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MUNDIARIO

Primer capítulo de la novela La Casa de la Troya

La obra La Casa de la Troya, de Alejandro Pérez Lugín (1915), es uno de los textos más editados en lengua española. Ante el Año Santo Xacobeo 2021, la Editorial Camiño do Faro acaba de lanzar una nueva edición, de la que MUNDIARIO publica el primer capítulo.

Primer capítulo de la novela La Casa de la Troya
La novela La Casa de la Troya, de Alejandro Pérez Lugín. / Mundiario
La novela La Casa de la Troya, de Alejandro Pérez Lugín. / Mundiario

Redacción

Análisis de @mundiario

El mayoral, un hombre pequeño y obeso, de profusas y multicolores patillas, salió de la Administración de diligencias con una gran cartera de viaje, que colgó del torno del enorme cocherón, y luego, volviendo a cruzar entre la gente que rodeaba a la Carrilana,  dio el sacramental grito:

—¡Al coche!

En los grupos que cercaban la diligencia hubo gran revuelo, como dicen los periódicos que ocurre en el Congreso los días de crisis. Los que partían apresuraron las despedidas y fueron penetrando en el coche resignados a las siete horas de prensa que les aguardaban.

Eran los viajeros, en su mayoría, estudiantes que iban a buscar en las aulas compostelanas la ciencia que había de hacer de ellos, andando el tiempo, quietos boticarios,  grandes médicos o pequeños rábulas. Aunque contrariados por el punto final que habían tenido que poner a las alegres vacaciones veraniegas, ninguno estaba triste. Todos disponíanse a continuar, a la sombra de los sillares santiagueses, los días de «troula» del estío.

Ajeno por completo al bullicio de los que iban a ser sus compañeros de estudios, Gerardo dejóse tragar por la estrecha berlina de tres asientos. Nadie había ido a despedirle ni le conocía en La Coruña, donde apenas permaneciera veinticuatro horas, y, sin embargo, sentía tanta tristeza al salir de la risueña ciudad como si allí hubiese pasado toda la vida. Casi tanta pena como al arrancarse dos días antes de su amado Madrid. El dolor de una doncella a la puerta del claustro donde violentamente la obligan a encerrarse. Sin duda nos sugiere esta comparación la presencia en la berlina de dos Hermanas de la Caridad, que contestaron con un suave «Buenos días nos dé el Señor» al breve saludo del acongojado estudiante. Gerardo se alegró de esta silenciosa compañía, que le libraba del enojo de la conversación durante el viaje. Desde que partió de Madrid la antevíspera no habían salido de sus labios más palabras que las absolutamente precisas. Hallábase poseído su espíritu por la ira y rehuía todo trato con la gente, que le era odiosa, aun después que el sedante de las horas, esas magas benéficas, fue convirtiendo poco a poco su furor en una grande y resignada tristeza.

Al dar las doce el reloj de la Administración de diligencias, trepó al elevado pescante el mayoral, a tiempo que el postillón, un descarado rillote, cabalgaba airoso de un salto sobre uno de los caballos delanteros y la Carrilana  arrancó violentamente con estrépito de herrajes viejos, rotundidez de tacos y sonora y alegre cascabelería. A Gerardo le pareció que se le escapaba algo de su ser para quedarse en aquel pueblo desconocido. ¡Aquellos rieles del ferrocarril, que desde el alto de Monelos se veían, terminaban en La Bombilla!...

La soleada calle de San Andrés; la bahía, amplia y azul; las leiras feraces de la otra orilla; la linda ría del Burgo; la imponente majestad del Océano; las galerías de la Marina refulgiendo al sol; la Torre de Hércules, que se alza casi en el mar como una esperanza o un adiós; el castillo solitario en la ría... todas estas cosas bellas, que cruzaron en rápida visión ante la ventanilla de la berlina, fueron despedidas por Gerardo con un sentido suspiro, que no fue dueño de reprimir e hizo a las monjitas levantar la vista de los libros de oraciones que iban leyendo.

—¿Va usted enfermo? —le preguntó la de más edad. Gerardo agradeció su interés con un cumplido cual- quiera y se dejó caer desesperado contra el respaldo del asiento, viendo desarrollarse el divino paisaje con ojos hoscos, que no tuvieron siquiera una mirada de gratitud para el regalo del valle de Barcia, dominado en toda su hermosura por la carretera que se devana montaña arriba en caprichosos zig-zags retardando la separación de aquel encanto.

En el Mesón del Viento bajó Gerardo del coche para desentumecer las piernas mientras mudaban el tiro a la diligencia. Los alegres viajeros del «interior» descendieron también y con mucha bulla se metieron en una taberna, toda mugre y moscas, que ofrecía al apetito de los vian- dantes salchichón antediluviano, mohosas latas de sardinas, pan que fue blanco años atrás y un delicioso vinillo del Ribero, cuyo aroma, sabor y frescura disimulaba la roña secular de los vasos y tazas en que era servido.

