El cielo sobre Berlín, el cine literario de Win Wenders y Peter Handke

Un alegato a favor de la vida; a pesar de todo, por encima de todo, de los odios inútiles, de la destrucción; la vida buscada como factible milagro.

Fotograma de "El cielo sobre Berlín", con Bruno Ganz y Peter Falk
photo_camera Fotograma de "El cielo sobre Berlín", con Bruno Ganz y Peter Falk

Siempre he asociado El cielo sobre Berlín (1987, Win Wenders) con otra de mis películas favoritas, Hiroshima mon amour (1959), y eso es así por la común preponderancia de la fuerza de un texto literario que vertebra la acción, que la sobrevuela, presentándose en buena parte en off, sobre unas imágenes que también consiguen, de forma independiente, y a la vez reforzada por las palabras, ser muy elocuentes. Si en la película de Resnais, el fondo desolador era el del paisaje de una ciudad mostrando sus heridas aún abiertas, recuperándose de una bomba atómica, aquí el escenario urbano en el que se mueven los protagonistas es el de un Berlín en el que uno siempre se topa con el muro, con los solares cuya antigua vida candente ya solo recuerdan los muy viejos, esa población traumatizada por una guerra tan lejana como presente. La diferencia está en que esta historia, que Wenders ilumina  —desde la decisiva aportación de Peter Handke en el guion—, no se centra en una más o menos convencional relación amorosa, sino que ausculta el sentir de una multitud de almas desgarradas en su propio encierro, y en la relación final prevalece lo espiritual sobre lo sensitivo.

El relato nos presenta a unos ángeles que observan la sutil individualidad de la que podemos extraer la troncal confluencia de los avatares humanos. Escuchamos las aturdidas palabras secretas, los pensamientos callados que configuran un murmullo crepitante, la silenciosa expresión de una humanidad fundamentalmente dolorida. A lo que asistimos es a un collage de almas que denotan un laberíntico torbellino. Pero los ángeles, a pesar de lo que ven y de lo que escuchan, añoran la gravidez, el tacto y la fugacidad de los hombres. Lo único que les despierta  su sonrisa es la presencia de los niños, de ese territorio de la humanidad en el que incluso los malos sentimientos dejan al ser incólume, como oportunidad para un proyecto hermoso capaz de disolver lo oscuro en la levedad de lo benigno.  

Podrían ser los ángeles de la guarda, pero no parece que lo sean apenas. Damiel —el ángel interpretado por Bruno Ganz— pasa junto a un niño que se lamenta de que sus amigos no le dejen jugar con ellos; se sonríe al verlo, y se aleja. ¿No es preciso ayudarlo? ¿No puede? ¿No debe? Pero si miramos atentamente cada matiz de la escena, reparamos en que el niño parece estar viendo a ese ser invisible, y es por ello que esboza una brevísima sonrisa. Son detalles que no se pueden escapar, sutilezas que implican una mágica existencia, no decantada necesariamente a las soluciones sino al escalofrío de la belleza. Es cierto que observamos en ellos el deseo de acompañar, de guiar, de consolar, pero esa mano que se posa en un hombro no es la del peso plenamente constatable de la compañía amorosa, sino a lo sumo un tacto incierto y fugaz que se disipa como un contacto improbable. Esos ángeles recorren las almas pero no intervienen, o no pueden hacerlo apenas. Así, no pueden evitar un suicidio. Se maravillan del ser humano a la vez que lo compadecen. Parecen tristes, cansados de tanta eternidad, desesperanzados de tanto sufrimiento contemplado.

