Sala de profesores, los dilemas morales de una confrontación

Sala de profesores no es solo un thriller que nos absorbe durante los noventa y nueve minutos de duración, sino una sugestiva exposición de dilemas morales.
Fotograma de "Sala de profesores"
photo_camera Fotograma de "Sala de profesores"

Son numerosas las películas que se han centrado en el universo de la enseñanza. La primera que vi, fue la ya casi mítica Rebelión en las aulas. Después, los franceses —especialistas en un cine necesario, el que retrata y analiza los problemas sociales— han dado algunas otras muestras magníficas como, por ejemplo, Hoy empieza todo y La clase. Pero todo el mundo tiene bien presente El club de los poetas muertos, y muchos La ola. Parece, pues, que ya poco más se puede decir sobre los conflictos y las relaciones que se producen en el ámbito de las aulas. Sin embargo, Sala de Profesores (2023, Liker Çatak), candidata por Alemania a los Óscar como mejor película internacional, logra hacerse un hueco legítimo entre las mejores, y lo hace a partir de un planteamiento original que aúna el recurso del thriller con cuestionamientos morales de primer nivel, de los que no se resuelven fácilmente, un poco al modo del cine del iraní Farhadi.  

Leonie Benesch interpreta magníficamente el personaje de la protagonista, Carla Nowak, una joven profesora en un instituto. Sus alumnos tienen doce años. Desde un primer momento la conocemos como una mujer responsable, preocupada por las cuestiones éticas. Es indudable que su actitud es vocacional, que quiere a sus alumnos, a los que les da —o eso es lo que se nos muestra, al menos— clases de Matemáticas y de Educación Física. Poco a poco, se irá desvelando el hecho que tiene preocupado al profesorado, que es la sucesión de pequeños robos que se están produciendo. Averiguar al autor resulta necesario pero, como veremos, también originará un proceso altamente problemático.

Çatak encierra toda la acción en el recinto del instituto —mayoritariamente entre la clase de Carla, la sala de profesores y el gimnasio—, una acción que contemplamos a través de un formato de pantalla mínima en la que se concentra la visión de una cámara que persigue cada uno de los muchos y sucesivos focos de tensión que en ningún momento amainan. El espectador se identifica plenamente con una profesora que, poniendo en marcha el ejercicio de sus mejores intenciones, se ve acorralada por los diferentes frentes que interactúan en el conflicto: profesores, alumnos, padres. Su franca labor se ve mediatizada por la mentira indemostrable, las normas estrictas de privacidad y la inconveniencia de un actitud del todo sincera durante la investigación. Carla se ve enfrentada a un alud de críticas, de recriminaciones; incluso, cuando ya parece que todo vale, es cuestionada por su procedencia polaca, en ese ámbito en el que se está siempre a un paso de caer en el racismo o de ser acusado de ello por una interpretación inapropiada y demasiado garantista.  

En el inicio de la investigación, Carla asiste como espectadora a los métodos de la dirección del colegio, con los que no está de acuerdo, pues le parecen coercitivos, a pesar de que se disfracen de obtención de confesiones o delaciones voluntarias. En un registro de las pertenencias de los alumnos, se encuentra en la cartera de uno de ellos más dinero del que sería previsible, por lo que, inmediatamente, se convierte en sospechoso. Se llama a sus padres, quienes justifican el motivo de ese dinero adicional, y expresan que se sienten señalados por su origen turco.  

El colegio no dispone de medios legales para avanzar en una investigación que resulta necesaria. Carla, radical defensora de los alumnos, quisiera que el culpable no estuviera entre ellos. Por eso, amplia el foco de su sospecha y lo lleva a la sala de profesores, pues ha visto como una compañera ha hurtado las monedas que todos van dejando en la hucha cuando toman café. Entonces, idea una trampa. Cuando va al gimnasio, deja su chaqueta en la silla de la sala, y, dentro de ella, la cartera; pero también, en la mesa, su portátil en modo grabación. A la vuelta, el cebo ha dado resultado. De su cartera han desaparecido varios billetes. En las imágenes grabadas no se ve el rostro de quien los sustrae pero si su inconfundible camisa. Esta se corresponde exactamente con una empleada de la secretaría.

Carla no quiere hacer daño. Se dirige a ella, sin testigos, y le da la oportunidad de confesarlo. Pero la mujer reacciona airadamente, negando su implicación. No le queda más remedio que ponerlo en conocimiento de la directora, quien la apoya plenamente en su denuncia, una vez visto el vídeo delator. Pero el problema es que esa grabación va contra las normas que protegen la intimidad de las personas, por lo que, esa prueba tan clara, no se puede mencionar. Un problema añadido es que el hijo de esa mujer está en la clase de Carla.

La profesora  sabe que hay que dilucidar la verdad de ese asunto que no es baladí, porque está causando una alarma en el colegio, propiciando posibles acusaciones injustas; pero, al mismo tiempo, comprueba que cada paso que da produce unas reacciones muy frontales, incluso agresivas. Su angustia no queda solo ilustrada por el rostro de terror ante lo que está viviendo, por esas reprobaciones que le llegan desde diferentes lados y la acorralan en una inmerecida impotencia y desazón, sino también en las dudas que le sugiere su honestidad, y que quedan terroríficamente reflejadas en una pesadilla de la que el director, hábilmente, no nos avisa. En ella, vemos como descubre a otra mujer que lleva la misma camisa que se ve en el vídeo. Corre tras ella, y por el camino van apareciendo numerosos compañeros y alumnos, todos vistiendo la misma prenda.

Sala de profesores no es solo un thriller que nos absorbe durante los noventa y nueve minutos de duración, sino una sugestiva exposición de dilemas morales, un cuestionamiento de algunas leyes protectoras que acaban amparando a los autores de ciertas fechorías, y la admiración por una profesora que actúa desde el amor a los alumnos, interpelada por unos hechos ante los cuales su acción clarificadora ha de ser ineludible, aunque esta la lleve a la zozobra y a la humillación. @mundiario