Últimamente, y dado que me fue regalado por los reyes magos sin pedirlo, estoy viendo – de vez en cuando – películas, series y documentales desde varios portales (o como se diga , Netfix, Prime Video y los correspondientes etcéteras). Y resulta que al sintonizarlos, hago más zapping que antes. No me decido totalmente a escoger una y... terminarla. Más o menos como cuando te apetece leer un libro por su título, y resulta un plomazo de tomo, lomo y lo demás, lo abandono (el último es tuyo, querida Maruja Torres, que lo sepas).
Cuando venía al pueblo, a casa de mamá, sus programas televisivos eran sagrados e innegociables; eran dos: El secreto de Puente Viejo en la tarde, y Cuéntame cómo pasó una vez a la semana (jueves, creo). Pero ella se ha ido y no hay manera de que vuelva.
Así pues, me decido por ver la temporada entera de Cuéntame. Esta serie, a mi parecer, hace un reflejo muy fidedigno de la clase media de la España en los tiempos que describe. Yo siempre había opinado que tenía la misma edad que un tal Carlitos, ahora sé que soy un año mayor, poco más o menos. Aunque para el caso, viene a ser igual: mismas trastadas, mismos juegos – o similares —, mismos libros de texto, mismos amores, mismos misterios, mismos deseos, mismas dudas…
Como ya voy por las últimas temporadas y últimos capítulos, me ha salido aquello del “estado de alarma”, “el confinamiento” y todas esas cosas que los psiquiatras vienen a denominar “memorias semi- inmediatas” (además de las a plazo largo y plazo inmediato).
Nada ver a los personajes con mascarilla, se me ha revuelto el estómago de tal manera que he tenido que hacer esfuerzos para no echar la papilla primera. En serio.
Igual alguien no se acuerda, pero eran épocas de estar en casa, sin salir, todo el mundo junto y mal revuelto, echándose en cara todas las miserias calladas largamente, que afloraban aún sin primavera cobijadora. Eso sí, saliendo a los balcones a realizar una especie de estúpido ritual de aplaudir durante cinco minutos, o más.
Que dicen que era en honor y gloria de determinados profesionales, a los que más tarde ponían de vuelta y media, cuál hoja de perejil cayendo del burro más cercano.
Cuando no poniéndoles la cara colorada y sin recién peiná ni lavá, a base de hostias, no precisamente sacramentales. Pero, por lo que veo, son cosas que no tienen mayor importancia que la que cada uno quiera darle. Excepto yo, que no puedo olvidar aunque tenga capacidad de perdón.
He tenido el gusto de leer un artículo de opinión en una revista que S llama Médicos y Pacientes.com de la OMC ( o sea, Organización Médica Colegial) de una médica llamada Dra. Carmen Valdivia Florensa, que ha tenido a bien enviarme por WhatsApp el antiguo presidente del Colegio de Médicos de mi pueblo. Mi amigo Fernando.
El escrito, aun sin brillantez, aborda temas y solicitudes sobre la tan sobada Atención Primaria en España, que resultan interesantes aunque manidas hasta la pota. La autora lo viene a especificar en puntos; unos catorce. ¡En ninguno! - repito - ¡En ningún punto!, la autora hace referencia al maltrato a los y las facultativos y facultativas. ¡En ninguno de sus puntos reivindicativos! Lo que no deja de tener algo de guasa. Aunque sólo sea un poquito.
Y mientras, Antonio Alcántara, el patriarca de Cuéntame, se debate entre la vida y el otro barrio en una UCI de un hospital madrileño.
Con el único consuelo que los aplausos vespertinos de las ocho en punto logren su cometido de alzar a los altares a los facultativos y facultativas que «dan todo lo que pueden y tienen para salvar vidas» y que cualquier dios les conceda sabiduría y pericia para lograrlo.
¡Oye! Y al final sale el hombre de la UCI, del hospital y sale a la calle como un pimpollo.
Seguiré viendo la serie. A ver si no le diese al buen hombre (Antonio Alcántara) de pegarle unos cuantos bofetones, escupitajos - o vaya usted a saber – ,al facultativo o facultativa de turno que le toque, por el mero hecho de que no le cogen el teléfono y no puede esperar más a que le recete un alprazolam – por poner un ejemplo – que le debe a la farmacia, porque ésta se lo dio sin receta.
¡Qué poco se habla y escribe sobre el tema tan horroroso! La cosa, por lo visto, ha cambiado poco desde la puñetera pandemia hasta la fecha. Eso sí, ya no hay aplausos vespertinos… ¡Benditos sean todos los dioses! Con menos hipocresía y un pelín más de educación, la cosa iría mucho mejor. ¡Dónde va a parar! Pero la memoria tiende a perderse, incluso la inmediata. Como así se lo digo y escribo a quien corresponda y desee. @mundiario



