Camino inglés, quinta etapa: Muxía-Malpica

Santuario de la Virgen de la Barca de Muxía. Alfonso García
Santuario de la Virgen de la Barca de Muxía. / Alfonso García

La Costa de la Muerte, intensa, impresionante en cualquier época del año.

Camino inglés, quinta etapa: Muxía-Malpica

Las piernas de los bicigrinos se van cargando con el paso de los días, ahora la mirada está puesta en el domingo, el fin de este mix de Camino Inglés y vuelta a la provincia de La Coruña.

Día nublado, buena temperatura, sin el calor del día de ayer, idóneo para un reto en bici.

No podemos prescindir de la visita al santuario de la Virgen de la Barca. Desde la explanada se aprecia con claridad, mar en medio, en una ladera, el Parador Nacional de Turismo, perfectamente integrado en el territorio. Amabilidad, comodidad, magníficos servicios y vistas al mar desde todas las habitaciones, explican su nivel de ocupación.

El sacristán del templo nos describe el enorme temporal que, en febrero del año 2014, llenó de piedras la explanada, rompió el muro y levantó las 80 toneladas de la piedra de abalar, la quebró y la desplazó unos siete metros del lugar en el que se había mantenido en un equilibrio inestable durante siglos, según describieron algunos peregrinos del siglo XV. La contemplamos de cerca y recordamos de nuevo la leyenda de su origen, a la que me referí ayer.

Desde el santuario se aprecia la majestuosidad del faro de Cabovilaño, erguido sobre el enorme promontorio, esbelto, siempre vigilante, punto de orientación para los barcos que navegan por sus proximidades, y homenaje permanente a los marineros de la Costa de la Muerte.

Santuario de la Virgen de la Barca de Muxía. Alfonso García
Santuario de la Virgen de la Barca de Muxía. / Alfonso García
Faro de Muxía en el Santuario de la Virgen de la Barca. Alfonso García
Faro de Muxía en el Santuario de la Virgen de la Barca. / Alfonso García
Piedra de “abalar” ante el Santuario de la Virgen de la Barca. Alfonso García
Piedra de “abalar” ante el Santuario de la Virgen de la Barca. / Alfonso García

Llegamos hasta la soledad del puerto de Camelle, en una costa pedregosa, de aguas siempre peligrosas, lugar al que hay que ir, porque no es de paso a ningún otro, pero su belleza justifica la visita.

Al entrar en la activa villa marinera de Camariñas nos recibe el monumento de piedra que sirve de homenaje a las “palilleiras”, que con sus delicados trabajos le han dado renombre.

Corme, centro natural de la Costa de la Muerte, y su punta del Roncudo impresionan y explican la peligrosa tarea de los “percebeiros”; quien visita el lugar se mostrará necesariamente  comprensivo con el precio que llegan a alcanzar los percebes.

El paisaje abrupto de la costa se serena en la playa de Balarés, de aguas mansas, arena blanquísima y fina, que se adorna con un magnífico pinar de sombra inapreciable en las tardes de los meses de julio y agosto.

El contraste llega de nuevo al finalizar el día en la playa de Barizo, de aguas movidas y sembradas de rocas, un paraíso de paz en el mes de mayo.

¡Hasta mañana, que será otro día! @mundiario

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