Gerardo no entró. Estuvo paseando por la carretera. Le inspiraban invencible repugnancia las casucas negras de la aldea y la gente sucia y triste, según él, que en ellas entraba y salía. ¿Cómo era posible vivir tras esas piedras habiendo en el mundo adobes y ladrillos, sogas y yeso con que levantar gentiles edificios? Pensando en Herodes, miraba con odio a los chiquillos que pululaban por la carretera descalzos, despeinados y puercos, como si no hubiese visto el mismo descuido y suciedad en la chiquillería de los barrios bajos madrileños, en la de los medios y hasta en la de los otros más elevados.

Entretanto, los estudiantes pedían cosas en la taberna con mucha seriedad y gran algazara, en unas lenguas ininteligibles.

—¿Espiniquilinguilis, madam?

—¿Alterum nom loedere salchichonorum?

—¿On trompiliman de las consecans madapolan?

—¿Son ingleses, miña nai? —preguntó a la tabernera una rapaza de doce años.

—Sonche pillos. Abre'o ollo. Llama a tu padre, que esta es mala gente, así Dios me salve.

—Es, señora, es. Tenga cuenta con ellos —asintió un joven seminarista, también viajero, que, bondadosamente,  prestóse  a  servir de intérprete entre la vendedora y los compradores.

Cuando el mayoral grita de nuevo «¡Al coche!» abandonaron todos la taberna  precipitadamente,  con una algarabía de doscientos mil demonios, y se metieron en la diligencia con gran prisa.

No habían concluido de acomodarse en sus asientos, cuando la tabernera salió a la puerta dando voces:

—¡Mi pan!... ¡Mis chourisos!... ¡Ladrones! ¡Roubáronme o pan e os chourisos!... ¡Ay, Manoel!... ¡Manoel!... ¡Ay, Manoel!... ¡Corre, que nos roubaron os chourisos!... ¡Aaaay, Manoel!...

—¡Ay, Manolé!

¡Ay, Manolé!...

La mujer llegó furiosa, imponente, hasta la portezuela del interior, que, en vano, pugnó por abrir.

—Tenga cuenta no se haga mal, que va a arrancar el coche —le advirtió cariñoso y suavemente el seminarista intérprete, que sentábase junto a la ventanilla.

—¡Pillos! ¡Ladrones! ¡Y usted es el peor de todos!

¡Rillote! —le escupió la tabernera.

—¿Quién yo? ¡Ay, Señora; mire lo que habla!

—¡Rillote! ¡¡Rillote!!

—Pero, ¿y luego? ¿No le dije a usted que tuviese cuenta? Yo ya la avisé.

—¡Ay, Manoel! —clamó la mujer a un hombre gordo que, en mangas de camisa, apareció por la carretera corriendo, o figurándose que corría—. ¡Anda ligero, que estos pillos roubáronnos o pan e os chourisos!

Manuel entróse en la taberna y volvió a salir en seguida empuñando un pavoroso fungueiro. Inútil el heroico esfuerzo. En aquel mismo punto arrancó la Carrilana, y aunque Manuel y su cónyuge intentaron seguirla, no les fue posible y tuvieron que conformarse con insultar a los del coche, acompañados del coro general de vecinos que habían acudido a la algazara:

—¡Estudiantes d'a fame!

—¡Rillotes!

—¡Estudiantes del hambre!

—¡Famentos! —rugía Manuel agitando la estaca—.

¡Ya os daría yo...!

—¡Que lle den!

¡Que lle den bertorella!... —alejáronse cantando los diablos de la Carrilana.

—¿Ti, ves? —chilló la tabernera al marido, volviendo contra él toda su ira—. Si estuvieses en casa como es obligación... ¡Maldito sea el tute y quien lo trujo, e o tu demo dos estudiantes famentos, amén Jesús, Dios me perdone!

—Calla, mujer. ¿Qué te llevaron?

—Lleváronme dos molletes grandes, ¡así se afoguen con eles!, más catorce chourisos que tenía aquí colgados.

—¿De los buenos?

—¡Ay, hom! ¿Y luego iba yo a poner ahí de los buenos? Non, home, non. Fueron de los arrasidos, los del puerco que murió. ¡Así revienten ellos!

—¡Ay, eso bien! ¿Y qué te pagaron?

—Diéronme cuarenta y siete reales de doce chiquitas del Ribero, tres jaseosas, dos cervezas, nueve perros gordos de salchichón y una peseta, un real y tres cadelas de pan.

—¡Boh! Pues entonces déjalos ir, que inda ganamos nueve reales.

—Y más también, once; pero si tú no estuvieras jugando al maldito tute, en vez de atender a tus obligaciones, no se llevan los chourisos y el pan, y ganábamos mais.

Entretanto, ajena al conflicto matrimonial que dejaba en la taberna, la Carrilana  corría carretera adelante, seguida de una nube de chiquillos harapientos y sucios, que trotaban incansables durante una larguísima e inverosímil carrera, porfiando a los viajeros la miseria de una perra chica.

—¡Écheme una cadeliña, señoritiño! —demandaban. Y el coro general apoyaba la petición con un sonsonete repetido hasta la saciedad, sin cansarse nunca ni dis- minuir el andar.

—¡Échela!... ¡Échela!... ¡Échela!...