En la inmensa Biblioteca del Estado, los ángeles siguen a un viejo historiador que se lamenta de que aún nadie haya conseguido entonar una epopeya por la paz. En un circo, Marion, la trapecista, no es consciente de que Damiel está asistiendo a su intimidad, que la está oyendo pensar: “El tiempo lo cura todo, ¿pero qué pasa si es el tiempo la enfermedad?” Está desorientada. No sabe cómo continuar su vida. El circo cierra repentinamente, por problemas económicos. En esa última noche, ella se pregunta: “¿Cómo debo vivir? O mejor ¿Cómo debo pensar?” Se esfuerza por encontrar el secreto: “En el interior de los ojos cerrados, vuelvo a cerrar los ojos, y así las piedras cobran vida”. Y ese ángel que la mira, que la escucha pensar, se está enamorando. Intuye que, si pudiera presentarse ante ella, hacerse presencia terrenal, entre ellos podría originarse una sublime relación que saciaría sus espíritus. Y ella, en ese monólogo interior trufado de preguntas filosóficas, de cuestionamientos de la propia existencia, en ese momento de crisis, de encrucijada que se quiere germinal, sueña estas preguntas que, tal vez sin saberlo, se hace el niño destinado a perderse en el pasado: “¿Por qué soy yo y no tú? ¿Por qué estoy aquí y no allí? ¿Cuándo empezó el tiempo y dónde se acaba el espacio?” Pero, luego, el deseo fundamental: “Nostalgia de una ola de amor que me levante… Deseo de amar”.

Y es que el de la niñez, es un tema transversal. En el circo, escuchamos sobrevolar estos versos: “Cuando el niño era niño, muchas personas le parecían hermosas, y ahora solo si hay suerte…  Se imaginaba claramente el paraíso y ahora a lo sumo lo sospecha… No podía imaginarse la nada, y ahora lo estremece… Cuando el niño era niño, jugaba con entusiasmo, y ahora solo se sumerge en algo, si ese algo es su trabajo”.

Peter Falk compone un personaje que es él mismo, ese actor conocido como Colombo, y a la vez uno de esos ángeles que, al parecer, han logrado encarnarse en un ser humano. Ya no es capaz de ver a sus antiguos compañeros pero los presiente. Cuando adivina la cercanía de Damiel, le empieza a nombrar las bondades de todo aquello sensitivo que los hombres pueden hacer y a los ángeles les está vedado. Es lo que le faltaba para desear convertirse en un ser caduco. En otro momento, le comenta a Cassiel, ese otro ángel que a menudo lo acompaña: “Me adentraré en el vado del tiempo, en el vado de la muerte. Bajaré de la atalaya de los no nacidos. Mirar desde arriba no es mirar, hay que mirar a la altura de otros ojos”.  Y el otro le responde: “Pero nada de eso será verdad”. Sin embargo, sorpresivamente, ve en el suelo las huellas de su compañero. Este ya es un hombre. Damiel está exultante, se alegra hasta de sus heridas, de la aparición de la sangre en su cabeza; de esos signos de humanidad, tal vez también porque lo acercarán a Marion.

Corre en su busca. Entra en un local donde actúa Nick Cave, donde interpreta sus espeluznantes canciones ante una juventud hipnotizada. Y Marion está allí pero no la ve hasta que no acude a la barra del bar donde él ha pedido una copa. Se la ofrece. Ella la acepta porque ha reconocido en él la persona decisiva, el único ser que puede salvarla de su abismo. Pero le pide que aquello sea totalmente en serio. Él se acerca, la mira buscando penetrar en su alma, ahora de otra manera que cuando era un ángel, ahora como un ser que quiere fundirse con otro. Se calla, mientras ella pronuncia un monólogo que va destinado a él, una confesión que le sirva para conocerla, para que ese nuevo hombre no pueda equivocarse: “Nunca he estado sola, ni con los demás ni conmigo misma. Estar sola es ser al fin enteramente uno mismo. Está noche al fin estoy sola. Se acabó el azar… Ahora los dos somos algo más que nosotros. Encarnamos algo. Estoy dispuesta. Ahora es tu turno. Ahora o nunca”. No sabe si creer en el destino, pero sí lo hace en la decisión.

En la penúltima escena vemos a Marion haciendo sus piruetas en la cuerda, mientras él la ayuda o simplemente la contempla. Y piensa: “Yo estaba en ella, y ella me envolvía. Esta noche he aprendido lo que significa el asombro. Ella vino a llevarme a mi casa. Y allí encontré mi casa… Solo el asombro causado por nosotros dos, el asombro por el hombre y la mujer, ha hecho de mí un ser humano… Ahora sé lo que ningún ángel sabe”. A continuación vemos a su amigo Cassiel, triste de seguir siendo un ángel, un ser inmortal que sin embargo no puede palpar la existencia que contempla. La película deviene un alegato a favor de la vida; a pesar de todo, por encima de todo, de los odios inútiles, de la destrucción; la vida buscada como factible milagro. @mundiario