El acercamiento al problema palestino en dos películas: Mis hijos y El insulto

Ojalá historias como estas pudiesen resultar pedagógicas, calar hondo en las mentes y los corazones de esos hombres y mujeres hostigados por el permanente recuerdo y presencia del mal.

Cartel de la película libanesa "El insulto"
photo_camera Cartel de la película libanesa El insulto. / Productora.

En las últimas semanas, he visto dos películas que hablan de la problemática del pueblo palestino. Mis hijos (2014, Eran Riklis) es israelí, y narra la difícil situación de un joven, Eyad, que es excepción en un instituto de Jerusalén acaparado por los judíos. Es una película que presenta un ejemplo de algo que a veces olvidamos: que el veinte por ciento de los habitantes de Israel son árabes. La película empieza con un rótulo que reproduce unas frases del poeta palestino libanés Mahmoud Darwish: “Nuestra identidad es nuestro legado y no nuestra herencia. Es nuestro invento y no nuestra memoria”. La película va en esa dirección y, en los instantes finales arriba a su meta, la de demostrar que esa identidad construida desde la simpleza, el burdo antagonismo o el fanatismo, debe ser superada para hallar al ser humano solo juzgable por lo que es en sí, más allá de sus rasgos físicos, su idioma, su cultura o su religión, su inocente pertenencia a un colectivo del cual, por parte de alguna facción, se ha podido recibir mucho daño. Es una película recomendable, pero a la que yo le pondría dos peros: por una parte, incurre demasiado en lo sentimental y, por otra, los rasgos físicos del chico palestino son demasiado asimilables al de los judíos. Es cierto que esta característica resulta necesaria para la verosimilitud de la impostura que se dará al final, cuando Eyad, ante la plena aceptación de la madre, se hará pasar por el chico enfermo israelí, al que había estado cuidando y ahora ha fallecido, pero le resta fuerza a unas intenciones que quedan así demasiado supeditadas a una complaciente alegoría. 

Esa fuerza, la contundencia en un discurso apenas manipulado y muy adscrito a las diferentes vertientes de una dura realidad social, sí la tiene en gran medida El insulto (2017, Ziad Douein), una producción libia que plantea la difícil convivencia entre cristianos y palestinos en ese país. La historia parte de un hecho en principio nimio. Una empresa está arreglando las calles de un barrio cristiano. El capataz, que es palestino, resulta mojado por el agua que cae del canalón de una terraza. Ese perjudicado, Yasser, sube a la vivienda de donde ha partido el daño. Lo recibe Tony Hassan, a quien no recrimina el acto, sino que simplemente le dice que van a arreglar el canalón, derivándolo a un desagüe, como marca la ley. Pero el vecino reacciona mal, se niega a ello. Yasser manda repararlo, pero Tony rompe el nuevo tubo a martillazos. Es entonces cuando Yasser le espeta ese insulto que, en la traducción, oímos como: “Capullo de mierda”. Tony exige una disculpa al jefe de la empresa. Este teme los problemas que se pueden derivar de no dársela. Podrían perder los nuevos contratos. Así se lo dice a Yasser, pero este se niega a un acto que le parece humillante, que debiera exigir una correspondencia.

A partir de aquí se establece una lucha de egos entre los dos oponentes, una posición refractaria a cualquier conciliación. La política está plenamente mezclada con lo religioso. Tony nutre su odio de los discursos incendiarios del líder de su partido. Cuando finalmente, Yasser, forzado por su esposa, acude al taller mecánico de Tony para disculparse, este, que ha estado escuchando por la radio mensajes cómo “¿por qué aún las dos terceras partes de este país están ocupadas?”, le grita a Yasser: “¡Ojalá Ariel Sharon os hubiera aniquilado!” El palestino reacciona violentamente, propinándole un puñetazo que le rompe dos costillas. Más tarde se entregará a la policía.

La película mantiene un ritmo muy intenso y se desarrolla en un relato de apariencia —al menos hasta llegar a sus postrimerías— muy veraz. Son numerosos los giros que aborda, todos ellos descriptivos de la complejidad que la situación social añade a la ya propia de cualquier relación humana. El incidente inicial deriva en un juicio que trascenderá mucho más allá de una disputa personal, convirtiéndose en un acontecimiento mediático, en una confrontación política que sacará a la luz todas las disputas latentes en esa sociedad enfrentada, las antiguas heridas, aún abiertas, de una guerra civil.

Yasser es uno más de los centenares de miles de palestinos que, a lo largo de décadas, huyendo de la persecución israelí, han ido encontrando refugio en diversos países de la zona. Es un hombre honesto, un riguroso trabajador, que está feliz en su trabajo. Casi medio millón de palestinos vive en el Líbano, pero estos no tienen regularizada su situación, simplemente están  consentidos; en muchos casos, con mucha reticencia. Hay una grave división entre ambos colectivos. Los cristianos no pueden entrar en esos guetos que son los campos de refugiados. Los palestinos tienen que agachar la cabeza en los barrios cristianos. Yasser es un buen hombre, pero —como se irá revelando— tiene un límite de resistencia ante las ofensas, más allá del cual resulta una persona violenta. Los palestinos han de ir con mucho cuidado. El juez le pregunta a Yasser: “¿Sabe que en esta ciudad cada zona tiene sus sensibilidades?” Y él le contesta: “Pedí a mis trabajadores que rezaran sin ser vistos”. Tiene suerte ese ingeniero de estar contratado en un puesto de cierto rango (todos sus paisanos ocupan los peores trabajos, como, por otra parte, suele suceder con cualquier emigrante). En el juicio, un empresario alega que tiene mucho mérito emplear a uno de ellos, pues se expone a ser acusado de traidor: “Cuando contratas a un palestino te acusan de intentar asentar aquí a medio millón”.