Y, como no les hicieran caso, tiraron de argumento

Aquiles:

—¡Échela y le canto una copla!

—¡Échela!

—¡Échela!

—¡Échela!

Así un kilómetro, y otro, y otro, y otro...

¡Buenos estaban para coplas los viajeros del interior! Planteado por el seminarista, había surgido un grave caso de conciencia al procederse al reparto de los chorizos «adquiridos» en la taberna.

—Estos manjares proceden de un robo ¡Allieni sunt!—había dicho el canónigo en ciernes—. Si los coméis, os condenáis.

—Si toséis, toméis.

—Hablo en serio. Estáis obligados a restituir. Es un caso de conciencia.

—¡Eh, mayoral!... Pare usted, que me quiero bajar para un caso de conciencia... ¿Ves? No hace caso. Es imposible. Ad imposibiliam nemo tenetur. También en la Universidad tenemos nuestros latines. Nadie está obligado a lo imposible; es así que no hay posibilidad de restituir, ergo...

—¡Niego! ¡Niego! No podéis restituir a la tabernera, pero debéis absteneros de comer los chorizos. Entregadlos a una persona de respetabilidad para que los reparta entre los pobres.

—¿Y esa persona respetable eres tú?

—Puedo serlo. Por mi carácter...

—Por tu carácter te vas a quedar sin probar este riquísimo embutido, porque como tienes tantos escrúpulos...

—¡Alto ahí!, que yo me puse a salvo advirtiendo a la tabernera que tuviese cuenta con vosotros.

—Pues a tu advertencia nos acogemos y ella nos salva.

—Sobre que nos puede absolver de antemano.

—¿Yo?

—O no hay chorizo.

—Entonces... (cantando)

Pues, perdonado, desde luego queda usted.

(coro general)   —¡Gracias, señor!

—¡Pues a comer!

—¡Demontre, qué brutos somos! ¡Por vida de!... —saltó aquí uno.

—¿Qué pasa? —preguntaron todos.

—Que nos hemos olvidado del vino.

—Pues es verdad.

—¡Maldita sea!

—Sella el labio. Nada de maldiciones. No os apuréis por tan poca cosa, que aquí estoy yo, y conmigo estas tres señoritas —dijo el seminarista sacando de debajo del asiento tres botellas de tostado del Ribero.

—¡Viva!

—¡Bravo!

—¡Viva el  creguiño!... Pero,  oye...  —extendiendo una mano alarmada hacia las botellas—, éstas ¿son también de allí?

—Son.

—Entonces no puedes beber. Trae acá. Es otro caso de conciencia.

—¿Cómo que no? Yo advertí a la tabernera que tuviese cuenta, y de ahí no me saca ningún Padre de la Iglesia. Debió tenerla; la tuvo... Ergo, como si me las hubiera regalado, que yo no me escondí para cogerlas.

Al llegar a Órdenes, el cielo, encapotado desde poco antes, comenzó a soltar agua; unas leves gotas al principio, que fueron luego en el resto del camino, fuertes chaparrones a ratos, y pausada llovizna, agüiña de calabobos, otras veces.

—Ya se conoce que nos aproximamos a Santiago de Compostela —murmuró Gerardo levantando el cristal de la ventanilla para sustraerse a aquel horror.

Santiago, que le había dicho un amigo, y lo del aburrimiento y la tristeza, monarcas indestronables de Compostela, que le habían contado en La Coruña, eran todas las noticias que Gerardo tenía de la ciudad donde, por imperativo e irrevocable mandato paterno, iba a permanecer recluido ocho eternos meses peleando con una porción de antipáticos «derechos» que a él teníanle completamente sin cuidado.

¿Por qué el empeño de su padre en que concluyese la carrera? ¿Para qué la quería él? ¿No era rico? ¿Pues entonces?

Los ricos, como decía muchas veces el sentencioso Antoñillo el Gitano, que aunque «tocaor» de guitarra, era un hombre profundo, no deben tener más ocupación que la de gastar para que los pobres vivan.

—La cariá se jase de muchas maneras, y una es la de gastar los parneses que Dios ha jecho reondos pa que corran mucho. Como si los persiguieran los seviles. Er que tié un duro y se lo guarda, es un ladrón y un malaje.

No podía ser tachado de tal nuestro amigo. Desde que dos años antes, al marchar su padre a París, llamado por sus negocios de ingeniería, Gerardo se quedó sólo en Madrid para seguir estudiando la carrera de Leyes, bajo la descuidada vigilancia de un tío suyo, no hizo más que gas- tar y divertirse. Sin ser precisamente un vicioso, era «un señorito que se divertía», como llaman a estos tales los profesionales de la juerga que de ellos viven.

Solo, libre, joven y con dinero, Gerardo tendió las alas y voló. Desde la partida de su padre lo hizo todo menos estudiar. La verdad es que entre tanto baile, jira, encerrona, tientas, tientos, etc., etc., apenas sí le quedaba el tiempo necesario para cumplir sus deberes de contertulio de las peñas taurinas del Suizo y de las alegres de Fornos, y para hacer por las noches sus visitas a tiples y coristas de la Zarzuela, Eslava y Apolo.

