Estética del cadáver en el estudio sobre Teresa Margolles, de Tatiana Abellán
Si algo caracteriza a brutalidad es la simplicidad de su acción y la escasa motivación que, en demasiadas ocasiones, necesita para ser aplicada. Con el ensayo Teresa Margolles. La sutura invisible, de Tatiana Abellán, el análisis político de la violencia adquiere una serie de connotaciones semánticas que comprenden desde su dimensión espiritual y religiosa hasta las implicaciones psicológicas del duelo.
Margolles es una artista que, consciente de la violencia estructural inherente a la configuración de México como nación-estado, ha explorado los valores significativos, no solo de la fisicidad de los cadáveres, sino también de sus contextos y escenarios en los que el semantismo se amplifica y entronca con un debate moral al que las sociedades modernas se niegan: el tabú del crimen. Los asesinatos en masa que quedan impunes y al margen de unas instituciones inauguradas bajo el ostracismo contribuyen fundamentalmente al proceso creativo de Margolles.
Publicado por CENDEAC, el ensayo establece, en primer lugar, la motivación sociohistórica de una realidad cultural donde el culto a la muerte se mezcla con una imaginería que ha ido convirtiendo ese sistema de creencias en un sistema de superchería y farsas de la que se nutren grupos sociales que han normalizado el asesinato. La trayectoria artística de Teresa Margolles no peca de reduccionista, pues, si bien nace en este escenario de violaciones y conductas vesánicas, su aproximación a la muerte a través de los cadáveres como material fungible profundiza tanto en la naturaleza mistérica de toda desaparición como en la exhibición, sin arideces ni cortapisas, del asesinato, símbolo de la inacción política y de una aceptación comunitaria en el que el valor a la vida ha sido sustituido por el presentismo.
Como explica sucintamente Tatiana Abellán, la creatividad de la artista mexicana pertenece también a una preocupación colectiva en la que otros creadores incluyen en sus obras sus particulares mitologías e imaginarios a propósito de la evidencia del crimen en espacios urbanos y en áreas rurales. En las áreas rurales especialmente, la desigualdad económica se ceba con mujeres y niños hasta el punto de que su extinción no forma parte de una excepcionalidad social, sino de una premonición concebida desde el nacimiento y con demasiadas posibilidades de autocumplimiento.
El grupo de artistas SEMEFO opera desde esa vinculación entre obra y cadáver como resignificación del cuerpo para poner en evidencia la ausencia de reglas y la consolidación comunitaria de conductas depredadoras en las que el narco se convierte en la única estructura de poder posible. Margolles abandonará SEMEFO para ir desarrollando una identidad propia en la que Abellán se detiene analizando las obras, su evolución, las etapas y los mensajes políticos que custodia para conseguir que lo macabro deje de ser inercia de su propia normativización. Ha de adentrarse en la vesania de una condición humana que entiende la ejecución del otro sin el semantismo de la empatía, la conmiseración o la superación de la violencia. La reflexividad es lo que permite restituir la sociedad civil a partir del caos sanguinario de las hordas.
Tatiana Abellán explica la controversia moral que significan las obras de Margolles, el alcance polémico y rupturista de la libertad de expresión cuando el objeto que se trata en sus producciones está directamente relacionado con cadáveres de mujeres y hombres tiroteados a quemarropa, o de niños que no han sido enterrados como hubiesen querido sus madres.
El manejo de la grasa humana, sus secreciones, la impronta de cuerpos ejecutados sobre lienzos, las muescas de golpes e incisiones, o la condensación del aire que se respira en una morgue son algunos de los materiales con los que trabaja Margolles para elaborar sus obras. Abellán no oculta el debate al final del ensayo. ¿Hasta qué punto la artista mexicana está poniendo contra las cuerdas el valor ético de la propia actividad creadora? ¿Hasta qué punto Margolles no es objeto de una clase de necrofilia que ha ido desarrollando a lo largo de su trayectoria?
Más allá de la eficacia en las respuestas, lo que pretende el ensayo de Tatiana Abellán (porque lo pretende) es poner de relieve dos valores artístico-culturales que rompen con el hedonismo consumista de un ocio recreativo en el que la exposición al tabú sencillamente no conviene: en primer lugar, Margolles habla de los cuerpos a partir del cuerpo, al expandir un concepto semántico de la condición humana en el que la banalidad del mal no existe. Lo que predomina es un mal radical en el que el verdugo elige con total libertad su función de exterminador. Y, en segundo lugar, el arte tampoco debe quedarse en la simplificación de la denuncia política. Debe profundizar en el atavismo de la violencia como recurso para el sostén de unas clases opresoras, en sus técnicas de descuartizamiento y en esa estandarización del asesinato como forma de reinvindicar un yo carente de reflexividad, abocado a una autofagia en la que la voluntad está por encima de la ley. El trabajo artístico de Margolles renuncia a los estereotipos, quizá también a una tradición donde el judeocristianismo nutre cada ajuste y corrección, para no olvidar que los asesinatos también miden la épica de unos tiempos en los que la glorificación del héroe puede ser también la invocación a Belcebú.@mundiario