La corona olvidada de Fortuny: 92 años enterrada en el archivo del MNAC
Durante casi un siglo, una de las reliquias más íntimas del pintor Marià Fortuny permaneció en silencio, sin vitrina ni relato, oculta entre papeles administrativos. No se trataba de una obra maestra ni de un boceto perdido, sino de algo más perturbador y humano: fragmentos de la corona mortuoria que reposó sobre su frente el día de su muerte en Roma, en 1874. Cinco hojas de laurel, secas pero intactas, han pasado 92 años inadvertidas en el archivo del Museo Nacional de Arte de Catalunya, convertidas en un vestigio casi fantasmagórico de la historia del arte.
La escena que evocan estas hojas no pertenece al esplendor habitual de los museos, sino a la intimidad de la muerte. Fortuny falleció con apenas 36 años, en la cima de su carrera, dejando tras de sí una comunidad artística conmocionada. Amigos y colegas acudieron a su residencia romana, Villa Martinori, donde el arte y el duelo se entrelazaron de forma casi ritual: se moldearon sus manos, se dibujó su ataúd y se tejió, con hojas del jardín, la corona de laurel que ceñiría su frente en la fotografía póstuma.
Aquella imagen —hoy desaparecida— inmortalizaba al artista en su lecho de muerte, coronado como un genio clásico. La fotografía, enviada por Francisco Pradilla a una revista ilustrada, convirtió el duelo en icono. Pero el destino de esa corona fue fragmentarse: distribuida entre amigos, sus restos adquirieron un carácter casi relicario, como si se tratara de fragmentos de santidad laica.
Durante décadas, esas hojas formaron parte de la colección de Ròmul Bosch i Catarineu, un empresario y coleccionista que atesoró más de 2.600 obras, muchas vinculadas a Fortuny. En 1934, la colección ingresó en el museo como depósito, arrastrando consigo no solo arte, sino también historias. Entre ellas, las hojas de laurel y la fotografía mortuoria, catalogadas juntas como una sola pieza.
Un archivo que también guarda ausencias
El rastro se quebró durante la Guerra Civil. En 1938, el crítico Joan Merlí retiró el álbum que contenía la fotografía y las hojas para preparar una monografía. Tras el conflicto, el álbum desapareció. En 1942, el museo publicó una lista de obras perdidas, en la que figuraban tanto la imagen como los restos de la corona.
Sin embargo, la historia tenía una grieta: las hojas nunca abandonaron el museo. Separadas de la fotografía —que sí fue robada y jamás recuperada— perdieron su identidad museística y quedaron relegadas a un limbo archivístico. Sin imagen, sin contexto visible, dejaron de ser “pieza” para convertirse en “documento”. Y en ese cambio de categoría se diluyó su significado.
El hallazgo que devuelve el relato
El reciente redescubrimiento de las hojas no solo recupera un objeto, sino que recompone una narrativa rota. Según señala EL PAÍS, investigadores del MNAC han identificado en una carpeta de dibujo una etiqueta reveladora: “Brote de laurel de la corona que ceñía la sien de Fortuny en su lecho de muerte”. Una frase que, más que describir, resucita una escena.
Para expertos como Emiliano Cano, el hallazgo “enriquece al personaje”. Pero también plantea una pregunta más incómoda: ¿cuántas historias permanecen aún ocultas en los archivos, esperando ser reinterpretadas? El museo, tradicionalmente concebido como espacio de exhibición, revela aquí su otra dimensión: la de depósito de memorias incompletas.
La fragilidad de la memoria artística
El caso de Fortuny evidencia hasta qué punto la historia del arte no solo depende de las obras, sino de los relatos que las acompañan. Sin la fotografía, las hojas quedaron mudas. Sin embargo, su conservación —protegidas incluso con acetato en 2007— demuestra una paradoja: se preservó el objeto, pero se perdió su significado.
Hoy, esas cinco hojas invitan a una lectura distinta del legado artístico. No hablan del genio en su plenitud, como obras icónicas del pintor, sino de su final. De la necesidad humana de ritualizar la muerte, incluso en el mundo del arte. De cómo los contemporáneos de Fortuny transformaron el duelo en imagen, y la imagen en memoria compartida.
El Museo Nacional de Arte de Catalunya conserva piezas fundamentales de Fortuny, pero este hallazgo desplaza el foco hacia lo marginal, lo íntimo, lo casi invisible. Una paleta usada, una fotografía perdida, unas hojas secas. Elementos que no suelen protagonizar exposiciones, pero que contienen una carga narrativa extraordinaria. @mundiario