Y como, aun siendo espléndida, la pensión que su padre le pasaba no era suficiente para sostener la vida de bondadosos señores que le facilitaban cantidades con su exorbitante por qué a cuenta de la pingüe herencia materna, de que debía entrar en posesión al año siguiente, al lle- gar a la mayor edad.

Últimamente, Gerardo se había dejado cazar por la Mañitas, una segunda tiple del Teatro Apolo, que acababa de plantarse de un salto entre las estrellas lírico-coreográficas de primera magnitud, haciendo con picante desenvoltura el papel de Mostaza en «Ultramarinos nacionales», uno de esos engendros en que zurcen un éxito loco cinco o seis decoraciones, dos toneladas de bombillas eléctricas, diez kilómetros de percalina y mucha pierno- grafía rellena de algodón.

El muchacho se enamoró de la Mañitas como un loco o como un tonto. Estaba «colaíto, colaíto», según el dictamen de la señorita no sé cuántas de la derecha.

—Cómo se ponen los hombres «pa» perderse.

—O «pa» casarse —le arguyó la señorita tantas de la izquierda.

—Es lo mismo —contestó la otra.

Y he aquí que una mañana se presenta en Madrid, sin anunciarse, el padre de Gerardo, y le avisa, de modo que no admite réplica, que ha resuelto que en la tarde de este mismo día, 29 de septiembre, salga para Santiago de Compostela a concluir su carrera en aquella Universidad, elegida al efecto por ser la más apartada de la Corte y porque  la  quietud  y  la paz de la ciudad de piedra—aseguraba don Juan, entre severo y cariñoso— serían la mejor medicina para curar a su hijo de todos sus males y convertirle en un hombre de bien.

—Con tus  calaveradas —agregó— has puesto en peligro la fortuna que te dejó tu madre, que Dios haya, o por lo menos una buena parte de ella. Yo acabo de remediar este daño con mis medios, porque deseo entregártela íntegra el día de tu mayor edad; pero quiero también que, cuando la recibas, seas un hombre formal y no la dilapides neciamente con toreros, mujerzuelas y perdidos.

Ante las palabras de su padre bajó Gerardo la cabeza, pero prometiéndose regresar a Madrid en seguida. Don Juan, hombre ejecutivo, preparó incontinenti el viaje, y apenas sí permitió a su hijo despedirse de un par de amigos que toparon al paso. A uno de éstos encargó el atribu- lado joven que avisara a la Mañitas de lo que le ocurría y la rogase que bajara a la estación para decirle adiós.

Poco antes de partir el Correo de Galicia presentóse el amigo recadero en el andén con la noticia de que la Mañitas se excusaba de acudir, pretextando que tenía ensayo.

—¿Pero eso es verdad?

—Mira, chico, ¿para qué andar con pamplinas? Yo no sé si tiene ensayo o no, pero acabo de ver en la Cuesta de San Vicente a esa gachí en un milord, camino de la Bombi, muy acaramelada con el Marqués de los Morrones, el tendero ese tan rico que es socio de la platea de los Gazapos, como la llaman las coristas. Mira que está bien puesto, ¿verdad?

—¡La infame! —rugió Gerardo. Y luego con la experiencia de sus veinte años, agregó, convencido y despectivo: —¡Todas son lo mismo!

¡Ah! Pero aquello no quedaría así. No podía quedar. Él tenía su plan. Su padre le acompañaba hasta Venta de Baños, en donde tomaría el expreso para tornar a sus trabajos de París. Él quedaríase en Palencia y en el primer tren que por allí pasase regresaría a Madrid para tomar fiera venganza de aquella mala hembra.

Don Juan debió de adivinarle sus imaginaciones, porque, apenas se instalaron en el departamento donde iban solos, atajó los malos pensamientos del muchacho advirtiéndole las precauciones que había tomado para que, en cuanto regresara a Madrid sin su permiso, le detuviesen y lo condujeran a Santa Rita, el terrible correccional de jóvenes incorregibles. Después, cambiando de tono, sustituyó la severidad por el cariño y habló al muchacho dulcemen- te, como a un niño enfermo unas veces, y otras como a un hombre serio, cuya hombría de bien se espera más que de todas las amenazas y conminaciones.

Gerardo se dejó vencer, y cuando su padre le pidió, emocionado, palabra de honor de que le obedecería, la otorgó sincero. Don Juan le estrechó la mano.

—Bien, hijo mío, eso me basta, porque eres un hombre digno, que si has pecado no ha sido por maldad. Ahora te confieso que no hay policía avisada ni correccional de Santa Rita, ni nada de cuanto te dije para asustarte. A ninguno de estos medios denigrantes he querido apelar porque tenía la certeza de que habías de obedecerme por buen hijo antes que por otra cosa y darme esa palabra, que estimo yo por todas las escrituras con que los hombres aseguran sus negocios. Tu honor me garantiza el cumplimiento de mis deseos, que son tu bien... Y más que nada me lo afirma tu corazón bueno y leal, que no es culpable... El culpable soy yo, que te dejé solo, abandonado a la inexperiencia y fogosidad de tus pocos años. ¿Me perdonas, hijo mío?

