Hable la luz, de José Luis Zerón Huguet: resistir desde la insignificancia
Hable la luz (Olélibros, 2024) es el décimo tercer poemario de José Luis Zerón Huguet, un autor que, en su madurez, sigue hurgando en las posibilidades del verso a partir de un afán nada gratuito, sino resultado de la indesmayable indagación sobre la vida a la que se entrega todo ser humano plenamente despierto.
Los poemas de Hable la luz se distribuyen en dos partes. En la primera, “Apolión”, encontramos un tono cercano a lo apocalíptico, un decir desgarrado, oscuro, que, según ha manifestado el autor, se debe a que sus poemas fueron escritos en la época de máxima incidencia de la pandemia. Sin embargo, en el libro no se hace referencia a ese hecho. Podríamos pensar que el poeta oriolano no ha querido delimitar su visión al efecto de una circunstancia concreta, sino que la misma podría ser el extremado foco puesto en las indeseables características que componen la existencia. Así, estos poemas inciden en la impiedad de un orden supremo para con las criaturas humanas, un orden que llega a sentirse como malvado: “¿Por qué tu éxtasis ante la indefensión humana?”
La muerte es el mayor reverso de lo deseable: “Existir y ser para encontrarla, tolerar / su cercanía constante y saber / que ninguna ofrenda saciará su codicia”. Esa guadaña que nos espera a la vuelta de la esquina de cualquier inconsciencia de ella: “La muerte, muerta / en apariencia / callada, escondida, / en horas de paz y celebración…”. Un cese súbito de la existencia que llega tan inoportuno, especialmente cuando nos encuentra muy vivos: “Si he de morir, ¿por qué / la vida aún deslumbra / mis ojos?” Es la amenaza implacable que nos ronda: “Canta cuando la muerte cae cerca / y tiemblas porque sabes / que ella conoce tu nombre y tu paradero”. Y que nos advierte a través de las pérdidas de quienes nos rodean. Pero, mientras no acaece: “La más pequeña luz / puede hacer que olvidemos la ceniza”. Y nos asombra pensar que nuestra desaparición no acabará con todo: “Lo vivo seguirá creciendo / allí donde crece la muerte”.
Si bien el título del libro, Hable la luz, parece prometer unos versos que describan lo luminoso, a lo largo de esta primera parte −y también, en menor medida, en la segunda− vamos a encontrar solo una minoría de momentos en los que se reconozca la posibilidad de una potente oposición a lo sombrío. Pero, ya en los primeros poemas, en medio de tanta imagen tremenda, encontramos algunos alivios que se fundamentan en la posibilidad de creer en el valor del instante y en la consiguiente plenitud. Y es que frente a tanto descalabro cabe oponer la fuerza de la resistencia, la afirmación del vivir: “La dicha de volver a abrir los ojos / y saber que aún podemos mirar / la vida con deseo, pese a tanto / que se nos muere”. Quizá no descubramos un sentido de la vida que podamos explicar, pero sí algún atisbo que nos reconforte: “No hay sentido en el canto / de los pájaros, / solo abrazo / y plenitud”. Y sí, siempre hay resquicios para luz: “Es luz todo cuanto germina / y muda y niega / tu pesadumbre”. Hay momentos que nos salvan: “Por un instante, / solo por un instante, / ya no siento desolación. / No veo miserias ni privaciones, / siendo la soledad un soplo nuevo / sobre mi rostro”. Momentos breves, cuyo recuerdo podrá mitigar el dolor de la pérdida incesante: “La plenitud se nos escapa / mientras la celebramos. / Avidez del instante / que grita su más tenaz no / al estertor de la abundancia”.
Así pues, este poemario, que transita recabando las imágenes de la vulnerabilidad, de lo despiadado, de nuestra insignificancia, también es capaz de levantar la vista para comprobar los pequeños destellos que nos podemos permitir, de alcanzar a iluminar pequeños recodos de nuestro recorrido, a los que intentamos honesta y perentoriamente conferir los atributos de una grandiosidad que eclipse tanta insuficiencia.
