En casi todos los documentales biográficos realizados con la intervención del personaje protagonista, impúdicamente se incurre en algo muy próximo a la hagiografía. Salvo que este resulte polémico socialmente, habrá que esperar a su fallecimiento, cuando su obra quede desligada de su persona, para que alguien —sin mala intención— contraste los elogios con las críticas. Liv Ullmann: el camino menos transitado (2023, Dheeraj Akolkar) es una miniserie de tres capítulos. Este director indio ya había realizado en 2012 Liv & Ingmar, un documental sobre la relación de la actriz noruega con el director sueco. Ahora se ha apoyado en las reflexiones de la Ullmann actual, una mujer ya plenamente octogenaria, que aparenta no haberse retocado el rostro, y que conserva unos ojos algo menos azules, pero igualmente transparentes, los que sugieren un ser interior pleno de dulzura, fragilidad, dolor, y dicha: “No quiero llegar al final de mi vida, que me pregunten qué he hecho y responder: he actuado. Quiero decir que he amado y que me han engañado, que ha sido una alegría a veces y he conocido la pena. Y que me encantaría repetirlo todo”. En otro momento dice: “Los dones no son solo felicidad, creo que lo entiendo. Creo que este es mi cambio más importante”.
Cate Blanchett, Jessica Chastain y Jeremy Irons son convocados para cantar las maravillas de Ullmann. La primera, la actriz australiana, es la más contundente y extensiva. Entre otras expresiones que declaran tanto su amor a la actriz como a la persona, dice que “va directa al alma, habla de alma a alma”. Acato con gusto cualquier elogio sobre su profesión de actriz, pues siempre me ha parecido que está entre las que más han sabido transmitir la profundidad del alma; no obstante, en cuanto a su vida —como a la de todos—, establezco una prudente y protocolaria reticencia, no sin la generosidad de aceptar sus bondades más obvias.
Si alguien matiza sus virtudes es la propia Liv, quien reconoce algunas limitaciones e impotencias, especialmente cuando se decidió a ser directora, trabajo que le reportó también grandes satisfacciones. Pero, por esta actividad, también tuvo que sufrir dificultades, alguna insumisión, tal vez por su doble condición de novata y de mujer. En cuanto a su éxito, las imágenes ilustran fehacientemente el internacional que obtuvo, especialmente en los Estados Unidos. Sin embargo, curiosamente, mediante una anécdota, nos habla de la excepción de su propio país: mientras la firma de su primer libro supone largas colas en Nueva York, en una librería de un pueblo noruego resulta ninguneada por los clientes. Cuando Liv nombra a su país natal, no es para admirarlo, sino para referir la enfermiza envidia que tan extendida está entre sus habitantes.
Con dieciocho años, hizo una prueba para entrar en una escuela de teatro y fue rechazada. La miopía de esos jueces fue reparada por una pequeña compañía a la que se sumó con gran éxito. En algún momento, ella reconoce que nunca ha tenido que esforzarse mucho al actuar, que fácilmente se sitúa dentro del personaje y lo expresa. Los malpensados esgrimen que, sin Bergman, Liv Ullmann no hubiera alcanzado esas cotas extraordinarias que la distinguen por encima de casi cualquier actriz. Y, efectivamente, cada intérprete depende de la genialidad del creador principal para poder demostrar la totalidad de su arte. Ella dice adorar los primeros planos, sentirse plenamente a gusto en ellos; y, para su suerte, eran estos los que caracterizaron la última época del director sueco. Pero también podríamos decir que este no hubiera alcanzado su mayor excelencia sin una actriz que era capaz de hacer transparentar las emociones de sus personajes. Dice Cate Blanchett de ella: “En el primer plano, los ojos declaran el pensamiento que se está formando”. Y es que la actriz noruega tenía un talento especial, sí, pero también me parece que un rostro muy apropiado para crear una intensa empatía con el espectador. Liv Ullmann habla maravillas de la protagonista de su película Infiel, Lena Endre, y tiene razón, su actuación es inmejorable; sin embargo, a esta le falta ese rostro capaz de transmitir la honda calidez con la que tanto nos sedujo aquella.
La relación entre Ullmann y Bergman se inició en el rodaje de Persona (1966). Fueron pareja durante cuatro años, en los que tuvieron una niña, uno de los nueve hijos del sueco. Después serían muy buenos amigos, excepto durante un periodo de unos meses, después de que Liv rechazara participar en Fanny y Alexander con el consiguiente enfado del director. Su relación fue más allá de la de actriz y director, cuando ella aceptó dirigir un par de guiones de él: Encuentros privados (1996) y la citada y excelente Infiel (2000).
En el transcurso del documental se incluyen lecturas de la protagonista. Son textos propios, como los de sus dos libros autobiográficos: Senderos y Opciones. En ellos habla de sí misma, más allá de su profesión. Relata su sentimiento de culpa ante su hija: “No podemos hacerlo todo. No podemos ser amantes perfectas, madres perfectas, mujeres perfectas, personas perfectas”. Un día le da el día libre a la niñera: “Estoy furiosa. Me remuerde la conciencia porque soy una mala madre. Esta terrible culpa femenina”. En otro momento, analiza quién es ella cuando se aleja de los rodajes o de los flashes de prensa. Se ve a sí misma —y los demás lo corroboran— como una mujer que nunca ha ido de estrella, que regresaba a su ser, a la mujer común, en cuanto terminaba su trabajo. “Seguramente no seré una leyenda, pero tengo vínculos”. Una leyenda como esa Greta Garbo a la que persiguió por Nueva York, pero la encontró ida, aferrándose a una defensiva soledad.
El documental lo componen tres capítulos de cuarenta y cinco minutos. El último se centra en su labor como embajadora de la UNICEF, que la llevará a recorrer cuarenta países. Dice haber estado siempre del lado de los débiles, pero fue una invitación de un directivo de ese organismo la que la ayudó a dar el paso de asumir una acción y un protagonismo que no se podían dejar de lado, pues como personaje famoso sentía que disponía del “megáfono del artista”. Por otro lado, escuchamos al hombre negro que fue rescatado por ella de su país africano, apadrinando su aventura en Inglaterra, convirtiéndose Liv en su segunda madre.
La actriz noruega reflexiona sobre su lucha a favor de los débiles: “Durante estos días mi ira crece. Quiero estar enfadada. La ira posibilita la acción, las posibilidades de cambio, la elección de protestar. ¿Por qué la ira se considera poco femenina?” Y también sobre el curso que ha de tomar su vida: “Estoy aprendiendo que si me limito a aceptar la vida que otros me han dado, si no tomo mis propias decisiones, me faltará la razón de vivir… Me niego a pasarme la vida lamentando las cosas que no hice”.
En algunos momentos de esa fragmentada charla, en la que solo la oímos a ella, demuestra su tendencia actoral, especialmente cuando ha de narrar alguna anécdota. Pero, en otras ocasiones, sus palabras parecen salir un poco temblorosas, atrevidamente sinceras, las de una mujer, ya situada en el claro declive físico de su vida, siempre presta a la reflexión. Ahora toca mirar atrás, pero también hacia ese adelante que no hay que descartar como posible rectificación de una vida siempre mejorable: “Hay una joven en mí que se niega a morir. Ninguna felicidad la acalla. Intenta cambiarse a sí misma todo el tiempo. Sé que hay mucho más que las que he conocido. Me gustaría poder avanzar. Encontrar la paz para poder sentarme y escuchar lo que hay dentro de mí, sin influencias”. @mundiario