El diverso mundo narrativo de César Aira
Aún son posibles muchos descubrimientos literarios. Esta vez he accedido al de César Aira, escritor argentino, nacido en 1949, de quien tenía muy buenas referencias, aunque he tardado en llegar a su obra. Lo he hecho, de forma parcial, a través de cinco de sus más de cien libros, que, salvo algún ensayo, son todos novelas de corta extensión. Y es difícil tener una idea completa, no ya por el número tan extenso de títulos, sino por su enorme diversidad. Y es que Aira está siempre experimentando, cambiando su punto de mira, transformando la urdimbre de su tarea narrativa.
Empecé por leer su última obra, En El pensamiento, en la que se recrea en la memoria que guarda de su niñez, de cuando tenía siete años. He seguido con otra novela de 2006, Parménides, y después he viajado hasta los años 90 en esa trilogía de relatos que es Cómo me hice monja, a la que ha seguido un libro más directamente autobiográfico como es Cumpleaños. Y, finalmente, una novela fechada (siempre consigna al final el día de su terminación) en 1978: Ema, la cautiva.
Un rasgo común a todas esas obras, tan diferentes entre sí, sería esta particularidad que expresaba el autor en una entrevista: “Yo escribo muy lento y pensando muy bien cada frase. Y trato de que, en cada línea, haya algo, algo especial…: una idea, un juego, un juego de ideas, una metáfora, una imagen… El texto va quedando denso. Después, la lectura pasa como una aplanadora por arriba, a toda velocidad. Y yo me digo, ¿para qué me esforcé tanto? Pero bueno, para mí escribir una de mis novelitas me lleva tres meses, cuatro meses. No puedo pedirle al lector que se pase cuatro meses leyendo esas ochenta o cien páginas”.
Estoy de acuerdo con él. Es una falta de respeto al esforzado creador −y a uno mismo− leer demasiado rápido libros sustanciosos, densos en literatura. Yo procuro no cometer ese pecado. De todos sus libros, el que me ha llevado más tiempo ha sido Ema, la cautiva, pues es el que contiene un lenguaje más poético, una sucesión de frases bellísimas en las que hay que detenerse para poder extraer el mucho jugo que contiene. Es esta, por otra parte, una novela que nos habla de un mundo muy alejado del nuestro, el de la Pampa en el siglo XIX, creando un ambiente de naturaleza primitiva muy próximo al de los wéstern del cine norteamericano.
Pero esa poesía, en menor medida, también la podemos encontrar en su último libro, En El Pensamiento: "En el silencio que se había hecho oímos pasar el tren, símbolo de lo transitorio. Mientras esperábamos que engancharan las carriolas, sentíamos el latido del lugar, su vacío". A menudo, Aira reflexiona sobre la propia escritura en los relatos que va construyendo. En este nos dice: “No había que decirlo todo, lo que, por otra parte, es el modo más seguro de aburrir, bastaban unas pocas palabras bien escogidas, y de ellas irradiaba todo”. De hecho, el escritor argentino ha comentado que una vez escribió un libro de pequeños pensamientos y su público le dijo que prefería que estos estuvieran insertados en sus novelas. Yo, leyendo su Cumpleaños, que nada contiene de ficción y sí meditaciones, le diría lo mismo. Es, de los cinco, el único libro que no me ha gustado.
En Parménides, Aira va sumando agudas ideas con respecto a las relaciones del escritor con el mundo y con su propia obra. El filósofo griego quiere escribir un libro, pero necesita a un negro que se lo haga, por lo que contrata al joven Perinola, al que paga generosamente. Es un libro cuya ejecución se demorará a lo largo de los años. El joven acudirá a su lujoso palacio, pero lo que más harán ambos será conversar: “Parménides le había dicho muchas cosas: superficiales, inconexas, vacuas, pero evidentemente así era él, y sus proyectos no podían ser distintos. Quizá él mismo lo sabía, porque no siempre uno es ciego a sus propios defectos, y por eso lo había contratado”.
El joven escritor, por su cuenta, para no estar parado, va ensayando la confección de un poema: “El verso tenía esa ventaja incomparable: si sonaba bien, estaba bien, y uno podía olvidarse del sentido, que surgía de todos modos”. De él se nos dice: “Haciendo versos desde la infancia, había descubierto que no querían decir nada; y viviendo había descubierto que el lenguaje servía para decir cosas”. Cuando la escritura queda aplazada, detenida, el narrador nos dice: “Pero la espera ya era una forma de poesía”. Perinola piensa que, pese a no escribir, está viviendo la poesía: “Debía de ser por eso que no la escribía”. O llegando al extremo de ese pensamiento paradójico: “Quizá era necesario que no escribiera para que su visión se aclarara y sus ideas se asentaran”.
Las observaciones sobre la poesía son extremas. Hablando de Rosetta, la mujer de Parménides, a la que Perinola tiene que educar: “Y sintió que era imposible que lo entendiera. No porque se explicara mal, no porque ella no tuviera la inteligencia suficiente, sino porque esa materia (la poesía) solo se hacía entender en el círculo redundante del soliloquio”. Y no solo extremas sino también profundas: “Los poemas, tanto los escritos como los por escribir, podían entenderse, pero la poesía seguía oculta, indescifrable”. El personaje casi que tiene algo de Bartleby el escribiente: “En realidad, escribir y no escribir se parecían mucho”.
Como vemos, y como decía él mismo, Aira utiliza sus novelas para pensar y construir frases con la mayor belleza que le permita su función narrativa. “Como en todo escritor, en él anidaban vagos proyectos, aspiraciones demoradas y sin forma, que proseguían en su pensamiento sucesivas transformaciones y se desvanecían antes de dejar una huella escrita”. Pero no es su caso. César Aira atrapa y da forma a sus ideas antes de que se disuelvan en el olvido, y así puede ofrecernos un mundo literario diverso, unas novelas nada apabullantes y muy sustanciosas.


