “Aún se eleva de las cenizas / el más terrible sueño. / Hacia el árbol miran desnudas / todas las mujeres que fue Rebecca / cuando estaba viva. // Y se parecían a mi madre”.
Pero, ¿quién es esta Rebecca? Apenas lo sabremos y apenas es necesario que lo sepamos. Aunque sí hay dos poemas, “Rebecca a través de un Orfidal” y “Rebecca´s blues”, que describen algunos significativos componentes de la relación de las dos mujeres, de Eileen y Rebecca, personajes extraídos del ámbito de una novela, Mi nombre era Eileen, de Ofesa Moshfegh. Pero también está presente la compleja psicología de las narraciones de escritoras americanas como Lucia Berlin o Lorrie Moore. Aquí la posición del poeta no es la de una explícita empatía o compasión −aunque se adivinen discretas−, sino la de un mero descriptor de los naufragios de unas mujeres embarcadas en rumbos despiadados. Vida y época de la ausente Eileen significa una novedosa evolución en la poesía de Manuel García Pérez, una buena muestra de su capacidad creativa, deudora de la inmersión en unas obras artísticas capaces de conmocionarnos y de alentar nuestra propia creación. @mundiario


