George, de Frieda Hughes, la eficacia espiritual del tótem
En muchas tribus indígenas de América del Norte, como los Lakota, Ojibwa o Haida, los tótems representan animales con los que las personas o clanes se identifican espiritual y emocionalmente. Creen que estos animales son guías espirituales que ofrecen protección, sabiduría o atributos específicos. Y el trabajo creativo de Frieda Hughes es heredero de esa tradición cultural en la que animal y ser humano se convierten en un un referente espiritual y chamánico. Cada acción de la escritora y pintora parece tener una motivación, un sentido, a partir de la acción de la urraca que la autora encuentra por azar y a la que cría durante meses. A lo largo de las páginas de George, se comprueba que la urraca ha sido la inspiración que la autora necesitaba para afrontar los estragos de su propia vida, como un ser bendecido que llega en uno de los peores momentos de una coyuntura que Hughes está atravesando y que, a partir de George, se convierte en un periodo de elocuente e inspirador aprendizaje.
Lo innovador de George, publicado por Profile books en su versión en inglés, es que Hughes crea una complicidad emocional con el escritor a través de dos constantes temáticas y estructurales. La primera constante opera en la realización de un corpus narrativo que se sustenta en cada una de las vicisitudes que experimenta la urraca desde que es una cría hasta su madurez: alimentación, vuelo, aprendizaje de estrategias selectivas para alimentarse, orientación, juegos. Lo que consigue Hughes es subordinar sus vaivenes emocionales, entre ellos su propio divorcio, a la crianza de George, como si, de alguna manera, en la observación y cuidado de la urraca, la autora encontrase una clase de liberación personal, el sostén, la superación de una vulnerabilidad que puede conllevar el tedio y la abulia, si no es gracias a George, que despierta en Hughes su curiosidad y la intriga en el que las diferencias entre animal y humano ya no importan. Porque George ya no es un mero pájaro, sino el tótem del clan, el refugio espiritual de una inquietud desazonadora ante una realidad que a Hughes empieza a resultarle demasiado incómoda.
La segunda constante es esa elocuente y eficaz mezcla de géneros que logra a través de este trabajo narrativo, pues biografía, autobiografía, ensayo y lirismo se mezclan para ofrecernos un diario en el que los cambios personales de Hughes se conocen a través de la experiencia de este ejercicio de avicultura y ornitología doméstica. George no deja de ser un tributo al hecho de existir, a su lógica, a su proyección cíclica, sin los ambages que las convenciones de la sociedad ejerce sobre nosotros.
La casa deja de ser un espacio de conflicto con el otro para convertirse en un espacio de convivencia con George; un cuaderno de bitácora que no responde a las expectativas, los criterios y coordenadas que se espera de un diario, de cualquier diario. Y es precisamente esa estrategia de moverse entre varios géneros al mismo tiempo lo que hace de George un trabajo de madurez estilística en el que el costumbrismo y lo anecdótico se tornan en épica.
Me atrevo a traducir un pasaje, de los más hermosos, de este libro en el que la convivencia con George deja reflexiones morales y filosóficas sobre el hecho de vivir a expensas de lo que deparará el futuro. Porque George es un tributo, además de una justificación, al vitalismo que representa el carpe diem: "La infelicidad es natural, y, en ocasiones, necesaria. Creo que necesitamos sentirnos miserables por algo realmente triste, como una pérdida, incluso si la pérdida es una mascota a la que querías mucho, pero algo así no significa que me entretenga en la desgracia, y que no debería ser consentirse o crecerá como una verruga y te dejará incapacitado. Supe que si no funcionó, entonces nada cambiaría, y si nada cambió, entonces yo permanecería en la desgracia" (pág. 211) Enhorabuena, Frieda. @mundiario