Un encuentro entre las ancianas más increíbles de la literatura y del cine

Ancianas. Pinterest
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Cae la noche tropical (1988) es una historia que el lector vive a través del diálogo de dos hermanas octogenarias: Nidia y Luci.
Un encuentro entre las ancianas más increíbles de la literatura y del cine

“Me encantan las viejas”, dijo el profesor Daniel Link al cerrar el curso sobre ocho novelas de Manuel Puig en el Museo Malba de la ciudad de Buenos Aires. Es que la última era justamente Cae la noche tropical (1988), una historia que el lector vive a través del diálogo de dos hermanas octogenarias: Nidia y Luci. Puig es un autor generoso que prescinde de un narrador para dejar a los personajes que actúen por sí mismos. ¡Y cómo actúan! Nidia y Luci están juntas en el departamento de Luci en Río de Janeiro —década del ochenta—, donde su hermana ha ido a pasar una temporada. El dominio que tiene Puig de la psicología y el vocabulario de estas dos mujeres le dan verosimilitud al relato. Tanto, que es difícil no identificarse con ellas si una sumó algunos años y hermanas mujeres. Cuando la propia vida va dejando de tener matices, apremios y adrenalina, ¿qué mejor que tomar prestada la de otros? Eso pasa con Silvia, “esta Silvia” le dice Luci a su vecina, una psicóloga argentina, cuarentona, expatriada política,  quien la usa de paño de lágrimas de sus aventuras amorosas. Es el tema de conversación de las dos hermanas que tienen puntos de vista opuestos con respecto a ella. Luci la entiende y le perdona todo, Nidia no solo piensa que es una mina “fácil” (en el sentido moral) , sino que es una cargosa con el candidato que se le ha metido en la cabeza y que, claramente, no le corresponde. Dos historias se superponen: la de las protagonistas, sus hijos que están lejos, una hija muerta que es el drama de Nidia, sus plantas, sus rutinas, sus caminatas, y la de “esta Silvia” que le pone pimienta, color y suspenso a la de ellas. Luci le relata a Nidia los pormenores que son reclamados día a día por su interlocutora. Como si fuera un teleteatro. En un momento, Luci tiene que viajar a Lucerna invitada por su hijo quien le insiste en que se quede a vivir con él. Se resiste pero termina cediendo. Nidia la espera en Río,  cuidando el departamento, y le pasa epistolarmente a su hermana los chismes de la vecina. Aquí me detengo, para que la lean. No se puede no adorar a Nidia y Luci, ni contener la risa en voz alta, aunque se la esté leyendo en una cafetería repleta de gente. 

Como no se puede no amar a Sarah y Libby, las protagonistas de Las ballenas de agosto, película de 1987 con Bette Davis y Lillian Gish en el papel de dos hermanas ancianas  y viudas que viven en una isla frente a la costa de Maine, en Filadelfia, (¿la habrá visto Manuel Puig?). Allí pasaban los veranos en su infancia. Libby es ciega, amargada, gruñona y despótica. Sarah es  dulce y tolerante pero no puede salir airosa de todos los embates de su hermana. Las visita un amigo de su edad, aristócrata ruso y galante con Sarah al que Libby, como es de esperar,  rechaza y se encarga de dejarlo evidente. Sarah tiene que tomar una decisión. Y no cuento más para que vean la peli.

En mi primera novela, Fefo, (2017, Multiediciones) dedico un capítulo a dos tías de la protagonista, hermanas solteronas que viven juntas, con una simbiosis tal que firman la correspondencia con un solo nombre: “Carmirene”. Carmen es la intelectual a la que hay que respetarle sus silencios, sus trabajos, y sus neuralgias que la obligan a encerrarse en su cuarto sin que nadie la moleste. Irene es la que hace todo, la consiente y habla hasta por los codos. La historia transcurre en los años setenta.  Carmirene trata — ¿tratan?— de llevar a Fefo “por el buen camino” de la moral, la religión y las buenas costumbres. No con mucho éxito. Y no cuento más para que la lean. 