¿Cómo desobedecer?

Y allí estaba, en aquella diligencia, camino de una ciudad que, aun antes de conocerla, odiaba profundamente.

Ahogábase. Pidió permiso a las silenciosas monjitas para abrir la ventanilla que antes cerrara. Hacía allí tanto calor...

El paisaje se le mostró de una tristeza infinita en aquel anochecer lluvioso. Los campos verdes, de un verde triste, estaban solitarios. Las casas del camino, cerradas, herméticas. La carretera, desierta. Parecía un país abandonado. La niebla iba envolviéndolo todo, borrando los contornos de las cosas, tragándoselas. De tarde en tarde cruzábase la diligencia con algún «paisano» que, embutido en su carrik de paja y cubriéndose con un enorme paraguas rojo, cabalgaba en uno de esos pequeños y fuertes caballejos del país que andan en un día todas las leguas del mundo.

Cerró la noche y desapareció todo. Sólo quedó el sarcasmo de los cascabeles y el rechinar de las ruedas y los ejes, de la diligencia. Uno de estos carros chillones del país pasó envuelto en la oscuridad, llenando el aire con su chirriar agudo y desagradable. Era como un gemido desespe- rado que saliese de las entrañas de la tierra.

De pronto pasaron ante la ventanilla del carruaje los faroles encendidos de una calle, luego una ermita, en seguida dos conventos de monjas, uno enfrente de otro, y pocos pasos más allá una pequeña iglesia. Torció la Carrilana  en una virada rápida y bajó por una calle en cuesta, a cuya conclusión irguióse, cerrando otra rúa breve, el histórico convento de Santo Domingo; poco después cruzó ante el de la Enseñanza, ante el de las Madres Mercedarias en seguida, y un minuto más tarde se detuvo.

Un tropel de gentes con paraguas o embutidas en los impermeables se acercó a las portezuelas de la diligencia. Gritaban unos un nombre llamando a los viajeros, invisibles en la oscuridad del carruaje, y voceaban otros ofreciendo a los cuerpos traqueteados el problemático descanso de unos hoteles primitivos:

—¡Fonda Suiza!

—¡Vizcaína!

—¡Carrilana!

—¡La Estrella!

Una porción de mujeres, descalzas de pie y pierna, la falda recogida hasta media pantorrilla, agitando furiosas en las manos el «molido» que habían de colocarse en la cabeza para que no les lastimasen los bultos que condujeran, abalanzóse a los viajeros chillando como desesperadas, ofreciéndoles sus servicios faquinescos y pugnando por arrancarles el equipaje que llevaban a la mano, sin que  pudiera  impedir  el  algarero  acoso  un  municipal viejo, que bregaba ruda e inútilmente por reducirlas al orden, cuidando de que no le estropeasen el paraguas que llevaba abierto.

—¡Señorito! ¿Quere que llo leve? —interrogaban a los viajeros, insistentes y pegajosas como moscas.

Gerardo dejóse conducir por un mozo a la fonda que le habían recomendado como la mejor, bajo una lluvia menuda y persistente, sumiéndose en unos soportales oscuros y cruzando unas calles angostas que sólo alumbraban las débiles luces de los escasos comercios que en ellas había.

—¿Cómo no encienden los faroles del alumbrado? —preguntó a su acompañante.

—Es que le hay luna.

Nuestro malhumorado amigo estuvo a punto de estallar creyendo que se burlaban de él, pero el otro se apresuró a explicar que, según el contrato previsor celebrado con el Ayuntamiento, la Compañía del Gas estaba exenta de la obligación de encender los faroles las noches que marcaba luna el calendario.

—¿Aunque llueva como ahora?

—Esto no le es nada. Así caigan chuzos.

¡Valiente poblacho! ¿Y allí habían ido a poner la Universidad? Era una desconsideración, «una mala sangre», según el vocabulario florido de la Mañitas. ¿Quién era capaz de estudiar en aquella cueva?... ¡Y habría que ver los habitantes!

En la fonda, un caserón de huéspedes con pretensiones de gran hotel, una criada, descalza, resuelta y picada de viruelas, le guió hasta un cuarto sórdido.

—Quiero otro mejor —dijo el estudiante saliéndose irritado al pasillo—. El mejor que haya.

—¡Ay, señor! —contestó toda admirada la fámula—. Y luego, ¿éste qué tiene? Pues le advierto que aquí le paran viajantes de las mejores casas y nunca nada le dijeron de los cuartos.

—¿Pero lo hay mejor o no?... Pues si lo hay, lo quiero, y si no...

—Haylo, señor, haylo. ¡Jesús; no se ponga así que no es muerte de hombre! —replicó la moza. Y mirándole con cierta desconfianza, añadió, previsora: —Pero le cuesta...

—No  he  preguntado  el  precio  —cortó  secamente Gerardo.