En la segunda parte, “Xenía”, se habla de la virtud del acogimiento. El poeta incide en una mirada compasiva, la que descubre el mal más allá de uno mismo, no ya solo el originado por la propia naturaleza insensible, sino también por los implacables desórdenes de nuestra sociedad. Se repiten esas miradas que dolorosamente contemplan: “Yo también soy un extranjero / y pongo mis ojos / en tu llaga, / y te siento compañero”. Son miradas que buscan la afinidad esencial, escondida bajo las abruptas apariencias: “Ninguno de los dos tenemos / palabras que expliquen la sinrazón / de la existencia”. Es necesario autoimponerse las alertas: “Que mis ojos no se cierren ante las heridas / que asoman en el sufrimiento ajeno, / que mi nariz no niegue / la fetidez de las fosas comunes”. Porque hay que instaurar en uno mismo una visión elevada, ecuánime y solidaria: “No pierdas el coraje / de mirar con perspectiva ética”.
La insignificancia no es solo la de los seres arrumbados por la apisonadora social, o la que produce la cruel indiferencia de la naturaleza, sino también la intrínseca de todo ser humano: “Alguien insignificante que ha de morir, / y que, como tú, me pregunto / si seré capaz de mantener viva / la llama que se extingue, / y hallar en las sombras, como desearía, / las aladas semillas de la luz, / la gloria de un júbilo que palpita / en la liturgia de la carne”. Frente a la conciencia de esa insignificancia, es vital mantener el empeño en la resistencia: “Os lo pido a vosotros, que aprendisteis a morir, / que me ayudéis a evitar el conformismo / y a conservar el apetito de lo vivo”. Hay que apreciar la bondad de la luz, aunque sea precaria: “No podrás abrazar la plenitud, / pero te bastará / con acariciarla con la punta de los dedos”. Aunque la vida nos conduzca en contra de nuestro deseo: “…Y acepta el precipicio sin entregarte a él”. Hay que asumir el hecho de que “el arte de nacer conlleva / vértigo y desolación” y revolverse contra las siempre dispuestas adversidades: “Nacer para dejar / el rostro fulgurante / de nuestro asombro”.
Como dice Zerón en el poema “Ars poética”: “Alabado seas asombro… Alabado seas, fervor…”. “Escribo en este aquí / perecedero, / escribo en un insolente ser y estar, / sabiendo que soy nada / pese a mi decir, / sin renunciar / a estas palabras / que respiro / y saboreo”. Porque a menudo nos sentimos “desesperados / de ser y de sentir / el rayo anhelante que nos devora y alimenta”. En definitiva, como preconizaba Friedrich Nietzsche, solo nos salva pronunciar un convencido sí a la totalidad de la vida, pese a sus sombras lacerantes: “Un sí mayor asumiendo que nunca / encontraremos lo que vinimos a buscar”.
Hable la luz es un libro que está nutrido del enorme saber poético del autor, de su larga y concienzuda experiencia en la escritura, nunca complaciente, siempre renovada. Y lo hace desde varios registros que van desde la aproximación a lo onírico hasta lo sensorial: “¡Huele a niebla de aljibe, / a óxidos escondidos / y a salitre de ausencia”. Los poemas que contiene este libro están resueltos desde la pericia de quien sabe manejar armónicamente un extenso acervo de palabras (aquí recupera, en gran parte, las tan queridas que nombran los elementos de la naturaleza), de quien logra componer una música que los dote de alma. José Luis Zerón Huguet, pese a su ya larga y muy consolidada trayectoria, nos demuestra en este libro que aún tiene mucho que decir, de muchas maneras distintas, sobre lo de siempre, eso tan amplio que nos concierne en lo esencial, captado cada vez con más precisión, con más nitidez, a la vez que permanece incomprensible, inabarcable: “Seguiremos bailando / un vals disparatado y oscuro / (podríamos decir hermoso) / al borde del abismo, / imaginando tierra firme en el vacío”. @mundiario