En mi última novela, “Ema” (2022, Velasco Ediciones), Ema, que ya pasó los setenta, decide que puede construir su destino, aunque para ello sea necesario resucitar a los muertos. Distinguida, intolerante y seductora conoce a Álvaro y lo confunde, o decide confundirlo, con el gran amor —prohibido— de su vida, con quien años atrás se había fugado tras abandonar a su marido y a sus hijos. Ema quiere tener vida propia, no entretenerse con la ajena, como lo hacen Nidia y Luci. Además, se animaría a dejar a su hermana Libby e irse con el Sr. Maranov, el aristócrata ruso. Y aquí me detengo para que busquen la novela y la  lean. 

Sin embargo, les regalo la primicia de una reunión de todas ellas para tomar el té en lo de Sarah y Libby:

Sarah: — Bienvenidas, mis queridas. Libby, ¿puedes salir?, llegaron nuestras amigas.

Libby: …

Nidia:— ¿Qué le pasa a tu hermana? ¿No quiere recibirnos? Venimos agotadas del viaje.

Luci: —Nidia: Libby es no vidente, le llevará un tiempo arreglarse…

Carmen: —Me duele mucho la cabeza, sufro del trigémino.

Irene: — Me hace acordar a un vecino que teníamos en Villalba, uno que no quería salir nunca de su cueva porque estaba fabricando alas para poder volar como un pájaro. Cuidado, Sarah, tu hermana puede salir por la ventana, una nunca sabe. A nuestro vecino no le fue muy bien, (bla, bla, bla)¿Quieren que les prepare un té?

Ema: — Ay,  me están aburriendo. Dale, Irene, hacé un té.

Sarah: — Por favor, Irene, no te molestes,  ya lo tengo listo, siéntense cómodas que ya les sirvo, mis queridas.

Libby: (aparece con un vestido principios de siglo, impecable, rodete, cinturón ajustado, una lady) ¿Hasta cuando se van a quedar estas?

Sarah: —Libby, dulce, puedes estar con nosotras el tiempo que quieras, las chicas sabrán comprender…

Ema: — Por mí te podés retirar ya. No es momento de compromisos, mi querida… ¿Vos no sos María Sophia Von Erthal? ¿A que tenés un espejo que habla?

Libby: — No estoy para disparates, Sarah, ¿de dónde la sacaste?

Sarah: — Es argentina, muy guapa y muy culta, es interesante escucharla.

Nidia: — Yo tengo hambre, ¿tendrás unos bizcochitos de grasa, Sarah?

Sarah: — No exactamente, pero hay scons con crema, una american pie y una carrot cake, la preferida de Libby.

Libby: —Cada vez te salen peor, Sarah, no sé por qué sigues insistiendo. No pienso comer.

Lici: — ¡Qué rico!, me dio hambre. ¿Hay mate?

Sarah: — Cuanto lamento no poder complacerte, Lici, pero tengo un té inglés de la mejor calidad, ¿prefieren con leche?

Ema: — Con leche fría, por favor, descremada.

Libby: ¿No habrás invitado a tu candidato, Sarah, no?

Lici: ¿Tenés un candidato, Sarah? Por favor, contanos. 

Sarah: — Es solo un buen amigo, el Sr. Maranov. 

Libby: — Buen amigo, buen amigo… lo único que quiere es encontrar un lugar donde vivir. Pero quiero que le quede bien claro que no será esta casa.

Carmen: — Perdón, me perdí una parte, el trigémino me está matando. Yo tenía un personaje en mi teatro de títeres que era ruso: Yakov Petrovich.

Ema: —No mientas, Carmen, no creo que hicieras “El doble”, de Dostoyevski, en tu teatrito…

Carmen: — Pues claro, tú el tema de los dobles lo dominas bien.

Irene: — No entiendo nada de qué hablan.

Sarah:— ¿Está bien así el té, queridas?

Libby: — Está helado, me voy a mi cuarto.

Ema: — Me alegra escucharte decir eso, María Sophia. @mundiario


 

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