Lleváronle a otra habitación, una salita con alcoba, amueblada con pretensiones, a la moda de cincuenta años atrás, sin gusto ni comodidad. Sin embargo, se la ponderaron mucho. Él la aceptó con aquella resignación con que, desde que se despidió de su padre, acababa por someterse a todo, y se dejó caer en el sofá, que gimió al recibir el liviano peso del desesperado estudiante.

Luego, cuando se fueron la doncella y los mozos que le llevaron el equipaje, cerró la puerta y, al sentir esa dolorosa impresión de soledad, abandono y aislamiento que producen los cuartos fríos y hostiles de las fondas, fuese al balcón, lo abrió y asomóse.

Daba a una calle estrecha y corta. Parecía que la casa de enfrente podía tocarse con sólo alargar el brazo. En rea- lidad, no le faltaba mucho. Seguía lloviendo. Una gárgola vomitaba violentamente sobre la calle un enorme chorro de agua que batía con fuerza en las losas, produciendo un ruido monótono y triste. El reloj de la cercana Catedral dejó caer lentas, sonoras y graves ocho campanadas sobre el tedio de la ciudad. Sonó cerca una campanilla, tintine- ando lúgubremente, y paróse en la esquina un hombretón envuelto en una amplia hopalanda.

—¡Hermanos! —gritó con pavoroso acento—. ¡Recen un Padrenuestro por el alma de Don Alfonso de Fonseca, bienhechor de la ciudad!

Y de más lejos llegó una dolorida voz femenina que lanzaba, con unas cadencias largas y tristes, un pregón que más parecía quejido angustioso:

—¿Queeen queeere ooostraaaaas?

Gerardo cerró de golpe la vidriera, se arrojó de bruces en la cama y rompió a llorar como un chiquillo.

*   *   *

Después de cenar ligeramente y solo en un extremo de la larga mesa «redonda», para evitar la vecindad de unos viajantes que alborotaban en el otro, nuestro muchacho sintió el horror de la soledad y la inacción; púsose el impermeable y salió a dar una vuelta. A los pocos pasos encontró una calle con soportales y metióse bajo ellos. Por allí alborotaban algunos  estudiantes  y  paseaban, lentos y graves, unos cuantos señores enchisterados, hacien- do el tiempo hasta las diez, hora compostelana de la cena.

Gerardo recorrió toda la rúa en cinco minutos, contando los que se detuvo a mirar, sin ver, los escaparates de las platerías, llenos de medallas de santos, rosarios, filigranas y bandejas repujadas, hermosas obras de arte de los delicados orfebres santiagueses, y en comprar una novelucha cual- quiera en la librería de un catalán muy hablador, que en vano intentó pegar la hebra con nuestro amigo. Luego metióse en un café, igual a todos los cafés provincianos, con sus diva- nes desvencijados forrados de terciopelo rojo desvaído, sus espejos sucios cubiertos de gasa rosa y las paredes adorna- das con pinturas, de mejor intención que hechos, reproduciendo cuadros conocidísimos de la bohemia estudiantil.

No había entonces más concurrencia en el establecimiento que unos pacíficos y silenciosos jugadores de aje- drez y otros alborotadores de dominó que colocaban sus fichas con estrépito de ajos, dando tan tremendos golpes sobre el mármol de la mesa que se esperaba de un momento a otro verlo saltar en doscientos mil pedazos.

—¡Pon ahí un seis!

—¡Una centella que te coma!

—¡Jesús! ¡Toma rodaballo!

—¡Pra quen más queiras, filliño!... ¡Dominó!

Los ociosos camareros rodeaban familiarmente a los de la partida, interesados en ella y discutiendo las jugadas; pero Gerardo no tuvo que llamar para que acudiese diligente un mozo de aire resuelto, ojos vivos de mirar socarrón y poblado bigote, que usaron los del oficio en Santiago mucho antes de que sus colegas madrileños decidieran exornar peludamente los respectivos labios superiores.

—Café, ¿no...? ¿Solo?

—Con leche.

—Muy bien. ¿Ron o coñac...? Viene en seguida.

El pensamiento del joven voló hasta Fornos, su Fornos, en donde a aquella hora estarían, como de costumbre, sus amigos disponiéndose a la cotidiana correría nocturna. De lo hondo de su pecho escapóse un suspiro y de nuevo acometiéronle deseos de llorar. Le contuvo la pre- sencia del camarero que trajo el servicio, llenó la taza del estudiante y se quedó en pie, junto a la mesa, mirándole.

—¿Qué espera usted? —le dijo Gerardo.

—A que usted me pregunte —contestó desenvuelto el otro—. Usted es forastero, de Madrid; viene ahora por primera vez a Santiago; no conoce aquí a nadie; quiere enterarse de muchas cosas, porque está aburrido, e interroga a Rafael, que lo sabe todo.

—Pues Rafael se equivoca —contestó Gerardo con desabrimiento, que corrigió en seguida, al mozo psicólogo, conocedor del corazón forastero—. Ni yo deseo hablar, ni enterarme de nada, ni me interesa lo que pueda ocurrir en este pueblo... Pero, ¿por dónde sabe usted que no conozco aquí a nadie, que soy de Madrid?...