Tony Hassan odia a los palestinos que “han jodido al país”. Piensa que no hay justicia, pues ellos dan lástima y se les favorece indebidamente. Los partidos de izquierdas, las ONG, gran parte de los países, están con ellos. Y es cierto, aunque esa postura, en definitiva, no tenga efectos importantes, más allá de la simpatía de algunos o de alguna condescendencia. A Yasser se le ofrece una joven abogada —que resultará ser la hija del famoso defensor del bando contrario— “porque a menudo su gente se ve privada de sus derechos”. Tony es un hombre agresivo, irascible, empecinado. En este caso, está luchando contra la opinión de su mujer y de su padre, que quisieran que abandonara sus exigencias. Pero, poco a poco, se irá ablandando en su postura intransigente, empezará a ver las grietas del fanatismo en el que había estado afirmándose. Él —como Yasser— no acepta ciertos recursos excesivos de los que se vale su abogado. “Quiero un juicio justo, abogado, no quiero ganar dando pena”. Además, se da cuenta de que su terquedad empieza a producir demasiadas víctimas colaterales.

Finalmente, ambos descubren que parten de unos sucesos que les marcaron. Tony, de aquella masacre de 1976, producida por las milicias de izquierdas y las divisiones palestinas. Él tenía seis años y no se le han borrado aquellas imágenes, aún no puede volver a aquella casa paterna. Por su parte, Yasser padeció aquel Septiembre Negro de 1970, en el que el ejército jordano asesinó a más de tres mil personas. El abogado de Tony lleva al juicio a un hombre que quedó paralítico a causa de la agresión de Yasser en aquel momento. Su abogada la justifica como reacción a un gesto agresivo de ese soldado con una niña palestina, que resultó ser la gota de agua que desbordaba el vaso de todo lo sucedido en aquellos días. 

A Yasser lo despiden por su condición de palestino problemático. Golpea con furia los muebles de la oficina. Otra vez su violenta reacción ante una injusticia. Tony recibe amenazas, pintan su taller, lo asimilan con los judíos. Ambos son citados por el presidente de la nación, pero este no obtiene la reconciliación deseable. Sin embargo, al salir los dos hombres del aparcamiento, el coche de Yasser no arranca. Tony lo ve y regresa para arreglarlo. Es el principio de una aproximación que se fortalece por los pequeños gestos de ambos. Es como si buscaran una equidad entre sus reacciones y sus ofensas. Por eso, Yasser va al taller y lo provoca hasta recibir de Tony el puñetazo en el vientre que ha ido a buscar, que representa la definitiva correspondencia entre unas actitudes que finalmente demuestran que ambos actúan movidos por la gravedad de los sucesos traumatizantes que vivieron.

En sus últimas intervenciones, la abogada de Yasser llega a la conclusión de que las reacciones violentas de su defendido han sido el producto de la naturaleza humana. El abogado de Tony resalta que este es un refugiado en su propio país. “Hablamos tanto de la causa de los palestinos que no queda espacio para los demás”. Y termina: “Lo que ha ocurrido en este tribunal es un comienzo para considerar y aceptar al prójimo. Nadie tiene el monopolio del sufrimiento”.

Yasser resulta absuelto, pero es como si Tony también hubiera ganado el juicio. Ya fuera del palacio de justicia, entre los dos hay una última mirada de amistad, de gratitud, tal vez por haber obtenido del otro una enseñanza importante, la de saber ahondar en la comprensión mutua. Es cierto que, desgraciadamente, el desenlace de esta historia resulta inverosímil, que no nos creemos esa solución que es factible pero que resulta tan compleja, tan frágil que, en cualquier momento del proceso, puede quedar desbaratada. Es la reconciliación entre dos hombres y sus familias, y, en menor medida, más circunstancialmente, entre sus partidarios. Solo habría que esperar que los grupos extremistas desaparecieran, que el fanatismo nacionalista y religioso quedará desterrado. ¡Qué difícil! ¡Cuántas décadas tendrán que pasar! La película, hasta ese momento, ha tratado de presentar un punto de vista imparcial, y para ello no ha ocultado ninguna de las vergüenzas, de las injurias, de las heridas, de la sinrazón. Douein, un poco al modo de Capra, nos presenta una historia ejemplar, la heroicidad de los buenos sentimientos frente a tantas tentaciones de caer en lo infrahumano. Ojalá historias como estas pudiesen resultar pedagógicas, calar hondo en las mentes y los corazones de esos hombres y mujeres hostigados por el permanente recuerdo y presencia del mal. @mundiario