Diario de un peregrino: Miranda de Ebro - Bisjueces, 7 de mayo

Peregrino en el Camino de Santiago. / FrAn LaREo para Mundiario
Peregrino gastronómico. / FrAn LaREo para Mundiario

Un día diferente: abandono a los bicigrinos, en busca de mi pasado.

Diario de un peregrino: Miranda de Ebro - Bisjueces, 7 de mayo

Durante el desayuno en la Hospedería del Convento, nos visita el Padre Jesús, mi guía en el día de ayer por los claustros del convento, para despedirse de nosotros; aún encontramos tiempo para visitar la importante biblioteca que conservan, perfectamente catalogada.

Los cuatro bicigrinos supervivientes me dan autorización para que tenga la mañana “libre”, para mí solo. Y emprendo viaje hacia la localidad de Santa Gadea del Cid, en cuyo término municipal se encuentra el Monasterio de la Virgen del Espino; apenas 15 km. desde Miranda de Ebro.

Vuelvo atrás, hacia mi niñez-adolescencia, en busca de un pasado del que me siento orgulloso y agradecido: tanto a mis padres como a los sacerdotes redentoristas que cuidaron de mi educación durante cuatro años. A este período de tiempo debo una parte muy importante de lo que soy como persona.

Ante de llegar al monasterio me acerco a la Necrópolis de Santa María de Tejuela, entre las localidades de Puentelarrá y Santa Gadea, localizada en un bosque de encinas y quejigos y al pie de los picos Besantes y Recuenco, que forman parte de la Cordillera Cantábrica. Un asentamiento poblacional que pudo haberse originado en el siglo VIII y permaneció hasta el siglo XI. Su núcleo central estaba constituido por un cementerio cristiano y un templo que hoy presenta la apariencia de una gruta, en la que subsiste lo que parece fue altar.

Apenas 3 km. más y veo la mole del Espino. Me reciben el Padre Gómez, profesor mío, con 92 años a sus espaldas, y el Padre Jesús, compañero de entonces. Tras tomar un café en el comedor de la comunidad –escueta comunidad constituida por cuatro religiosos, el más joven de 73 años-, recorremos juntos el claustro, majestuoso en su sencillez; el lugar que entonces ocupaban aulas y dormitorios,; la biblioteca, antiguos refectorios de alumnos y comunidad –este último conserva el atril desde el que se leía durante las comidas-, los jardines, el frontón, el cementerio de la comunidad, donde reconozco el nombre de antiguos profesores -de latín, lengua y gramática, geografía, música, declamación,…-, y la iglesia, presidida por la imagen primitiva de la Virgen del Espino, situada en una hornacina de piedra, única imagen del templo; naturalmente, el sagrario ocupa el lugar que le corresponde. Hace años retiraron el retablo barroco del altar mayor. La iglesia, dentro de su sencillez, es hermosa, escueta, elegante, sin elementos que puedan distraer la atención del que acude allí a orar.

Me arrodillé en el lugar que habitualmente me correspondía y recé por mi familia –esposa, hijos y sus consortes, nietos-, por el resto de la familia, por los amigos –con un recuerdo especial para los que atraviesan una crisis de salud-, por la familia de Renacer. Recordé los momentos difíciles que pasé entre los 11 y los 15 años, pero, sobre todo, valoré la educación cristiana y la formación que allí recibí, partes esenciales en mi vida de hoy.

El Padre Jesús, superior de la comunidad, me invita a comer con ellos. Fue un almuerzo en familia, tanto por la forma como por la conversación, llena de recuerdos de compañeros, de profesores ya fallecidos, de los que viven una serena vejez; de la educación de aquellos tiempos –entre los años 1953 y 1957-, que hoy rechazaría cualquiera si la mira con la mente, las costumbres y las formas actuales; anécdotas y costumbres. En la tertulia posterior expresé a la comunidad mi recuerdo agradecido por los años que viví en El Espino.

Inicio el último tramo de la etapa de hoy, pasando , por Sobrón y el desfiladero del mismo nombre, por la carretera que rodea  el embalse sobre el río Ebro. , Me detengo en Frías, un pueblo encaramado, increíblemente, en un cerro, con su castillo, su iglesia y, naturalmente, sus viviendas, con sus soportes y vigas de madera vistas. Desde la explanada de la Iglesia de San Vicente mártir, se contempla una vista espectacular, con el Ebro al fondo y su puente de piedra, de origen románico, reconstruido en la Edad Media.

Medina de Pomar y … Bisjueces. Nos hospedamos en la casa de turismo rural Torre de Bisjueces. Merece la pena contar la leyenda que me transmitió el regente del establecimiento, sobre el origen del nombre de la localidad. Si no es verdad, parece que para algunos sí lo es, los primeros juicios de Castilla se celebraron en Fuente Zapata, lugar que pertenece al actual municipio de Bisjueces, con la presencia de dos jueces, de ahí el nombre del pueblo. Si alguien no lo creyera, tendría que explicar el motivo por el que ambos, identificados como Laín Calvo y Nuño Rasura, figuran representados en piedra en la entrada a la iglesia de la localidad.

La torre en la que nos hospedamos, piedra y madera, tal vez fue, ¿por qué no?, la sede de estos juicios o la residencia de Nuño y Laín. Tal vez esta noche aparezcan en mis sueños estos personajes históricos o de leyenda, condenando a graves penas a los pendencieros de estas tierras.

Mañana más: dejamos a los jueces y llegamos a Arija. Buenas noches. @mundiario

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