—... ¿Estudiante de Derecho y que está muy contrariado porque le han hecho venir a Santiago a la fuerza? Pues mire usted, señorito, lo último se lo he conocido en el mal humor con que me ha hablado; lo de ser madrileño, en que toma el café con leche; lo de estudiante de Derecho, en que viste usted elegantemente (los de Medicina y Farmacia no se le preocupan tanto de estas cosas; le son más descuidados... por regla general, ¿eh? También le estudian más). Y lo otro se le conoce a usted, ¿qué sé yo?, en el aire, en el hablar...

Digamos, en honor del perspicaz camarero, que a la hora de la noche en que así hablaba aún no naciera nuestro preclaro amigo el señor Sherlock Holmes, o por lo menos no había llegado a Rafael la participación del natalicio.

—¿Usted ha estado en Madrid? —interrogó Gerardo.

—No, señor; pero un año de estos, antes de llegar a viejo, le he de ir allá a correrla unos días... Y eso que por acá también se le corre... ¡Y más bien!

—¿Aquí? —preguntó el estudiante asombrado.

—¿E logo? Se extraña usted, claro está. A todos les ocurre lo mismo cuando vienen por primera vez. Piensan que en Santiago no es posible divertirse.

—¿Con la lluvia, las calles a oscuras y esta tristeza...?

—Con todo eso, señorito. Tristeza hayla, no se puede negar; agua del cielo también cae abondo, mas para estar alegre basta con que uno tenga alegría. En teniendo el cuerpo contento, se ríe uno así estén las piedras de la Catedral negras de un mes de lluvia... En cuanto a la oscuridad de las calles, hale de parecer muy bien cuando lleve aquí una temporadiña y se arme su choyo con alguna rapaza. Eso de los faroles apagados le es cosa de un concejal que conocía bien el pueblo y las conveniencias de los hombres, sobre todo de las personas serias.

—¿Y llueve siempre como hoy?

—Mucho más. Lo de hoy no le es nada; un orballo.

—¿Es verdad que dura muchos días el agua?

—¡Ay!, le hay veces que se le pasa un mes lloviendo. Y algunas, más. Pero non pase pena; los primeros días estará usted mal, luego se acostumbrará usted y... 

—¡Nunca!

—¡Boh! Es usted un rapaz, y de rapaz se le hace uno pronto a todo.

Comenzaron a llegar estudiantes, que saludaban a Rafael con efusivos apretones de manos, gritos y alborotados ademanes.

—¡Salve, divino Rafael, camarero sin par, Providencia de estudiantes desvalidos!

—Boas noites, Rafaeliño bueno; sírvenos sin miedo, que hoy pagamos.

Algunos gritaron, al sentarse, a los del ajedrez:

—¡Ey,  vosotros!

¿Esa partida es la misma que estabais jugando en junio, cuando nos fuimos?

Otros rodearon a los del dominó, los cuatro jugadores más fuertes de la localidad, mezclando sus voces a las de ellos.

Un hombre viejo, cojo y casi ciego, cubierto con un mugriento sombrero de alas anchas y abrigado con la clásica capa de paja de los paisanos gallegos, entró con un fajo de periódicos bajo el brazo, golpeando el suelo con un temeroso garrote y pregonando con voz aguar- dentosa:

—¡El  Ciclón!  ¡El  Café  con  jotas!  ¡La  Jaseta  de Jalisia!, con los últimos partes de Madrís y de Barselona; ¡Las  Dominicales  del  Libre  Pensamiento  semanal  de Madrís!

—¡Catropallas!   —le  gritaron  los  estudiantes—. ¡Viva el clero!

—¡Ide a estudiar, granujas! ¡Canallas!

—Catropallas, ayer viéronte jugando al tute con tres canónigos.

—¡Meigas  fora!  E  a  ti  confundíronte  c'un  home. ¡Mira que cousas!

—Dame El Siglo Futuro, Catropallas.

—¡Un rayo que te parta daríate yo! ¡Famento! ¡Sinvergüenza! ¡Carcunda! ¡Viva la niña!... ¡Las Dominicales...!

Gerardo compró un periódico local cualquiera, una de esas ingenuas hojitas provincianas que van matando, implacables, los grandes periódicos a la moderna, impresas en abultados caracteres del 9 y del 10, llenas de erratas y mediadas de noticias de la minúscula vida local: «Ayer han sido pintados de verde los bancos de la Alameda.» «Desde mañana, la campana gorda de la Catedral dará el toque de ánimas a las ocho de la noche.» gacetilla que tienen para nuestro aburrido madrileño un sabor arcaico que nos encanta y hasta nos conmueve evocando figuras familiares del melancólico cuadro pueblerino de nuestra juventud. Los militares retirados, que pasean lentamente por uno de los andenes laterales de la Alameda de los bancos recién pintados, hablando de la injusticia de tales recompensas del año de la Nana; los canónigos, que flamean, orondos, sus sotanas por el andén más soleado y resguardado del viento Norte, charlando de intrigas y favores; los catedráticos, enchisterados y solemnes, discurriendo sobre la política por el paseo central, por donde también deambulan, no menos enchisterados y todavía más solemnes, los señores de la Audiencia y el Juez, guardando el mismo rigor de puestos que si estuviesen en sala, y hablando, como los retirados, de la injusticia de los ascensos, de intrigas, como los canónigos, y de política, lo mismo que los catedráticos.

Gerardo desdeñó las noticias locales que no le decían nada y púsose a recorrer los telegramas, enfrascándose en la lectura de unas declaraciones del Presidente del Consejo, que no entendió, pero que le interesaron sólo por estar hechas en Madrid.

El café fuese poblando de gritos y carcajadas. Los recién venidos eran llamados de cincuenta sitios para saludarles. De unas y otras mesas cruzábanse preguntas, chistes, bienvenidas, advertencias y pronósticos sobre el año escolar que se había inaugurado solemnemente aquella mañana.

—Dicen que Ramiro está más fiero que nunca.

—¡Boh! Al lado de Varela, una malva.

—El que no vendrá hasta últimos de curso es Maximino. Te va a Madrid de juez de oposiciones.

—¡Maldita  sea!  ¡También  tenemos  buena  suerte! Inda si se llevasen a Romero... ¿Y quién le sustituye?

—Cagarolas.

—¿Estuviste en el Inferniño?

—¡Ay!, ¿y tú te piensas que me voy a estar leyendo la misma novela toda la vida? Hay que variar, santiño. Este año «voy poner» los puntos a la «Roxiña» de los Laureles, que me hacía cara el pasado.

A Gerardo molestábale tanto ruido, y llamó al camarero para pagarle.

—Ya sabe usted, señorito, cuando necesite alguna cosa aquí tiene a Rafael, que es bueno como el pan, servicial como él solo y útil para todo.

Al salir nuestro amigo chocó con un estudiante que entraba, un sujeto alto, cetrino, de cara redonda, pelo rabiosamente rizado y ojillos vivos.

—Usted perdone —dijo el que salía.

—¿Es usted estudiante? —preguntó el que entraba.

—Sí, señor.

—Pues dispensa, chico.

Sin duda el rapaz era muy popular entre sus compañeros, porque desde la puerta oyó Gerardo cómo los del café le recibían con grandes muestras de cariño y alegría.

—¡Madeira! ¡Madeira! —gritaron jubilosos en diez sitios, mientras que en otros diez, y son veinte, pregunta- ron,  ahuecando  cómicamente  la  voz—:  ¡Madeiriña!, ¿cuándo subes en el globo?

Era una broma que tradicionalmente gastaban al estu- diante, quien, algunas veces enfurruñábase al oírla, sin que ni él ni los otros, ni el demonio que la inventó, supiesen lo que significaba.

—¿Qué hay, canalla? —contestaba Madeira repar- tiendo abrazos y apretones de manos—. ¡Rafael! ¡Rafael! Ven acá, fénix de los camareros, que Madeira trae dinero fresco y va a pagarte. —Enfáticamente: —¿Qué te debo?

—¿Y qué prisa le corre?

—¡Ah!, pues si tú no la tienes, yo tampoco. Lo dejaremos para el año que viene y será más larga la cuenta.

—No me sea tan pronto, ¡hom! Le era un cumplido.

—Pues con el dinero no se debe andar con finuras. ¿Qué te debo?

—Diez y nueve pesos y más dos pesetas.

—¡Ladrón! ¡Guardias! ¿Os parece? ¿Diez y nueve duros de cafés!

—¡Ay!, no, señor. De cafés le son siete duros y ocho reales. Ciento cuarenta y ocho cafés. Lo otro le son sablazos.

—Toma y calla, matemático, que el de la cuenta de la vela era un coitadiño a tu lado. Y ahí tienes esos otros pesos de propina.

—Muchas gracias, señorito Madeira. Y cuando quiera volvemos a empezar.

—¡Mala centella me coma si es después de pasado mañana!

—¿Dónde para usted este año?

—En la posada de la Troya.

—¿En casa de doña Generosa? ¡Arrenégote demo! Usted era el único que faltaba allí.

Un sereno de andar perezoso, envuelto en un carrik pardo, con el sombrero de anchas alas hundido hasta el cogote y la alabarda bajo el brazo, pasó por la rúa chocle- ando los zuecos y cantando la hora con voz tarda y triste:

—¡Ave María Purísima! ¡Las diez y media! ¡Y llo- viendo!

Aquella noche soñó Gerardo que se había muerto de tristeza y le llevaban a enterrar procesionalmente por unas calles estrechísimas, pobladas por furiosos jugadores de dominó. Delante del féretro, que era la campana del reloj de la Catedral, marchaban bailando alegremente Rafael y Madeira cogidos del brazo y cobijados bajo un enorme paraguas rojo. De vez en cuando parábanse y daban una gran voz:

—¡Hermanos!  ¡Aquí  llevamos  a  don  Alfonso  de Fonseca! ¡Murió de una indigestión de agua!

Y en una interminable fila de serenos, que capitaneada por Catropallas seguía detrás de la campana, contestaba entonando un extraño y tristísimo versículo de un mise- rere absurdo:

—¿Queeen queeere ooostraaaaas?... @mundiario